28 oct. 2011

Reunión Quincenal Sábado 29 de Octubre. Juegos de Impacto I

Reunion Quincenal
Fecha: Sábado 29 de Octubre de 2011

Hora: 17:30 horas
Lugar: Centro Cultural de la Diversidad Sexual - Foro & Cafe.

La dirección es en Colima 267, Col. Roma, frente de la estación del Metrobus “Durango” y a 1 cuadra del cruce de Insurgentes y Monterrey
Tema: Juegos de Impacto I (Slapping, Punching, Spanking, Ballbusting)
Cuota de recuperación: $35.00
con derecho a un refresco o café

Esperamos contar con su presencia.
Si es la primera vez que nos visitas, personal del Staff estarán para atenderte en la cafetería a partir de las 17:30 hrs, pregunta en recepción.

21 oct. 2011

Reseña de la Reunión Quincenal "ENTRENAMIENTO CANINO Y EQUINO"

ENTRENAMIENTO CANINO Y EQUINO, 15 OCT 2011

En la reunión quincenal efectuada el día sábado 15 de Octubre se trato sobre el Entrenamiento Canino y Equino, los cuales contaron con una interesante parte de manera práctica contó gran afluencia de los miembros de la comunidad.

Después de la bienvenida general por parte de Kystal de Sade y de Marqués de Sade se comenzó con los preparativos pertinentes dándole la palabra a Bordon, quien cuenta con gran experiencia adquirida a lo largo de los años sobre el tema de dog trainning o entrenamiento canino, inicialmente Bordon retomo que los juegos de animalización consistían en despojar al sumiso de su papel humano, y que muchas veces es conveniente crear personalidades dentro del juego para poder entrar y salir del rol más fácilmente, también de la pauta de poder dominar y trasformar al sumiso a su antojo, por eso es muy importante irlo haciendo gradual y constantemente, también se menciono que a pesar de que se trataba deshumanizar al sumiso no se le podía usar totalmente como si se tratara de una mascota real, explico también en qué consistían el entrenamiento, y la importancia de preparar y sincronizar al sumiso para poder meterlo el papel de perro, sobre todo si son nuevos dentro de esta práctica para esto conto con el apoyo de Oscar Nortedame, después de dar una excelente demostración de cómo introducir al sumiso en su papel, cambió la personalidad de Oscar Nortedame.

Con vestuario incluido, y con la presencia de las importantes rodilleras para no causar un daño permanente en las rodillas de Oscar, Bordon nos presento a Oz, un cachorro en entrenamiento, al cual le enseño tres órdenes básicas; sentado, parado y acostado y la manera en que se deben de dar las ordenes, la importancia del cuidado del sumiso dentro de su rol y varios tips para un mejor desarrollo del juego tales como; no poner agua o alimento al ras de suelo, pues el sumiso no alcanza a alimentarse o a beber sin tener problemas, si se entrena con premio que este se blando y rápido de pasar por lo que recomendó pedazos de chocolate, que tipo de collares y juguetes puede usar sin que sea riesgoso para el sumiso dentro de su papel.

Oz interactuó con los presentes jugando a la pelota, con un hueso de juguetes, siempre premiado por trozos de chocolate, del mismo modo que se haría con un cachorro real, Bordon explico que si se va a entrenar seriamente al sumiso, se haga preferentemente como cachorro exactamente para que desarrolle plenamente, después de un rato explicó cómo sacar al sumiso de su rol, e hizo la demostración trasformando de nueva cuenta a Oz en Oscar terminando su intervención para el aftercare y se procedió a dar el break para la segunda parte de la reunión.

Krystal de Sade tomo las riendas de la segunda parte de la reunión, ahora enfocado al entrenamiento equino, Marqués de Sade fungió como su caballo para la demostración, para esto se procedió de nueva cuenta a caracterizar a Marques, poniéndole cola, guantes y una máscara en forma de boca de caballo con orejas, Al ser Marques más experimentado que Oscar, la introducción al rol fue técnicamente de inmediato, Krystal procedió a dar las indicaciones generales de cómo se debe de entrenar un caballo y de su aplicaciones en general dentro del, BDSM los cuales pueden ser de exhibición, para tiro, o monta , el entrenamiento de caballo se hace usando las riendas para poder dirigirlo por la brida o usando bocados, auxiliado de fustas o fuetes para su mejor control, procedió a explicar los tipos de paso que usan los sumiso para demostraciones que son: paso, trote y galope, acompañada de la exhibición de los pasos, del mismo modo, dio tips para el cuidado del sumiso en su rol así como algunos ejemplos de cómo irlo entrenando y que el sumiso entre dentro del rol satisfactoriamente.

En la ronda de preguntas se aclararon dudas sobre que otro tipo de animales pude el sumiso, a lo que se respondió que cualquier animal que se pueda domesticar, como preparar al sumiso y se hizo hincapié muy importante que el dominante o el entrenador también debe de prepararse adecuadamente para cumplir también su rol al igual que la importancia del aftercare.

Posteriormente Marques de Sade tomo de nuevo la palabra para dar los anuncios, explicando la causa de que la plática no se haya dado en su lugar habitual, reafirmando que la próxima fiesta programada para el fin de año será sobre padrotes y prostitutas, la invitación a los Sado-tacos no pudo faltar dando por terminada la plática del día.

Esperamos verlos en la siguiente reunión quincenal que se efectuara el día 29 de octubre.

La Rosa Negra.

18 oct. 2011

Relato "Papel estelar"

- Quiero el reporte del mes pasado para mañana. A primera hora en mi escritorio. ¿Está claro?

Sí, de claro estaba clarísimo. Siempre con la obsesión de la claridad. Fernando no era tonto, aunque pareciera. Incluso cuando las órdenes de Ricarda no eran muy claras. Bien que las entendía, a pesar de que hiciera como que no cuando le convenía o creía que le convenía. A fin de cuentas, lo que le convenía era obedecer, eso sí que ya había quedado clarísimo. Duros castigos le había costado, pero eran las recompensas las que en verdad lo empujaban a obedecer. Apenas el último fin de semana había estado casi tres horas en éxtasis.

Todavía le dolía y ya estaba pensando, anhelando, sufriendo por la siguiente invención de su Ama. Esa última había sido de una crueldad atroz. Montado en una cuerda doble, con las piernas bien abiertas por la barra y esperando a que a ella se le diera la gana bajarlo. Desde que Ricarda mencionó la palabra "caballo" la erección fue potente. Desde que tenía las manos amarradas atrás, las piernas abiertas y fijas a la barra, la mordaza bien encajada en la boca; ya sentía la cara caliente por la excitación. En el momento en el que Ricarda accionó la grúa y empezó a levantar la cuerda doble que pasaba entre sus piernas, el entendió lo que le iba a pasar y estuvo a punto de venirse con la pura anticipación. Ella se tomó su tiempo, cuando la cuerda ya le rozaba la entrepierna y él hubiera dado lo que fuera por sentirla presionar contra su cuerpo, ella se puso a amarrar otras cuerdas a los extremos de la barra. Y de ahí a las patas de un pesado sofá que quedaba justamente atrás de Fernando. Y él que creía que estaba en la orilla del sofá para luego estar cómodamente sentado. Una buena chupada por parte de Ricarda, por ejemplo, mientras él disfrutaba del sencillo amarre. ¿Por qué no? Hacía algo de tiempo que ella no se la chupaba. Ya le tocaba.

Nada más lejano a la realidad. No se trataba de su placer sexual, sino del placer sádico de su Ama. Ella accionó nuevamente la grúa y la cuerda empezó a apoyar firmemente entre sus piernas. Cuando empezaba a sentir algo de tensión, ella paró nuevamente para acomodar algunas cosas. Primero separó las dos partes de la cuerda que salía hacia adelante, según su sarcástica explicación: "para que no se te estrangulen los huevos, por que si no qué te torturo para la próxima". Como si no hubiera encontrado ya decenas de diferentes formas de torturarlo en los dos años y pico que llevaban de relación. Luego le separó las nalgas para que la cuerda entrara bien a presionar sobre el culo y "evitar que se te pellizquen las nalgas con el peso de tu cuerpo". Esa revelación fue la que verdaderamente lo alarmó. De manera que pensaba alzarlo para que todo su peso quedara apoyado en esa cuerda ¡qué horror y qué maravilla! Su cadera hizo movimientos involuntarios, como perro que monta a una perra y de la pura excitación balancea la cadera aun antes de poder penetrar. Ricarda se daba perfecta cuenta de esto y confirmaba que iba por buen camino hacia la desesperación absoluta de Fernando por la excitación frustrada. Él temía lo que venía, pero más temía que no se realizara. Cómo le hubiera gustado poder usar las manos para tocarse y culminar con una buena venida esta calentada superlativa que lo hacía respirar exageradamente.

Con las manos amarradas atrás no podía, en cambio hizo lo único para lo que tenía alcance, empezar a sacarse la molesta cuerda de entre las nalgas. Ricarda lo vio de inmediato y con una sonora carcajada lo desanimó por completo. No tardó en poner otra cuerda entre sus muñecas y tensarla hacia atrás hasta un poste atrás del sofá. Sus manos quedaban suficientemente lejos de la cuerda que salía entre sus nalgas y sus brazos incómodamente estirados hacia atrás. Ricarda volvió a separarle las nalgas para que la cuerda entrara hasta el tope y fue nuevamente a accionar la grúa. La tensión de la cuerda empezó a aumentar seriamente. Y siguió y siguió hasta que Fernando empezó a sentir su peso aligerarse de sus pies. No era broma, en verdad lo estaba levantando. Gimió fuerte y nunca supo si fue de dolor, de placer o por la anticipación de separarse completamente del piso. Sus manos ya tocaban nuevamente la cuerda que le serviría de asiento mientras su Ama así lo determinara, pero ella lo solucionó rápidamente, solamente recortó la cuerda correspondiente y las alzó tanto que él tuvo que agacharse un poco hacia adelante para evitar daños en los hombros.

El sonido metálico del mecanismo de la grúa anunció otra vez que las cosas podían empeorar. Aunque ya las pantorrillas empezaban a cansársele al tratar de hacer puntas con los pies, para aliviar un poco la presión entre las piernas; pararse de puntas no fue para nada una solución. Toda su atención se enfocó cruelmente en el momento en el que el dedo gordo del pie finalmente perdió contacto con el piso, por más que lo estiró. Empezó a perder el balance hacia los lados, por un momento creyó que caería de cabeza al girar sin poder detenerse. Pero Ricarda no solía fallar en detalles técnicos. La grúa lo siguió subiendo hasta que las cuerdas en los extremos de la barra que le abría las piernas se tensaron contra las patas del pesado sofá. Con eso se centró nuevamente en dirección lateral y se dio cuenta de lo imposible que era escapar. Tampoco podría desmontarse de la cuerda, es más, si jalaba con las piernas solo aumentaría la tensión de la cuerda y la presión contra sus ingles y ano. Ella lo subió solo un poco más y le dejó ver que su peso no era el límite, si lo seguía subiendo, podría poner toda la tensión que quisiera por medio de la grúa.

Ricarda ajustó nuevamente las muñecas de Fernando, las jaló lo suficiente hacia atrás para mantener su cuerpo perfectamente vertical. Con una última cuerda unió su cuello al gancho de la grúa. De esta manera no podía recostarse ni hacia atrás ni hacia adelante, no podía liberar la presión ni en el ano ni en las ingles. Estaba condenado a sufrir la fuerte presión en esa pequeña área por todo el tiempo que su Ama quisiera. Ya para ese momento sentía la cuerda encajársele intensamente y una desesperación indescriptible por apoyar los pies en algún lado, por hablar, por bajar las manos y por supuesto por aliviar la insistente erección.

- Sentado en el culo, quién lo hubiera dicho. Eres un vicioso de lo peor, mira la clase de erección que eso te causa. ¿Cuánto tiempo crees aguantar así? Bueno, no importa, yo decidiré sobre el tiempo, seguramente será bastante más de lo que aguantarías por gusto.

La posición no fue lo peor ¿o sí? Además, ella se puso a torturarlo de diversas maneras, pinzas en los pezones y otros lugares, incontables nalgadas con instrumentos diversos. Tortura con cuerdas y pesas en el pene y los huevos. Ocasionalmente, subía apenas un poco más la grúa para empeorar la tensión. Eventualmente, el cúmulo de la crueldad: icy hot en los huevos. Fernando se retorcía, aunque eso es un decir, porque la verdad es que podía moverse muy poco. Gemía, eso sí, fuerte y repetidamente. Como reflejo, encogía las piernas y lo único que lograba era que la cuerda se le encajara otro poquito en el culo.

Decenas de veces pensó que ahora sí ya no podía más y las misma decenas de veces tuvo que poder más, porque ¿qué más podía hacer? No podía soltarse, no podía defenderse, no podía quitarse el icy hot, ni las pinzas, ni sacarse la mentada cuerda de entre las nalgas. Lo único que podía hacer era aguantar, y no era que realmente aguantara, pues en verdad, ya no aguantaba más.

Este paradójico estado era el que, en el fondo, controlaba su obediencia. La promesa de estar así, queriendo no estar y sin embargo, anhelando no poder salir, era la zanahoria que lo llevaba por su sumisión. Para ventaja del banco en el que ambos trabajaban, Fernando confundía la obediencia a Ricarda en la cama, con la obediencia en el trabajo. Se mantenía en un estado de excitación constante cuando su jefa le pedía los reportes, los pronósticos, que repartiera labores a otros empleados, etc. El vínculo entre obedecer a esa mujer y su satisfacción sexual, ya estaba bien establecido.

Lila aceptó el trabajo por múltiples razones. Aunque posiblemente nunca lo aceptaría, la persona que sería su supervisor, fue una de esas razones. En otras entrevistas de empleo, había hablado con diversos tipos de personas. Fernando era el único con el que sentía que trabajar a su lado sería agradable. No le despertaba mayor interés, pero estaba segura de que el trato diario sería amistoso y no solamente lo necesario. Tanto la edad de Fernando como su aspecto físico, eran comparativamente mucho más adecuados que los de sus demás prospectos de jefes.

Sin que Lila pudiera poner el dedo en el renglón, tenía un problema con la autoridad. Cuando una figura de autoridad no la seducía, tenía la tendencia a rebelarse. Poco importaba que el jefe tuviera la razón, si ella no se sentía atraída por la orden que recibiera y el contexto en el que la recibiera, lo primero que llegaba a su mente eran pretextos. En cambio, una instrucción o petición bien dada la hacían sentirse fluida, como sumada al caudal del esfuerzo conjunto que ella y su superior realizarían. Una afluente de la acción que se le encomendaba. Todo era parte de su necesidad de pertenecer. De tener un guía, un dueño, un ser que la englobara y la sumara a su existencia, para juntos llegar más lejos y más arriba. Prefería no sentirse obediente sino convencida. Obligada desde adentro y no desde afuera. Incapaz de evitar su propio impulso, más que empujada. Que su Amo simplemente disparara la cadena de sucesos que la arrastraría a cualquier cosa. Eso era en el fondo lo que necesitaba, un Amo que le mostrara que llevaba dentro todo ese ímpetu, pero que no la forzara, que simplemente le hiciera ver que todo lo hacía por su propio deseo. Que su perversión no le era postiza, que en verdad era su esencia y que no podía echarle la culpa a nadie de querer todo lo más bajo, lo más sucio; y sin embargo no sentirse responsable, ya que sería siempre él y solo él quien controlara el chispazo inicial.

Así no era su relación laboral, así no debía serlo. Sin embargo, cada día que pasaba, cada vez que Fernando le daba instrucciones o le encargaba alguna tarea, empezaba a verlo más como ese Amo de sus sueños. Si en lugar de pedirle un listado de esto o aquello, un reporte de lo uno o lo otro; le pidiera algo más íntimo, algo que la escandalizara un poco, algo que le pusiera los pelos de punta incluso a la más experimentada vendedora de sueños bizarros. Anhelaba sentir la cara caliente de vergüenza ante una propuesta degradante de Fernando, dicha así como lo decía todo. Con su voz pausada, serena, sin brusquedades, como si fuera cualquier asunto de diario. Sin darse cuenta, en los meses que llevaba ya en el banco, había ido poniéndole una cara, una voz, una figura a ese Amo de sus ardientes fantasías. Apenas estaba dándose cuenta, de que esa cara era la de Fernando.

- Lila, por favor ¿me traerías el dildo rojo y unas pinzas para tus pezones?

- Sí mi Amo ¿algo más?

- Sí, el dildo no lo quiero seco, por favor que esté bien cubierto de tus jugos y no se te olvide hablar con Pedro el de Reparto.

- ¿Reparto?

- Lila ¿en dónde andas? El de reparto, sí para que te dé su reporte de entregas de estados de cuenta y lo podamos cruzar con el que tú me vas a hacer de clientes activos. No me digas que tengo que explicarte todo nuevamente.

- No, sí ya entiendo. Es que estaba un poco distraída.

- Vamos Lila, ponte en orden, tu trabajo es muy bueno, pero siempre estas distracciones ponen la manchita. Ricarda se fija mucho en esos detalles, por favor asegúrate de que tu reporte sea impecable, siempre parece que andas en otro planeta.

Fernando estaba incómodo, todavía le ardían las nalgas. No era frecuente que su Ama Ricarda lo dejara quedarse a dormir en su casa, menos en días de trabajo. Pero lo que era todavía menos frecuente, era que le diera nalgadas en la mañana. Lo había hecho contar por docenas. Cuatro docenas para permitirle que se bañara. Dos docenas para dejarlo secarse con una toalla. Otras dos para que pudiera rasurarse. A fin de cuentas Fernando había recibido más de un centenar de nalgadas con el odioso cepillo, sólo para que Ricarda le permitiera arreglarse como cualquier día. Cuando menos no había perdido el tiempo en rebeldías, ya sabía que no tenía caso. Esta Ama jamás dejaba una amenaza sin cumplir. Cuando tuvo que rogar por más nalgadas lo hizo, cuando la manera de rogar era hincado, no titubeó. Con todo y eso, llegó tarde al banco. Sabía que Ricarda estaría riéndose, ella no tenía que cumplir con horarios, como subdirectora de división estaba libre de esas incomodidades.

Ahora, ahí sentado, el ardor de nalgas era tenue pero molesto y Ricarda se tomaba su tiempo en pasarle instrucciones. Jamás hablaba de sus juegos en el banco, pero Fernando estaba seguro de que ella hacía estas cosas a propósito. ¿Qué caso tenía que ella leyera el expediente de Lila, así nada más, un lunes por la mañana; si no era para mantenerlo sentado sobre sus nalgas ardorosas?

- Es lo que te decía de Lila, Fernando. No es nada tonta, apenas lleva unos cuantos meses y muchas cosas las hace mejor que varios de los más experimentados. Pero no parece que le importe gran cosa el banco. Todo lo que hace está subordinado a sus actividades personales. Necesitamos que los empleados sientan al banco como la actividad más importante en sus vidas. Que dediquen sus mejores esfuerzos por el avance de nuestra empresa frente a la competencia. No que solo hagan excelentes labores cuando se les da la gana. En especial en épocas difíciles como esta. Quiero que logres una Lila comprometida con los objetivos del banco, entusiasmada por el ambiente financiero, entregada a los objetivos de nuestro departamento. No basta con que sea responsable y bien hecha, se necesita que demuestre entrega.

Fernando entendía bien a Lila. El trabajo sirve para vivir, no la vida para trabajar. Sin embargo sí había notado que Lila podía dar más. Él mismo había hecho ver a Lila sus distracciones frecuentes. Era obvio que por la mente de ella circulaban muchas otras cosas que opacaban sus pensamientos relativos al banco. Podía ser una magnífica empleada y era solo buena. Fernando decidió dirigirse a ella por escrito. De esta manera le daría un enfoque más serio a la llamada de atención. Podría sacar el papelito y mostrárselo cada vez que sintiera que hacía falta recordarle el asunto. Sí, un memo, era la manera formal de hacerlo.

Fernando se iba dando cuenta de que la mente de Lila era juguetona, habría que centrarla en lo serio. El memo debería ser muy formal. Nada de brusquedades tampoco, a fin de cuentas quería pedirle más, no quería reclamarle que las cosas fueran mal. Además, Lila no era cualquier empleada, a ella la apreciaba, podría ser incluso una buena amiga. Luego de varios intentos, el memo escrito por Fernando salió de sus manos así:

"Estimada Lila:

Te escribo estas líneas porque te aprecio. No es que esté por reclamarte tu manera de proceder, todo lo contrario. Apruebo el rumbo que llevas, sin embargo, quiero decirte que necesito más de ti. La situación en la que nos encontramos no permite medias tintas, me gustaría conocer a una Lila entregada. Que todo lo que te pido se convierta en un objetivo de importancia para ti. Que mis palabras no sean simples comunicaciones, que entiendas el peso que tienen y actúes con el compromiso que merecen. Recuerda que las recompensas de lo bien hecho vienen después. En la medida en la que compartas mis intenciones y te adhieras voluntariamente a ellas, iras viendo que el panorama para ambos irá amoldándose a nuestros sueños.

Un afectuoso saludo.

Fernando."

Me aprecia sí ¡qué bien! Mejor sería que me dominara, que me usara, que me acorralara. ¡Qué tipo tan formal! Parece que está dando clases de catecismo, en lugar de arrear empleadas. O ¿será que quiere decir algo más? no menciona por ningún lado al banco, no aclara bien a qué se refiere. ¿Me estará hablando de la relación personal en lugar de la laboral? Está hecho en papel del banco, pero todos tenemos estos papelitos tan a la mano, es natural. Además firma nada más Fernando, no Fernando - Supervisor de área.

Que llevo buen rumbo. Pues por mi trabajo no ha de ser. Apenas hago lo que me pide y el resto del día a soñar con el Amo Fernando. No me reclama, pues bien entonces, cuando tenga algo que reclamar, que lo diga. Que entienda el peso de sus palabras ¡ajá! O sea que hay que fijarse en las palabras. Chico listo, así no lo descubren en caso de que esto cayera en las manos equivocadas.

A ver: Necesita más de mí, guau, empezamos intensos. ¿Nos encontramos en alguna situación? Eso es, me está invitando a una "situación" con él, y no quiere medias tintas, mejor. Me quiere conocer entregada, pues pa' luego es tarde, que le ponga fecha y lugar. Que lo que me pide sean objetivos de importancia; la manera discreta de decir que sus deseos sean mis órdenes, bien, le gustan los eufemismos. Las palabras... ya, en eso estamos. Compromiso que merecen; sí mi Amo te mereces todo mi compromiso y he de aceptar que palabras como estas, provocan un compromiso mas allá de lo convencional. Las recompensas vienen después. Ah caramba, me va a poner a esperar, el muy cabrón. Bueno, paciencia, yo soy la esclava, tendré mis premios siempre y cuando me los gane, así debe ser. Sus intenciones, eso ya es más claro, por supuesto que hablamos de sus cochambrosas intenciones ¿qué más podría ser? Adherencia voluntaria, es decir que quiere obediencia. Ambos, eso ya es prácticamente una declaración. Y sueños, la palabra más obvia, con esta casi se descubre.

Osado el tal Fernando, mira que escribir un memo que parece inofensivo y en el fondo hacer semejantes declaraciones y exigencias... Al pie de la letra lo seguiré. Quiero mis recompensas y mis sueños. A obedecerlo se ha dicho. Discreta, eso sí, si él quisiera hablarlo abiertamente, lo hubiera hecho. Habrá que seguirle el juego de los eufemismos.

Fernando estaba un poco distraído. La verdad es que pensaba cómo lograr que su Ama Ricarda le permitiera ponerle la lengua en los genitales. Sabía que ambos lo disfrutarían mucho y lo intrigaban los motivos de que Ricarda todavía se negara. Siempre le decía que sí le daría permiso, pero después. Primero debía ganárselo. Más de una vez ella le había apoyado el pubis en la cara, en la boca y la nariz, pero siempre con ropa, al menos calzones. Fernando soñaba con eliminar esa última capa de tela y hacer contacto directo. Se sentía como un niño comiendo un helado a través de la envoltura. Quizá era esa misma carencia, esa negativa de parte de Ricarda, la que lo hacía soñar aún más. Ricarda entendía perfectamente y usaba la idea para hacerlo rabiar.

La última vez, con las manos atadas detrás de la espalda y levantadas hacia el techo. Hincado en el piso y con el glande atado a la pata de la cama detrás de él, Fernando había llorado de coraje. Durante un largo rato Ricarda lo había tentado. Sentada en la orilla de una silla con rueditas y con las piernas bien abiertas lo había hecho comportarse como un verdadero perro. Le acercaba la entrepierna a la cara hasta que él hacía por acercársele y luego ella se retiraba un poco. Solo lo suficiente para evitar el contacto, pero se quedaba a pocos centímetros. Fernando entonces avanzaba lentamente en contra del dolor que le causaba estirarse la verga contra la atadura y voltearse la erección al revés. Hasta que no podía más y dejaba de avanzar, apenas lograba rozar a su Ama. Ricarda empezó bien vestida y se fue quitando ropa. Conforme ella se excitaba también y empezaba a secretar, el olor ponía a Fernando fuera de sí y lo movía a aguantar más dolor, pero a la vez su erección se endurecía y la cuerda que pasaba hacia atrás entre sus piernas, le hacía más crueles los intentos. Ya sin ropa, Ricarda había permitido a Fernando llegar a milímetros. Con el cerebro corto circuitado por el instinto que le despertaba el olor, y el pene torturado por sus propios avances, había estado un buen rato creyendo que ahora sí lo lograría. Finalmente la frustración de no llegar le había arrancado sollozos de desesperación.

Sin embargo las promesas de Ricarda siempre se cumplían y Fernando confiaba en que algún día ella le permitiría recibir ese premio. Sabía que ella usaba esta promesa para lograr tantas cosas de él y en cierta forma se lo agradecía. Los logros que cuestan trabajo se aprecian más y sus sueños acerca de ese cunilingüe tan anhelado, cada vez eran más descabellados. Por eso se fijaba en los detalles de lo que Ricarda le pedía para el banco, aunque ella nunca mezclara las dos cosas. Por eso seguía sus instrucciones al pie de la letra. Por eso se esforzaba como pocos empleados. No era el aumento de sueldo o los resultados de la evaluación anual, Fernando era un empleado excepcional gracias a la vulva de su subdirectora de división.

Fernando se recriminó su falta de atención y siguió anotando. Lila era capaz, Ricarda no quería deshacerse de ella ni amenazarla con eso. Pero definitivamente le faltaba compromiso con su trabajo. Lila no le daba importancia a lo que pasara con el banco, desperdiciaba su gran competencia en errores simples, pura falta de concentración. Si Lila no hubiera sido tan capaz, hubiera sido más fácil aceptar sus resultados mediocres. Era esa sensación de desperdicio, la que exasperaba a Ricarda y la hacía darle tanta importancia a lo que Fernando lograra obtener de ella. De manera que Fernando debería obtener de Lila: entrega, dedicación, compromiso, seriedad. Vamos, casi casi pasión por su trabajo y sus logros en el banco.

No sé porqué Fernando se empeña en hablar de esto aquí en la oficina. Tan a gusto que podríamos tratarlo en un ambiente más íntimo. Si él no lo propone en unos días, yo le diré qué pienso al respecto. Espero que una sugerencia así no la considere una insolencia de parte una esclava.

 Entonces Lila, te quiero más atenta.

- Entiendo.

Mhmhmhm "te quiero masa tonta", no solo me quiere sino que me humilla también. Perfecto Amo Fernando, el día de hoy vamos por buen camino.

- Quisiera que esta tarde pienses con calma algunas cosas. Necesito que te comprometas a fondo con tu trabajo. La forma en la que lo hagas queda a tu elección, pero debe ser un gran compromiso.

- Haré lo que me pides.

Bien, empieza la diversión. Entonces, que hoy en la tarde me meta a fondo algunas cosas, aunque me cueste trabajo, la forma la escojo yo, pero que sean grandes. Claro que sí mi Amo, pero me encantaría que fuera él quien me las metiera. Se lo voy a proponer.

- Confía en mí, vamos con calma. No me des explicaciones en este momento, no se trata de discutir. Intenta hacer lo que te pido y vamos viendo qué resultados obtienes.

- De acuerdo, entonces no digo nada por el momento.

Bueno, nada de propuestas. Está bien, confiaré en él y tendré paciencia, es lo que una buena sumisa debe hacer.

- Aunque no lo parezca, todo esto está revestido de una gran importancia en la ruta de nuestra carrera por el banco.

Que me vista para que parezca una puta de carrera. Magnífico, este Amo sí me entiende. Qué suerte tengo en servirlo.

- Recuerda que una buena empleada debe estar atenta a las necesidades de la empresa, debe ofrecer todo lo que esté de su parte por el bien del banco.

- Sí Fernando, así lo haré.

En verdad es un buen Amo, me pide que esté atenta a sus necesidades y me ofrezca plenamente para su placer. ¡Esto es el paraíso!

- En la medida en la que te entregues más en cuerpo y alma a lo que necesito de ti, verás que te irán pareciendo más fáciles y más naturales las labores diarias. Aunque no todas sean plenamente de tu agrado, algunas lo serán y entre unas y otras tendrás para progresar y que todos estemos contentos con tu desempeño.

- Como tú digas, Fernando.

Entrega me pide, pues encantada, eso tendrá, en realidad no necesitaba ni pedírmela. Lo malo será que mi eficacia para el trabajo del banco seguramente se verá disminuida. Voy a estar atenta a cada palabra que diga, para poder descifrar sus deseos, sus instrucciones para cada tarde y noche. Si su estilo es seguir diciéndome las cosas en acertijos y entre líneas, con gusto jugaré el juego. Supongo que está consciente de que eso implica que mi atención no podrá concentrarse tanto en el trabajo. En todo caso él es el Amo y no debo cuestionarlo. Ya me estoy saboreando esas actividades que serán de mi agrado y también las que no, todo es parte de la diversión.

Ricarda estaba definitivamente molesta. Lila había empeorado. En esas últimas semanas todo le salía peor y lo hacía más lento. Fernando le había explicado todo lo que había intentado para motivar a Lila y parecía haberlo hecho bien. Sin embargo los resultados no se daban y la situación ya se acercaba a un punto crítico. Pronto debería tomar una decisión acerca de Lila y su futuro con el banco.

Ricarda nunca permitía conscientemente que su relación laboral con Fernando se mezclara con su relación personal. Sin embargo, era inevitable que su humor sí resintiera en cierta manera las fricciones provenientes del banco. En estos últimos días había estado sintiendo que Fernando no podía o no quería resolver la situación con Lila y, sin querer, eso la ponía en de un humor particularmente cruel.

Volvió a ver de reojo hacia donde estaba Fernando. Seguía esperándola, claro ¿qué otra cosa podía hacer? Ya estaba babeando alrededor de la pelota roja que tenía firmemente amarrada en la boca. ¡Magnífico, otra razón para castigarlo, a quién se le ocurre babear el piso de su Ama! Todavía le faltaba pintarse las uñas del otro pie, Fernando tendría que seguir esperando. Más tarde esas uñas recién pintadas substituirían a la pelota. Le gustaba verlo así, incómodo e indefenso. Aunque en este momento no estuviera particularmente vulnerable, ya no tenía salvación. A partir de ese momento su incomodidad, humillación, dolor; pero también su excitación y placer solo crecerían. O como Ricarda quisiera. Lo tenía en sus manos, o para mayor precisión, en el piso. Con las manos firmemente amarradas a la espalda y unidas a un ancho collar por una gruesa banda de cuero. Los tobillos juntos y alzados por la famosa grúa hacia el techo. Tenía los pies suficientemente alzados, de manera que toda la pierna e incluso la cadera de Fernando, quedaban despegadas del piso.

Cuando Ricarda terminó, Fernando ya empezaba a cansarse. Ella se tomó su tiempo en ponerse ropa cómoda. Nada erótico ni mucho menos, quería estar cómoda y que Fernando se aguantara. Las ventajas de ser Ama. Le dio algunas vueltas como burlándose de su posición: a sus pies. Jugó un poco con la cuerda que subía, lo hizo girar en el piso, disfrutando de tenerlo a su merced. Empujó firmemente la cuerda para alzar otro poco los pies de Fernando y sin decir ni agua va metió un pie entre los muslos de él. Lo fue resbalando hasta que tenía todo el zapato bien apoyado en la entrepierna de Fernando. Él solo podía gruñir y voltear a verla lo más posible. Era en momentos como ese, en el que ella no lo sometía a ninguna tortura sexual propiamente, no le daba dolor, ni placer, en los que él se sentía verdaderamente usado. Cuando le daba dolor o placer, él disfrutaba, de maneras diferentes, pero disfrutaba. En cambio, con cosas de este tipo, sabía que ella disfrutaba la sensación de poder y para eso lo usaba, para demostrar que le haría lo que quisiera. Si bien esta forma de ser usado no lo excitaba tanto en lo sexual, era la que lo convencía de ser propiedad de Ricarda.

En cuanto a esto, la mente de Fernando todavía dudaba. Quería que Ricarda lo usara sí, pero más que nada para lo sexual, quería darle todo el placer posible y ofrecerle todo el dolor que a ella la excitara. Estas demostraciones de poder más que nada lo incomodaban, no les veía el propósito. Seguía reaccionando ante ellas con rebeldía, con orgullo, todavía creía y actuaba como si, no las disfrutara. Aunque bien en el fondo, también llenaban su necesidad de ser sometido, pero no estaba preparado para aceptarlo todavía. Él sabía que Ricarda entendía esto y por lo tanto, cuando ella lo hacía, era porque había alguna cuenta pendiente. Algo traía Ricarda en mente que seguramente resultaría en una sesión mucho más dura, pero eso estaba bien, lo malo era haberle fallado. Ya habría que averiguar de qué se trataba y poner todo su empeño por resolver el asunto.

Ricarda le pidió que se sentara. Fernando se sintió otra vez castigado. La noche anterior ella se había negado a explicarle qué la molestaba. Por mucho que había rogado lo mejor que sabía, por muchos orgasmos de Ricarda en los que él había colaborado, por mucho que hubiera aceptado sin malas caras el quedarse sin el suyo, por mucho desayuno que le hubiera preparado hoy. Nada, silencio, excepto que lo discutirían aquí, en la oficina, en el banco. ¡Qué cruel, hacerlo sentarse después de cómo le había dejado las nalgas! La visión de Fernando estaba empañada. ¿Qué jefa no sentaría a un empleado en su oficina para hablar con él? ¿Qué par de personas no usarían las sillas para hablar cómodamente por encima de un escritorio?

Como fuera, Fernando ya se sentía regañado. El efecto de las más de cien nalgadas que había recibido con una implacable tira de cuero. El resultado de tantos tirones que se había dado en el cuello al tratar de bajar las manos para detener alguna de esas nalgadas. Lo logrado por el ancho tapón anal y el palo unido a él, por los giros que había dado en el piso, movido precisamente por ese palo y tapón en manos de Ricarda y con el pecho como único apoyo. Incluso las mejillas había arrastrado por el suelo en los giros. Mientras, Ricarda se había reído gustosa de su situación. Hasta contestar los buenos días le dolía. Luego de las casi dos horas con la pelota atascada en la boca. Y luego a masturbar a Ricarda, ya librado de la posición, pero sin poder ayudarse con las vista, pues sus manos seguían amarradas a la espalda y tirándole del cuello. Dos orgasmos así, tocándola con los dedos, de espaldas, harto como estaba de las muñecas. Y los orgasmos de Ricarda toman su tiempo, una eternidad, en esas condiciones, siempre hincado junto a la cama. Sin almohada. Las rodillas igualmente machacadas. Después, el otro orgasmo de ella, penetrándola, pero teniendo que cuidarse de no venirse él. En caso de fallar, el castigo del closet. Una noche parado con el cuello amarrado a la barra del closet, afortunadamente no. Para terminar, a dormir con las manos amarradas a la cabecera. No era realmente incómodo, las tenía por delante y podía bajarlas hasta la altura del pecho, era solo para evitar la tentación de tocarse, pero a la larga también lo hartaban y le perturbaban el descanso. Con ese cargamento de memorias físicas y mentales fue que Fernando se sentó a oír lo mal que iba Lila. Ya lo sabía.

Ella estaba verdaderamente en las nubes, sonriente siempre y muy amable. Él lo sabía perfectamente, hasta sobraba que Ricarda lo repitiera. Todo eran buenas respuestas y magníficos tratos, pero la chamba siempre lenta y llena de distracciones. Ricarda había tomado una decisión. En la cena navideña del banco, Lila daría el discurso.

Esa cena de fin de año, a la que todos van en sus mejores galas y esperan oír lo bien que van lo negocios, lo bueno que ha sido el año, a pesar de los contratiempos. Lo mucho que puede hacerse para mejorar el próximo año. Todo en un clima festivo y agradable. Desde los socios multimillonarios, hasta los empleados de menor rango, todos relajados y alegres, bailando y cenando. Lila sería la encargada de hablar. Además de los breves y obligados reportes de cifras, debería hablar de la motivación de un empleado. Debería demostrar mediante sus palabras que entendía la entrega y el sacrificio que deben hacer todos a cambio del bienestar y el progreso conjunto. Sería su última oportunidad. Si el discurso era suficiente, ya no digamos maravilloso ni memorable, adecuado al menos. Lila conservaría su trabajo y Fernando y Ricarda buscarían la manera de encausarla, como últimamente no lo habían logrado. Sabían que Lila tenía capacidad de sobra para esta tarea, ya la habían visto en acción anteriormente, sobre todo cuando recientemente contratada. Era solo últimamente que de plano no daba una. Fernando debía dejarle bien claro a Lila el riesgo que corría. Un mal desempeño, un discurso distraído o de plano mediocre y adiós.

Lila sacó su ropa un poco distraída. No dejaba de pensar en la conversación con Fernando. No podía creer que le hubiera puesto un ultimátum de esa manera. Ella que estaba segura que todo iba avanzando perfectamente con su querido Amo. Ahora tendría que pararse ante todos a dar ese discurso y hacerlo bien.

Empezó a vestirse por las medias. Negras y elegantes, caladas por supuesto, pero de red fina. Sería una puta sí, pero una puta elegante. Dispuesta a lo que fuera, pero con clase. El fino tejido envolvía sus piernas como lo harían las manos de Fernando eventualmente. La suave compresión que le proporcionaban, le permitía ya sentir las caricias de él. Si esta noche fallaba, perdería para siempre la oportunidad de ser la sumisa de Fernando, sería simplemente desechada.

El corsé le quitó la respiración, pero no por lo apretado, por lo excitante. Era el abrazo de su amo convertido en satín, varillas y cordeles. La apretaba, sí pero de la manera más sutil. Cada inhalación le recordaba que él podría jugar con su cuerpo, modelarlo, restringirlo, limitarlo a su antojo. Que toda caricia y abrazo pagan un precio. Que así como ahora anudaba los cordones y apretaba la prenda un poco más de lo necesario, así amarraría también su vida a la de Fernando, con un poco más de incomodidad y apriete de lo estrictamente indispensable. En unas cuantas horas debería de explicar ante todos los asistentes a la fiesta, los detalles de su entrega.

Una buena puta siempre debe usar liguero. Lila se sintió emputecer desde que tomó las ligas y las enganchó al corsé, tres de cada lado. Más de las necesarias. Para enfatizar su presencia, solo por el gusto de que estuvieran ahí, no tanto para sostener las medias. Con eso se completaba el marco que concentraría la atención en su sexo, el corazón verdadero de una puta. Tuvo cuidado de que estuvieran bien colocadas, perfectamente simétricas y alineadas. No era miedo al castigo, era el gusto por un trabajo bien hecho y el arma de una puta que conquista, para lograr ser conquistada. También con eso demostraría su voluntad por agradar, así como un rato más tarde estaría explicando en la cena navideña, que ella estaba allí para complacer y satisfacer a su Amo.

Ponerse el sostén le resultó un poco incómodo, ya con el corsé en su lugar. Una vez más, esa restricción avivó su deseo. Las copas le sostenían los senos tan apaciblemente, casi con dulzura. Mejor así, para que el cambio a la brusquedad y las torturas que tanto deseaba, fuera más notorio. Para que con mayor fuerza deseara pasar por esos castigos y que éstos, a su vez, contrastaran luego con la ternura de las caricias de un Amo satisfecho. Ya no faltaba mucho tiempo, pronto estaría desnudándose ante sus compañeros de trabajo y poniendo bien claro que el que mandaba era Fernando, de lo contrarío quedaría cancelada.

Los calzones por encima de las ligas, la señal de una puta que entiende el uniforme de guerra. Que entiende que están allí para quitarlos y lo demás para dejarlo. Tuvo que secarse un poco antes de subirlos hasta arriba, tanto así la excitaba este proceso y la anticipación de lo que seguiría. La última cubierta de sus ansiosos agujeros, es decir los de su Amo. No una verdadera protección o defensa, más bien una oportunidad para que su dueño tuviera la opción de descubrir, de encuerar, de invadir y despojar. La tela se sentía fría contra sus labios y sus nalgas, pero no, era la piel la que estaba caliente y contrastaba. Una prenda tan simple, que usaba diario, hoy la erotizaba como si estuviera acostumbrada a andar por la selva sin nada y se pusiera unos calzones por primera vez. Era una recompensa a su obediencia ya que, así debía ir vestida, tenía sus instrucciones precisas o cuando menos ella eso entendía. Dentro de poco, confesaría ante todos que si obedecía y se esforzaba por seguir el camino que él le marcara, tendría siempre sus retorcidas recompensas.

Terminó con los zapatos, altos y firmemente amarrados al tobillo, imposibles de quitar a no ser con las manos. El maquillaje bien puesto, pero un poco exagerado, colores fuertes sin llegar a grotescos. El pelo recogido sobre la cabeza, un poco extravagante y sobre todo dejando vista libre de lo demás, inclusive el cuello. Remató con unos guantes largos al codo, mero toque decorativo, pero ya para este momento, hasta eso la excitaba. Y de alguna forma eran también símbolo de su entrega, puesto que en este país, nadie usa guantes y menos al codo. Todo quedaría aclarado, una vez que dijera que, lo más importante, era la entrega completa y sincera de su cuerpo y mente a las necesidades o caprichos de ese dueño. Al que pertenecería (en caso positivo) al terminar su presentación.

Lila estuvo un rato largo frente al espejo de cuerpo entero detrás de la puerta de su baño. Le gustaba lo que veía, indudablemente, pero más le gustaba lo que se haría con el ¡ojalá! Le dio tiempo de serenarse un poco. No tardaron en asaltarla algunas dudas. ¿Sería capaz de subir al estrado, frente a la planta completa del banco y decenas de accionistas, y declarar a través del micrófono que, de ser aceptada, a partir de ese momento, sería la esclava sexual, dispuesta y anhelante, de un sinnúmero de acciones excéntricas, dolorosas, humillantes? El trabajo en el banco no le importaba, porque se imaginaba que un tal discurso inmediatamente la convertiría en desempleada. Pero el atrevimiento, el momento de tirar su abrigo, el empezar a hablar, el ver las expresiones de su público, seguir hablando. ¿Podría? Sus ganas eran inmensas, abrir su alma al mundo, exhibirse como la zorra, golfa, pervertida implacable que era. Mostrarse así como ahora podía admirarse en el espejo, bella, fuerte, refinada, una auténtica fuerza de la naturaleza; le alimentaba el ego de una manera que nunca un logro laboral podría. Sin embargo, le quedaba algo de tradición, de programación, de años, de enseñanzas (quizá incorrectas) pero bien aprendidas al cabo. ¿Podría más el miedo, la vergüenza, la incertidumbre; o esa esencia de sumisión, esa hambre de pertenecer, ese vacío que desde siempre la obligaba a tomar las decisiones esclavizantes, humillantes, dolorosas?

Lila recordó el reloj. Con un sobresalto fue a ver la hora. Tarde, pero a tiempo todavía. Sin más pensar, se puso el abrigo y salió.

Ricarda estaba nerviosa, Lila no aparecía y el momento de la presentación se acercaba. Ya muchos iban sentándose alrededor de las mesas. La plática debía terminar antes de que se sirviera la cena, sería de pésimo gusto hacer esperar a tanta gente. Por primera vez Ricarda pensó en las más extremas consecuencias que podría tener el problema con Lila. Si sus palabras de plano eran reprochables o, mucho peor, si ni siquiera se presentaba, Fernando tendría que responder por la falla. Pero ella era la siguiente en la línea, como jefa de él. Realmente quedarían muy mal. Hasta ese momento se dio cuenta del grave error que había cometido al encargarle un asunto tan delicado a Lila. Tan fácil que hubiera sido encargarle a cualquier otro de sus subalternos el asunto. Alguno de ellos o la gente a su cargo, hubieran hecho un trabajo adecuado. Era su maldita obsesión por controlar a Fernando, por empujarlo especialmente por los caminos en los que lo veía flaquear. Sí, era eso, los fracasos de él en el caso Lila, la habían hecho ofuscarse, la habían distraído, ella había insistido y ahora los dos estaban en riesgo de hacer el ridículo.

Fernando estaba pálido, no quería ni cruzar mirada con Ricarda, ya había notado su impaciencia. Tampoco él había creído a Lila capaz de no llegar. Otra vez decepcionaría a su Ama. Recordó el olor de sus flujos, ahora con nostalgia, ya no con deseo. Nunca tendría el placer de probarlos. Esa puerta le permanecería cerrada y todo por su incapacidad para motivar a Lila.

Ya todos estaban sentados, si en un minuto no entraba Lila: o Fernando o Ricarda tendrían que levantarse a dar explicaciones. Ricarda respiró profundo, Fernando se recargó finalmente en el respaldo de la silla. Lila cruzaba en ese momento la puerta del salón. ¿Con abrigo dentro del salón? Bueno, cuando menos llegaba a tiempo y se veía bien, muy arreglada, hermosa, elegante. Cruzó el salón sin prisa pero sin detenerse, seguida de las miradas de cientos de invitados. Se veía serena y concentrada, no volteó a ver a nadie.

Lila empezó a subir los escalones, no titubeaba, pero lo que sentía de ninguna manera puede llamarse seguridad. Caminó con lentitud por el estrado hasta que estuvo a un lado de podio, asegurándose de que éste no la tapara. Con la mirada perdida en algún lugar del salón, se paró de frente al público. Sus dedos temblaban ligeramente al buscar el botón más alto de su abrigo.

FIN
© por Infraxión

12 oct. 2011

Relato, Más Allá del Sótano

Lo primero que agradeció fue que cesara el ruido. Más que la sensación de velocidad o la de vacío, el ensordecedor crujido de la caja y los golpes sorpresivos y amenazadores de alrededor; presagios de un choque terrible y devastador. Con el silencio vino la quietud y el alivio, al parecer no caería a un precipicio ni se estrellaría fatalmente contra algo muy duro.

A pesar de que no llevaba ni dos segundos desde que se había detenido, la espera pronto fue peor que el movimiento. Cuando menos las caídas no duran mucho. Aunque acabara con su vida, un movimiento vertiginoso implicaba por necesidad un viaje poco duradero ¿o no? En cambio, esta espera era peor. Podía durar horas o días. ¿Cómo saber qué pasaba afuera? Podía ser que una máquina lo compactara con todo y caja como a los autos de deshecho. Podía ser que ya estuviera encima del fuego crematorio y que no tardara en empezar a sentir el calor de las llamas y el olor del humo. O que estuviera a media carretera y que un gran camión le pasara por encima. ¡Qué incoherencia, carreteras abajo del pequeño local, a media ciudad, en una manzana repleta de comercios! La incertidumbre era verdaderamente desquiciadora. ¿Y si de pronto se abriera la caja y estuviera en el centro de una manada de leones? Un nuevo sistema bien barato para alimentar a los animales del zoológico. Lo que fuera con tal de alejar de su pensamiento su verdadero pronóstico. En vista de lo sucedido, su traidora imaginación ya sabía lo que venía y cualquier idea disparatada era buena para distraer a la conciencia y no encarar lo más obvio. Las paletadas de tierra sobre la caja y la obscuridad eterna. Moriría en unos tres días, de deshidratación, ronco de gritar y con las manos destrozadas de golpear y arañar la madera inútilmente. Empujando una tonelada de tierra hasta desgarrarse los ligamentos de los brazos. No quería comprobar todavía, que la tapa de la caja estaba firmemente cerrada, que ni aunque se hubiera pasado los últimos años dándole como loco a las máquinas de un gimnasio, podría contra las cerraduras, flejes, clavos y demás que seguramente cerraban su último recinto, inalcanzables detrás de unos tablones de una pulgada de espesor, reforzados con barras de hierro y remaches de acero.

Con un dedito la güera abrió la enclenque caja de triplay. Su uña, impecablemente esmaltada de rojo brillante, ni siquiera se inmutó. Se asomó al interior y sonrió.

- Oooooorale, parece que este sí se asustó. Mírale la cara de muerto recién enterrado.

La fortachona se asomó con desgano, sería otro juguete para sus jefas, otro sumiso para torturar durante tiempo indefinido. Como el tipo no reaccionaba, se agachó y lo jaló por los antebrazos. De veras tenía cara de asustado, hasta temblaba un poco y tenía las manos heladas; qué raro, normalmente llegaban desorientados pero no asustados.

Cuando lo sentó, el tipo reaccionó y de un jalón arrancó las manos de entre las de Paty, la fortachona. Rara vez tenía Paty realmente que cumplir su función. La mayoría de las veces bastaba con que ella y su compañera Susana se le pararan enfrente al impertinente, para que éste bajara la mirada y obedeciera. Era una lata cuando alguien realmente se ponía violento, Paty ya se había llevado algunos buenos golpes, pero ningún fracaso. Desde que había trabajado como saca borrachos en aquel espantoso tugurio para borrachas adineradas, siempre había logrado controlar la situación con cierta facilidad. Su tamaño le ayudaba mucho, pero más era la actitud, la certeza que les infundía a los latosos de que si no se ponían en orden, acabarían en el hospital. Ahora, al lado de Susana, su compañera, era mucho más fácil. Eran un par de monstruos y no había ser razonable que se les enfrentara de lleno.

Pero Alejandro ya había pasado al estado irrazonable. Desde la aparición del homo sapiens-sapiens, el pánico y la incertidumbre mortal, siempre logran el cambio: de hombre a máquina de defensa extrema. Paty le gritó a Susana y empujó a Alejandro con mucha fuerza en el pecho, éste cayó nuevamente acostado en la caja, pero inmediatamente volvió a intentar la huida. Para cuando Susana llegó, Alejandro, en su desesperación, ya había roto el costado de la caja y Paty ya le había roto la camisa con los jalones para evitar que se parara y corriera. La güera, Silvia, con sus tacones de aguja, las uñas pintadas y el corsé bien apretado ni se acercó a la trifulca. Era sádica y muy estricta, pero sus habilidades salían a relucir sólo cuando las víctimas ya estaban indefensas o la obedecían por propia voluntad. Para dominar a un loco como éste, estaban las energúmenas, como secretamente les decían las jefas a Paty y a Susana. Por eso no intentó ayudarlas. Por eso tardó en reaccionar cuando Silvia le pidió que le alcanzara un par de brazaletes de cuero.

A pesar de recibir algunas patadas en las espinillas y algunos pisotones, más bien involuntarios por parte de Alejandro, Paty y Susana lograron ponerle los brazaletes en las muñecas y fijarlo con un candado a la primer argolla que encontraron en la pared. Los pies fueron cosa fácil. Mientras Alejandro, con los ojos mucho más abiertos de lo normal, revisaba y jaloneaba los brazaletes inútilmente, le pasaron una correa de cuero alrededor del cuerpo y una vez cerrada la recorrieron hasta los tobillos. Una cadena, un candado y a la siguiente argolla. Un buen estirón y Alejandro quedó fijo, tirado en el piso con las manos y los pies apuntando cada cual para su lado y bien unido a las argollas en la base de la pared.

Silvia se le acercó y se puso en cuclillas cerca de su cara. De inmediato le llegó el agradable aroma del perfume de ella, una fragancia cara, nada de limitaciones, por lo visto. Con la imagen y la cercanía de Silvia regresó una cierta calma a la mente de Alejandro. Esta mujer, vestida toda de rojo, no era muy alta, pero su postura era muy recta. Los hombros bien echados atrás ayudaban a mostrar sus pechos, no muy grandes, pero bien apetecibles, redondos y perfectamente acomodados en las copas del corsé. Esa postura también ayudaba a acentuar hacia atrás la cadera y las nalgas debajo del corsé. Una imponente, pero no excesiva cadera, y unas nalgas que ya quisieran tantas escuálidas modelos de modas. Si los diccionarios explicaran los significados mediante fotos, las nalgas de Silvia aparecerían en varios lugares: redondez, firmeza, lujuria, deseo y ¡quién me desamarra las manos, carajo!

Las piernas no traicionaban tan noble origen. Tanto muslos como pantorrillas encerraban volúmenes nada despreciables, pero muy bien formados. Pies y manos chicos, algo regordetes, pero muy bien cuidados. La piel más morena que tostada, hacía pensar que a Silvia le gustaba estar la mayor parte del tiempo bajo techo, quizá en este enorme sótano. En contraste con la piel, tan antojable y pareja, el pelo pintado de tan güero, sí desentonaba. Un laborioso peinado de mírame y no me toques, encuadraba una cara muy agradable y bastante amistosa. Si Silvia proyectaba dureza y autoridad, eran más su postura y sus palabras que su gesto. La boca chica pero carnosa, la nariz pequeña y los ojos tan dulces, invitaban mucho menos al respeto que a un beso.

-¿Tu crees que vamos a tolerar ese comportamiento aquí? Para ti, todas somos tus superiores ¿esta claro?

Obedeces tanto a Paty y a Susana, como a cualquiera de nosotras ¿entendido? Es la primera vez que vienes ¿no? Con más razón, tus derechos aquí son nulos. Que llegues a este lado habla bien de ti. Pero a causa del exabrupto, podría correrte y vetarte definitivamente. Sin embargo me caíste bien, pero, no te vayas a confundir, el chistecito te va a costar.

Alejandro se sintió de regreso a la primaria. La directora encabronada y él sin poder contestar. Las palabras atoradas, los ojos como platos y moviendo la cabeza frenéticamente para dar respuesta. Un momento después, ya no sabía ni qué había contestado. Lo que fuera con tal de seguir cerca de los zapatos de tacón, las medias, los coquetos calzoncitos, las ligas y el corsé, con sus correspondientes rellenos; pero más que nada, de la mirada envolvente y la promesa implícita que todo esto significaba.

Silvia se levantó, dio media vuelta y algunas instrucciones inaudibles a las fortachonas. Éstas asintieron y se fueron cada una por su lado. Alejandro empezó a sentirse incómodo. Qué hacía él aquí tirado, sin poder moverse a sus anchas, sin poder siquiera rascarse la nariz. Sin poder acomodar la erección parcial que la de rojo le había causado. A la vista de esas personas que trabajaban en algunas esquinas del gran sótano. Por un lado una señora trapeaba el piso de piedra basáltica lisa gris obscuro. Por otro lado un par de jóvenes acomodaban algo, que a esta distancia no se distinguía. Sacaban las pequeñas cosas de cajas y las metían en los cajones de un gran mueble de madera. En muchas de las otras paredes había muebles similares. El techo revelaba sus secretos. Grandes lámparas de neón iluminaban muy bien todo el lugar, vigas y estructuras de acero, tuberías, cableados, y toberas de aire acondicionado. Parecía el interior de un gran edificio, definitivamente fuera de lugar en este sótano. Una cuadrícula de arcos de ladrillo y piedra simulados recorría el techo. Con poca luz, esta escenografía sería lo único visible. Un simulacro de un verdadero sótano antiguo. Las paredes estaban disfrazadas de la misma manera, aunque, por lo menos la pared de atrás de él, sí era bien sólida, piedra real o cuando menos cemento pintado. En varias de las paredes había puertas, lo cual quería decir que atrás de la zona visible habría algo más. A un par de metros de sus manos y la argolla que las mantenía bajo control, había una especie de resbaladilla de rodillos en una estructura metálica ligera, al pié de ésta, una como mesa en donde seguía la caja en la que había llegado. La altura era un solo piso, algo alto, pero solo uno. Increíble pensar en el pánico que le había causado esa pequeña bajada.

En el área central estaba lo que le inquietaba. Por más que quería encontrarle otra explicación, eso era un cepo de tipo medieval. De madera burda y muy reforzada, pero con herrajes de apariencia moderna. Un potro, también era inconfundible. Más allá la famosísima equis de madera, amenazante como pocas cosas. Había otras piezas que no reconocía o no quería reconocer. Por un lado le daba gusto ver todo este equipo: evidentemente no se iba a aburrir. Por otro lado el miedo no lo dejaba por completo. La imagen que lo había traído era más bien una cama, unas cuantas cuerdas y una ninfa juguetona haciéndole cosquillas o cuando mucho dándole unos pellizcos y unas nalgadas. La idea de las fortachonas y todos estos "muebles" era más bien aterradora, la que sí encajaba perfectamente en su fantasía era la de rojo. ¿Andaría todo el día en esa clase de indumentaria?

Antes de que pudiera seguir reflexionando (ya que otra cosa, realmente no podía hacer) regresaron las grandulonas. Pusieron varias cadenas y cuerdas en el piso cerca de él y acercaron un banco con escalones. Susana se le acercó con dos cadenas y una cuerda anudada al extremo de cada una. Hubiera querido hacerse para atrás, alejarse o cuando menos cubrirse la cara o el abdomen, pero era imposible los brazaletes de cuero, el candado y la argolla, no cederían ante tan poco. Pero no, Susana no se acercó a golpearlo ni nada parecido, a pesar de que antes él las hubiera pateado y manoteado desesperadamente. Simplemente unió una cadena con un pequeño candado, al ojillo de cierre de cada uno de los brazaletes. Así de cerca Alejandro pudo ver que Susana lucía un bigote, que hubiera dado envidia a más de un adolescente.

Susana entonces soltó el candado que unía las muñecas de Alejandro a la pared, pero pisó las cadenas que acababa de agregar muy cerca de los brazaletes. Alejandro podría haber intentado un jalón y desestabilizarla, pero ya había probado su capacidad, seguro lo volverían a dominar en un segundo. Además ya sentía a Paty haciendo algo en sus tobillos. Cuando Paty estuvo segura de que Susana tenía todo bajo control, quitó la correa de los tobillos y le puso un brazalete similar a los de las muñecas, pero del tamaño adecuado, a cada tobillo de Alejandro. También esta especie de grilletes de cuero tenían su respectiva cadena y cuerda en la punta de la cadena. Paty se levantó y tomó la punta de las cuerdas con una mano. Susana hizo lo mismo con las cuerdas provenientes de las muñecas de Alejandro.

Alejandro titubeó un poco, pero finalmente se paró, como le ordenó Paty. Susana le pasó a Paty la cuerda de la mano derecha de Alejandro. Él se sentía un poco extraño, en realidad estaba libre, pero estas dos mujeres, cualquiera de ellas más fuerte que él, lo tenían a su disposición, bastaba con que jalaran las cuerdas y sus manos y pies tendrían que seguir los caprichos de ellas aunque él no quisiera. Y así fue. Lo guiaron unos cuantos metros más a su derecha por el mismo muro, hasta donde Paty había previamente puesto el banco contra la pared. Ella se subió y pasó la cuerda de la mano derecha de Alejandro por una argolla fija a la pared unos dos metros y medio arriba del piso. Cuando ella empezó a jalar la cuerda, usando la argolla como polea, Alejandro entendió lo que pasaría con la libertad de su mano derecha y reaccionó. Pegó la mano al cuerpo con fuerza y se agachó un poco, para evitar que Paty pudiera seguir jalando. Susana le puso la mano en el cuello y con una violencia, que en ese cuerpo parecía cosa natural, pegó la cabeza de Alejandro a la pared. Lo sostuvo así sin decirle nada, no lo estrangulaba, pero poco faltaba. Lo veía a los ojos burlonamente mientras Paty jalaba la cuerda con fuerza y la mano derecha de Alejandro inevitablemente seguía el movimiento. Poco a poco pero implacablemente, a pesar de los esfuerzos de él por evitarlo. Finalmente fue la cadena que seguía después de la cuerda, la que pasó por la argolla y el brazo de Alejandro quedó alzado, apuntando directamente a la argolla. Como si quisiera pedirle permiso a la maestra para ir al baño. Paty fijó la cadena a la argolla con un candado y se bajó del banco. Susana le soltó el cuello y, cuando Paty hubo cambiado el banco al lado izquierdo de Alejandro, le pasó la cuerda de la muñeca izquierda.

No pudo evitar resistirse, lo hacía por orgullo, no porque creyera que serviría de nada. Por más fuerza que hizo no logró nada. Lo único que logró, fue descubrir que la expresión de Susana no era de burla, era de disfrute. Verdaderamente lo estaba gozando, Alejandro no supo si esto sería mejor o peor. Pero supuso y confirmó con una ojeada, que Paty también estaba extasiada. No muy lejos de su cara, mientras ella jalaba con fuerza la cuerda, pudo observar en la cúspide de los enormes senos que temblaban ligeramente, como dos grandes pezones intentaban traspasar la sudadera, ya de por sí tan tensa.

Quedó incómodo, con los dos brazos hacia arriba y hacia los lados. No colgaba de ellos, pero no sobraba cadena, un poco más y tendría que estar de puntas. Había olvidado, o más bien querido olvidar, los brazaletes que tenía en los tobillos. Cuando Paty bajó del banco, cada una de las captoras tomó una de las cuerdas y repitió el ya conocido proceso con las cuerdas de los tobillos. Usando argollas que estaban el la pared, pero prácticamente pegadas al piso, le separaron las piernas. Pese a sus esfuerzos y con una lentitud que hasta a él le pareció innecesaria, sus piernas se abrieron hasta que las cadenas alcanzaron las argollas correspondientes. Ahora sí estaba casi de puntas.

- ¿Ya hasta ahí o le abrimos más las patas?

Paty señaló las espinillas de Susana.

- Esas patadas que nos dio van a convertirse en moretones, o sea que tú dirás.

- De veras, vamos a darle otro buen jalón, que se acuerde de su chistecito el baboso.

Sí. De puntas quedó, ahora sí. Con los brazos y las piernas bien abiertos y de espalda a la pared. Si no fuera por que los brazaletes realmente estaban bien hechos le cortarían la circulación. En cambio, lo que sentía no era tanto físico como mental. Ahora sí estaba en manos de estas arpías y, para el caso, de quien fuera. Debía de haber luchado realmente cuando tuvo la oportunidad. ¿Hubiera servido de algo? Claro que no, pero se sentiría mejor.

Apenas pudo revisar un poco sus ataduras, confirmar que eran sólidas, inescapables; que no lo lastimaban, pero que, seguramente, no tardarían en cansarlo y desesperarlo, cuando apareció otra muñeca. Aunque el término fuera tan inadecuado para quien lo tenía en sus manos, quien evidentemente no estaba jugando y a quien seguramente no podría manejar a su antojo; no podía describirla de otra manera. Más que nada por que su aspecto era tan cuidado, tan artificial y tan frío. Al igual que la de rojo, esta no llevaba nada encima que no fuera negro. Un vestido brilloso, casi líquido. Unas botas altas de un material similar y guantes arriba del codo. Todo parecía de plástico y contrastaba nítidamente contra lo blanco de su piel. Se le acercó lentamente, como dándose su importancia. Cuando la tuvo a un paso, casi se sorprendió de que su pelo no fuera también de plástico. Muy lacio y muy negro, largo casi al codo y brillante como lo demás. Era, sin embargo, lo único que parecía natural. Tal vez por la comparación con una piel tan perfecta, pero también tan pintada. El vestido no podría ser más ceñido o la que lo usaba dejaría de respirar. Delineaba unas piernas y cadera más bien flaconas y una cinturita que seguramente dificultaría la chamba de un gastro enterólogo. El vestido también apachurraba, y casi expulsaba dos voluminosos senos aún más blancos, de ser posible, que lo demás.

Luego de verlo un momento, Verónica llamo a Susana.

- Dame una mordaza tipo D para este.

¿Pues cuántos tipos habría, que hasta por letras los tenían clasificados? No que realmente quisiera decir nada, pero a Alejandro no le gustó la idea de que lo amordazaran. Mucho menos le gustó cuando vio el artefacto. Un gran óvalo de cuero unido a múltiples correas. Cuando Susana se la acercó a la cara, Alejandro vio lo que le faltaba ver: una gran protuberancia negra de plástico salía del centro del óvalo. Susana le empujó la cabeza contra la pared con una mano y con la otra le acercó precisamente dicha protuberancia a la boca. Tuvo que apartar las labios para que la mordaza no se los pellizcara contra los dientes y luego tuvo que abrir los dientes para que no se los tirara todos. Tal era la fuerza que Susana había aplicado sobre la mordaza. Sin violencia (relativamente) y sin una sola palabra, Susana lo había convencido de aceptar la especie de pera de plástico negro, dentro de su boca. Todo por su bien, o algo muy parecido.

La pera era bastante grande. De no haber sido el brazo de locomotora de Susana el que la metió adentro, hubiera costado trabajo y tiempo que la parte más ancha pasara por sus dientes. No llegaba tan adentro en su boca, lo suficiente para que la lengua no pudiera moverse gran cosa. Más bien era a lo ancho que prácticamente sellaba el espacio disponible. La parte angosta de la "pera", lo era solo por comparación, ya que mantenía los dientes de Alejandro lo suficientemente separados como para incomodarlo.
Susana no tardó en tener todas las correas bien aseguradas en sus hebillas. Alejandro sintió como si su cabeza quedara envuelta en cintas de cuero en todas direcciones. ¿Para qué tanto? ¡Si ni siquiera podía acercarse las manos a la cara, y la especie de monstruo que tenía en la boca, tal vez ni siquiera saldría sin ayuda de una buena grúa, o por el estilo! Con las correas ya apretadas, el óvalo de cuero le quedaba como untado en la boca y sus alrededores, los labios aplanados contra los dientes. Así sí que no se podía cantar en la regadera. Un minuto antes, Alejandro todavía pensaba que una mordaza era una cinta adhesiva sobre la boca o a lo mucho un trapo entre los dientes y anudado en la nuca. Este aprendizaje estaba resultando demasiado intensivo.

Verónica estaba muy complacida, o por lo menos eso decía su expresión. Se le acercó con unas tijeras, que hicieron que Alejandro se olvidara incluso de la incómoda sensación de invasión que campeaba en su boca. Demasiado rápido para los nervios de Alejandro. las tijeras hicieron la labor de desvestirlo. Pocas veces había tenido él una sensación de inseguridad como la que lo invadió cuando las tijeras anduvieron mordisqueando alegremente sus calzones. Tuvo un escalofrío tras otro, o mejor dicho, encima del otro, que empezaban precisamente en los huevos y llegaban directo al centro de su orgullo. Casi esperó sentir en cualquier momento un piquete o una cortada, pero antes de tener tiempo de darse cuenta que esto no había ocurrido, ya estaba completamente desnudo. Hasta los zapatos estaban ya por su propio lado. Si tan solo pudiera bajar las manos y recoger sus pantalones, o aunque fuera cerrar las piernas. Pero nada, los brazaletes y las cadenas no cedían ni por clemencia.

- Expuesto. Esa es la palabra. No la busques más. Es precisamente lo que necesito, acceso hasta el último rincón de tu cuerpo. Y a través de él también a los recovecos de tu mente. Un juguete para mí y mis colegas, eso eres. Nos vamos a divertir. Pero tú también, a pesar de todo, también te vas a divertir... bueno, algo por el estilo.

Y hablando de exposición, éste (tomándolo bruscamente del pene) se puede exponer otro poco más.

Dicho esto, Verónica dio unas órdenes a Susana, que Alejandro no entendió. Susana abrió una puerta en la pared a la izquierda de Alejandro y entró parcialmente. Empezó a mover algo en la pared que según lo que se veía era como girar un pesado volante. Cuando hubo dado un par de vueltas, Alejandro empezó a sentir como si lo empujaran por detrás. Un segmento de la pared salía empujado por un tornillo a medida que Susana giraba el volante. A la altura de la cadera, apenas arriba de las nalgas, Alejandro iba despegándose de la pared. En efecto, sus genitales iban quedando más expuestos mientras que sus manos y pies se quedaban atrás. La tensión en sus extremidades aumentaba y su apoyo en los pies se iba perdiendo, de seguir así quedaría completamente colgado de las muñecas. Cuando el segmento de pared que lo empujaba hubo salido unos buenos treinta centímetros, Verónica dio la señal de parar.

Las correas de la mordaza le estorbaban algunas áreas del campo visual. Por lo cual, tenía que forzar un poco la cabeza hacia enfrente para observar lo obscena que se veía su verga así forzada hacia adelante. Y más aún, que una erección empezaba a aparecer. En efecto, se sorprendió al sentir que ya el susto había dado lugar al deseo. Se veía como si fuera otra persona, y pensaba "¡qué grueso lo que le están haciendo a ese güey!". Sin embargo, al mismo tiempo, no podía dejar de pensar lo horriblemente delicioso que sería estar en su lugar. Tenía ganas de escapar, de estar cómodamente en su casa, viendo la escena en una televisión, revista o página de internet. Y a la vez, daría lo que fuera por seguir aquí y ahora, sin saber qué y cuánto seguiría.

- Muy bien, chiquito, ya nos vamos entendiendo...

Verónica acarició un poco la erección de Alejandro, y él se dejó llevar por el placer. Un sueño íntimo y más, estaba convirtiéndose en realidad.

- ... pero vamos a empezar por mí diversión, si no te molesta.

Alejandro vio a Verónica salir de su campo visual, estaba tranquilo, al parecer los sustos habían sido por nada. Ella regresó y se acercó por un lado. La sintió hacer algo en la pared, detrás de su cabeza y luego sintió como el armazón de la mordaza le jalaba la cabeza hacia atrás. Quiso hacer fuerza, pero su cuello no era exactamente de luchador y en unos segundos quedó con la cabeza pegada a la pared, de manera muy incómoda, viendo casi al techo. Verónica caminó hacia enfrente, luciendo una gran sonrisa. Alejandro ya solo la veía hasta la cintura, y eso forzando los ojos y jalando lo más posible con el cuello. De su propio cuerpo ya no veía nada. En segundos se cansó y dejó la cabeza en reposo contra la pared viendo las estructuras del techo.

Oyó a Verónica dándole órdenes a la bigotuda Susana, preparando cosas aquí y allá, ocasionalmente veía sus cabezas pasar. Sentía que había pasado mucho tiempo, no en esta posición, sino desde el principio de todo. Desde que el vértigo de la caída dentro de la caja lo hiciera entrar en pánico. Lo más molesto era el hueco que quedaba en su memoria. Ese hueco que precedía al inicio de la bajada a toda velocidad. Como el hoyo cerebral después de una buena borrachera, como la pérdida de consciencia en un desmayo, como haber soñado y no saber qué, como el cajón del estacionamiento de donde desapareció el coche robado. Lo demás lo recordaba perfectamente, desde el día en que buscaba con ilusiones un sitio de BDSM en internet. Uno que le sirviera de algo, no uno del otro lado del mundo. Donde pudiera hacer contacto con personas afines. Con suerte hasta podría encontrarse con alguna de sus amigas. De aquellas a las que no buscaba en plan más íntimo, por miedo a que finalmente lo rechazaran por lo extravagante de sus gustos. Recordaba bien el momento en el que encontró ese grupo, apenas lo podía creer; y casi el infarto cuando la máquina le contestó que su solicitud había sido aprobada. Era ahora parte de una comunidad BDSM local con cientos de miembros.

El Ama Silvia no sabía hacer esto. Le chocaba que el Ama Verónica la pusiera a ella a dar mantenimiento y seguimiento a las listas de miembros y las solicitudes que llegaban al club electrónico. Con lo buena que era el Ama Lorena para eso. ¿Para qué hacerla chambear durante horas, si el Ama Lorena en cinco minutos siempre lo dejaba todo como nuevo? Aquí había una solicitud que sí se iba a aceptar. Me lleva. ¿Cómo se hacia eso? ¿Cual era la maldita clave de aprobación? Ni idea, pero tampoco era de plano tan bruta. Con apagar la restricción que impedía que las solicitudes fueran aprobadas automáticamente, bastaba. Apagada. Se aprueba la solicitud que el Ama Verónica había aceptado. Prendida nuevamente. Así de rápido. Muy bien muchachita ya estás aprendiendo, ya se te está quitando lo babosa, no más güereja pendeja. Ni modo que en esos segundos hubiera entrado alguien más. Qué casualidad ¿no? Apagar la restricción por un instante y entran todos los asesinos, los ultraderechistas mochos, los traficantes de esclavos y los periodistas más amarillistas del mundo. Ja ja ja ja ja ¡qué puntería! ¿no? El contador de miembros... correcto. ¿Segura? ¿No había brincado dos números en vez de uno? Debía de haber apuntado el tiznado número antes de hacer esta tarugada, para quitarse la maldita duda. Pero no. Eran sus nervios. Ni de chiste. Había sido muy poco tiempo.

Ahora sí llevaba ya un buen rato. Alejandro ya sentía medio dormidas las manos, acomodaba por enésima vez los pies y seguía sin lograr un apoyo bien firme. La mordaza se sentía como si hubiera crecido al doble, por la incansable insistencia de permanecer dentro de su boca. El cuello cansado de estar con la cabeza echada hacia atrás. Abrió los ojos como con resorte. Alguien manipulaba su pene. Verónica lo veía complacida, pero alguien más estaba allí abajo. Lorena amarró un cordón alrededor de su glande con mucha destreza, bien apretado pero sin pellizcar. Alejandro sintió el apriete y el miedo regresó. Jamás había hecho algo así, ni en sus noches de mayor lujuria imaginaria. Pronto comenzó a llegar la sangre y hacer más incómoda la restricción conforme el traidor pene de Alejandro crecía lo que podía. Lorena se paró y Alejandro hasta se distrajo del punzante dolor que quería ahuyentar con urgencia. Esta otra mujer estaba radiante. No podía verle más que la cara y los hombros, pero con eso bastaba. Pelo castaño lacio y pesado bastante corto, a la nuca. Piel tostadona pero muy pecosa y los hombros, por el estilo, prometían unos pechos sublimes con pecas hasta en las pecas. En cuanto a ropa, no le veía más que los tirantes, blanco marfil, muy elegantes. Lo que hipnotizaba era la mirada, mientras le sonrieran esos ojos no sentiría incomodidades físicas, la espuma de bienestar que le invadía el cerebro, las borraba todas.

No pudo ver más de Lorena, ella volvió a agacharse y anudó una pequeña cubetita, del tamaño de un vaso, al extremo del incómodo cordón. No era mucho, pero el peso apuntaba el pene hacia abajo y le aumentaba otro grado de molestia al intento de erección. Fácil, pensó Alejandro. Con evitar la erección se resuelve. Distraerse un poco, pensar en un embotellamiento, en el pago de los impuestos, cantar mentalmente unos villancicos, no sería tan difícil. Las punzadas de presión alrededor de su glande, sincronizadas al pulso, no muy lento por cierto, lo regresaron a la realidad. La erección seguía intentando crecer. Claro, en el embotellamiento imaginaba a la muñeca Verónica sentada a su lado, apretándole cruelmente el cinturón de seguridad sobre una erección frustrada dentro de los pantalones; en la oficina sentía los brazaletes de las manos, guiados por Silvia con su liguero, obligándolo a firmar el cheque de los impuestos; y no podía evitar imaginar la penetrante mirada de Lorena derritiéndole la mandíbula, más que forzándosela, a aceptar una enorme mordaza, anuladora del concepto mismo de los villancicos.

Cuando Lorena se cansó de disfrutar los pequeños espasmos que hacían oscilar la cubetita, junto con la expresión afligida de Alejandro, buscó más cordón. Con la soltura que solo da la experiencia, amarró el cordón alrededor de un huevo de Alejandro, muchas vueltas, las suficientes para separarlo un poco del bajo vientre. Lo mismo del otro lado y una cubetita colgante para cada uno. Alejandro empezaba a desesperarse. No era dolor propiamente, era la sensación de riesgo. Ahora sí quería gritar, pero sus intentos sonaban como tenues gruñidos. Hasta a él le sonaban ridículos. Quería decir que ya era demasiado, que no se podía jugar así con partes tan delicadas. Llevaba años cuidándose los huevos, como para que ésta, en un instante, los hiciera rodar por el piso. Ahora que si se los pidiera a cambio de una mirada... Pero no, lo desesperante era que cada vez que movía la mano para tocar en qué estado tenía todo por allá abajo, la mano no se movía. Seguía firme en su brazalete, saludando al infinito, igual que la otra ¡inútiles!

Lorena se alejó un poco y Alejandro pudo verla en todo su esplendor. Quizá un poco flaca pero muy bien proporcionada, con un conjunto de ropa interior bastante normal, comparado a la vestimenta de las otras dos, pero no menos atractivo, suficientemente revelador y muy fino. Nada de medias, solo una piel que otra vez le recordó lo restringidas que tenía las manos. ¿Por qué andarían todas vestidas de esa manera? Alejandro no pudo dejar de pensar que así debería de ser el paraíso, muy diferente a lo prometido en las clases del catecismo. Lorena volvió con una gran bolsa de canicas. A Alejandro casi le hizo gracia, pero en vista de los acontecimientos recientes, también lo llenó de desconfianza. No era para menos, Lorena echo unas cuantas canicas en cada una de las pequeñas cubetas colgantes que no deberían de estar allí, que no deberían habérselas vendido a este trío de arpías. A las cuales, sin embargo, Alejandro comenzaba a estimar.

El aumento del peso se dejó notar, y el impacto de cada canica al llegar al fondo del recipiente le recordó a Alejandro las clases de biología de la primaria: "Los nervios transmiten los impulsos al cerebro con velocidad casi instantánea y el cerebro responde con una interpretación de la señal recibida, que puede ser de dolor, temperatura, textura, etc." Bueno, cuando menos no le habían mentido sus maestros de primaria. Lorena ahora jugaba con el vello de su pecho. El cuerpo de Alejandro ciertamente no rivalizaba con algunas de sus anteriores víctimas (ya había tenido en sus manos verdaderos monumentos de músculos) , pero no era eso lo importante, sino lo expresivo de sus ojos y sus gestos. De eso, a este le sobraba, era como ver una película con subtítulos, no había duda. El dolor, el miedo, la sorpresa, nítidamente descritos en los ojos bien abiertos, incómodos por la posición pero descriptivos como pocos. En este momento, parecía un niño de primaria, oyendo la lección con atención, esperando ansiosamente ver qué seguía. Un puño más de canicas para cada cubeta, eso seguía. La expresión ya era un claro dolor, la incomodidad se transformaba y recompensaba a Lorena con ese cambio. Qué fácil, unas cuantas canicas más y hasta la respiración de Alejandro cambiaba, ahora lenta, pero forzada, apenas disfrazando unos gemidos allí atrás. Otros cuantas y los ojos cerrados, eso es, a concentrarse en el dolor a ver con la imaginación lo estirados que tenía los huevos, lo tirante que iba colgando el pene, olvidada ya la erección. Era notable lo poco que necesitaba Lorena para modelar la expresión a su gusto. Si tantos escultores antiguos hubieran conocido esta técnica, se habrían ahorrado unas enormes cantidades de esfuerzo. Alejandro lo sabía bien, era como en el foro del grupo, bastaba muy poco para que las Amas controlaran las reacciones de los participantes.

Empezó a publicar mensajes con timidez. Elogiando algún comentario de las Amas un día, haciendo alguna pregunta otro día. Con años de experiencia en el mundo de la adulación corporativa, no le costó mucho trabajo hacerse el agradable e ir quedando como incondicional de las Amas, a cada una en su estilo. Eran tres las Amas y muchos los y las aspirantes a víctimas. Lo más interesante parecían ser los fines de semana infernales, en los que las Amas invitaban a 10 de los miembros del club y los usaban para su sádico placer. Por los comentarios, los asistentes quedaban muy satisfechos, adoloridos y cansados. Al parecer, las Amas quedaban más satisfechas todavía y empleaban la invitación a uno de estos fines de semana como herramienta de poder. Manipulaban a placer a los miembros con la promesa de invitarlos o con la amenaza de no invitarlos. Nunca se daban detalles de qué pasaba en los fines de semana, ni en dónde se hacían. Solo los que ya habían asistido podrían contestar y se cuidaban de no hacerlo, seguramente tenían muy temibles razones para callar. A pesar del misterio, en el foro del club, se daba una velada pero feroz competencia por ser invitado eventualmente, y más aún por ser invitado más de una vez. Alejandro hacía hasta lo imposible por recibir una invitación.

Ahora quisiera poder hacer hasta lo imposible por evitar el siguiente choque del fuete contra su piel. Era Verónica la que se divertía ahora con los quejidos de Alejandro. Él mismo lo consideró increíble, pero por el momento se había olvidado del insistente dolor de huevos y pene que Lorena le había dejado. Ella se fue como llegó, sin decir ni agua va. Simplemente le dejó colgadas las cubetitas repletas de canicas, hasta la gravedad terrestre obedecía a Lorena en perjuicio de Alejandro. Cada vez que Verónica estrellaba esa punta de cuero contra su pecho, comprobaba como estos nuevos relámpagos de dolor lo distraían por completo de las canicas. Cuando el cuero estallaba en ardor contra el interior de uno de sus muslos, agradecía que no hubiera chocado contra alguna cubeta, el cordón o el torturado órgano que la sostenía. El ritmo de los fuetazos contra la parte expuesta de sus nalgas, casi se sincronizaba con las punzadas, que su latido cardiaco provocaba, donde los cordones le estrangulaban sus partes más sensibles. Pero lo bueno es que de eso ya no se acordaba.

Podría haber organizado una concurso interno: ¿Qué dolía más, fuete contra pezón; huevo estirado; fuete contra muslo, abdomen, corva, brazo; pene ahorcado; muñecas agotadas; pies acalambrados; mandíbula invadida; cuello estirado? Bueno, en algo había que entretenerse, ya que escapar no podía. Con algo había que comprobar que el cerebro todavía funcionaba, que no se había quemado con las intensas descargas de dolor que le llegaban a través de los nervios, cada que a Verónica se le ocurría descargar otro fuetazo en alguna parte de su piel.

¿No se cansaba nunca este robot, por fuera de negro y por dentro de crueldad? Pegaba sin pausa, no se olvidaba de ningún área del cuerpo, de las que valieran la pena, de las sensibles. Sobre todo, no se olvidaba de volver a las zonas que ya no podían más, que ya estaban rojas y ardorosas. En su cara no se leía el disfrute, como en los vastísimos ojos de Lorena, más bien se escondía. Allí estaba, pero disfrazado de severidad y frialdad, como si exponer lo mucho que se deleitaba al inflingir dolor en Alejandro, de alguna manera le transfiriera algo de ese deleite a la víctima. Al parecer funcionaba, lo único que ese tieso rostro le provocaba, era angustia. La profunda angustia de la espera ¿cuándo decidiría Verónica parar los azotes? Lo único que podía hacer era esperar. Pero no una espera aburrida y tediosa, sino una espera impaciente y desesperada. Comprobando con demasiada frecuencia que las ataduras no habían decidido ceder milagrosamente, y recordando, cada muy poco, que de las canicas ya no se acordaba.

Así había sido la espera por la invitación. Inquieto y dudoso, había seguido dándole por su lado a todo lo que las Amas dijeran en el foro. Condenando todo lo que alguien más dijera en su contra. Haciendo méritos poco a poco. Trabajando duro en cualquier cosa que las Amas le encargaran. Ganándose la confianza y esperando y esperando. Cada vez que abría su correo y veía que no había tal invitación, era como recibir una bofetada. Cada semana leía como unos y otras ya las habían recibido, ya habían asistido, ya habían disfrutado de un terrible fin de semana.

Como Ama y administradora, el Ama Verónica se sentía incómoda cuando dejaba pasar las cosas. En este caso, sin embargo no parecía cosa importante. Habían descubierto el error hacía más de un mes y no parecía haber mayor problema, pero al Ama Verónica no se le quitaba de la cabeza, era como tener una pinza en un pezón. Nada grave, pero molesto, insistente, una lata. Todavía se acordaba de esas sensaciones, en sus primeros juegos de SM, cuando creía que ser la sumisa era lo más divertido. Cuando no se había dado cuenta de que el intercambio de poder podía servir también para abusar. Para sacarle información valiosa o privilegiada a los sumisos y obtener ventajas, poder y dinero. Lo importante era seleccionarlos bien, solo gente que tuviera mucho que perder, que temiera realmente una exposición ante la familia o la sociedad, que soltara datos de veras jugosos a cambio de mantener el secreto. O también a cambio de parar el dolor. Esa era la verdadera satisfacción profesional del Ama Verónica, la tortura real para sacar información, el chantaje era solo negocio, era un mal necesario. En cambio, los que sucumbían a la tortura y soltaban lo valioso allí en el terreno del dolor, realmente la excitaban. Con los años que llevaba abusando de esta manera, ya no podía jugar a la sumisa, temía caer en su propio juego, sin embargo a veces lo extrañaba.

El error estaba en las estadísticas del club por internet. Había un miembro más que la cantidad de aprobaciones que se habían hecho. Desafortunadamente el programa no ofrecía la opción de relacionar una a una las membresías con las aprobaciones. Solo daba números totales. La única forma sería hacerlo a mano y eso sí que era demasiado laborioso, había centenares de miembros. Un orgullo de Ama mal entendido le impedía hacerlo ella misma. Ordenar al Ama Lorena que lo hiciera ella le parecía injusto, el Ama Lorena entendía mucho mejor cómo funcionaba la computadora; si alguien se había equivocado, la más probable era el Ama Silvia. De manera que pedirle que buscara el error era perder el tiempo, ni siquiera sabría por dónde empezar y seguramente el Ama Lorena acabaría por hacerlo todo. A ninguna de las tres le había parecido que la cosa fuera grave, por eso ya habían dejado pasar meses. Pero el Ama Lorena insistía en que no era un error de computadora y eso era lo que la preocupaba. En el mejor de los casos encontrarían datos duplicados de un miembro o algo por el estilo. Pero en el peor de los casos, alguien había entrado sin ser aprobado. También eso podía ser muy simple o muy grave. Pero en caso de ser grave, todo podía venirse abajo. Quién sabe cuánto podría haber hablado con los demás, ese hipotético intruso. Hasta dónde podría haberse enterado, qué pruebas podría tener.

Estas reflexiones la decidieron ¿qué caso tenía arriesgarse? Aunque les tomara días, había que hacer la comprobación a mano. Las consecuencias de seguir dejándolo para después podrían ser fatales. Lo mejor sería hacerlo las tres juntas. Sería divertido, trabajar como cuando empezaban, todas juntas y solas. De esa forma, también podría evitar que le escondieran cualquier cosa, en caso de que el Ama Silvia o el Ama Lorena estuvieran involucradas. Lo más pronto posible, antes del siguiente fin de semana infernal.

Nunca supo en que momento, pero los azotes perdieron eficacia. No porque Verónica dejara de darlos con fuerza y puntería. Sino porque su piel se sentía como dormida. Sentía calor y ardor en todas las partes que habían recibido las docenas de fuetazos, además de sentir los que seguían cayendo, pero ya no era lo mismo. Habían pasado a segundo plano, el calor y el ardor ahora lo abrazaban y acurrucaban como si fueran cobijas, su mente quedaba como protegida detrás. Verónica ya se había detenido. Su experiencia le había indicado el cambio en las reacciones de Alejandro y por lo tanto ya no tenía caso seguir. La desventaja fue que con esto, la excitación volvió a tomar vuelo y la erección quiso hacer otro intento por aparecer. Como si no supiera que un número desconocido de canicas, muy mal aconsejadas por las leyes de Newton, estaban decididas a impedirlo. Las resultantes punzadas en la base del moradísimo glande lo sacaron del sopor. El ardor volvió con una picazón de aullido, pero la gran mordaza frustró todas las aspiraciones lupinas de Alejandro.

Un rato después, Alejandro seguía peleando contra la erección y los dos iban perdiendo, solo el cordón y las canicas tenían cómo ganar. El ardor de los azotes, ya disminuía a una molestia constante pero no tan intensa. Una mano en su pecho lo hizo abrir los ojos. Era Silvia con sus guantes rojos y una pinza que se aseguró de mostrar bien clara a Alejandro. Era de las peores con un tornillo para regular el apriete, no con resorte. Los resortes tienen un límite, pero los tornillos se pueden apretar demasiado. Estuvo un rato jugando con su pezón derecho y mientras tanto se le recargaba en todo el tórax, se le embarraba, para mayor precisión. La sensación del corsé satinado en su abdomen y los antebrazos enguantados acariciando su pecho y costados, no podía más que empeorar los intentos de la erección por resucitar. Finalmente le puso la pinza en el pezón, no la apretó más que lo necesario para que se quedara en su lugar. Ella sacó otra pinza, quién sabe de dónde, y con mucho jugueteo y apapacho previo, la puso de igual manera en el otro pezón de Alejandro. Tantas caricias hubieran sido muy bienvenidas por Alejandro, pero en otras circunstancias, en este momento había un centinela muy atento a evitar que disfrutara cualquier excitación. Silvia parecía tener una especial predilección para reptar por el cuerpo de Alejandro y de esa manera fue llevando las manos hasta la entrepierna. Alejandro sintió cómo los dedos enguantados le recorrían toda la zona. También sintió cómo tres pinzas tomaban su lugar entre su ano y los huevos. Por supuesto que Silvia no hizo ningún esfuerzo por evitar balancear las cubetas con canicas en repetidas ocasiones. Alejandro se sentía más o menos tranquilo hasta que sintió el apriete de estas tres pinzas. El agudo pellizco aumentaba y aumentaba, cada vez que Alejandro juraba que estaba en el límite, el dolor aumentaba un poco más.

Cuando las tres pinzas estuvieron tan apretadas como Silvia quiso, Alejandro volvió a perder la lógica. Sus manos volvieron a dirigirse a su entrepierna para quitar la fuente del dolor y sus piernas volvieron a cerrarse. Pero solo en su imaginación, porque en la realidad los movimientos no pasaron de un par de centímetros. Otras pinzas siguieron en la parte más alta del interior de los muslos, dos en cada pierna y una vez más fueron apretadas como si de eso dependiera que Alejandro escapara o no. Con risas coquetas, que a Alejandro no le hicieron ninguna gracia, Silvia volvió a ponerse en pie. Nuevamente recargada sobre de él y muy poco a poco apretó alternativamente las pinzas de los pezones. Observando con calma exasperante la reacción y el sonido provenientes de la cara de Alejandro después de cada movimiento. Alejandro hubiera querido controlar su respiración y esconder su dolor, pero no era posible, cuando menos no con ese grado de apriete.

Pasados algunos minutos ya tenía pinzas en los brazos, cerca de las axilas, en otros lugares del pecho y en los lóbulos de las orejas. Silvia soltó el amarre que sostenía la cabeza de Alejandro hacia atrás. Con gran alivio, a pesar del dolor provocado por lo entumecido de los músculos, él la enderezó y volvió a ver el recinto desde un ángulo normal. Ahora sí tenía coraje, las caricias de Silvia ya eran una ofensa, una burla al venir mezcladas con tan concentrado dolor. Ella se separó algunos metros para admirar su obra y luego hizo lo más cruel. Se volteó para que él pudiera ver sus magníficas nalgas, se metió los calzoncitos entre las nalgas y lentamente caminó hacia atrás hasta apoyarlas contra él. Durante largo rato estuvo restregándoselas en el atormentado pubis, acariciándolo, apenas rozándolo o presionándolo con ellas. Toda recargada sobre él, permitiéndole que metiera la nariz entre su pelo y acariciándole las nalgas por los costados con las manos, no tuvo compasión. Le permitió sentir la impotencia y la tragedia de la restricción física en su máximo esplendor. Con esas nalgas que lo hacían babear, ofrecidas pero igualmente inalcanzables, con una promesa y la simultánea prueba de que no sería cumplida.

Alejandro se sintió traidor a sí mismo, pero el contacto directo de esa masa cuasi perfecta en su piel y la debilidad de su voluntad provocada por el agudo dolor en tantos puntos, lo acabaron. Así, con el peso de Silvia recargada contra él la aceptó y le agradeció lo de las pinzas y lo que viniera, sin palabras pero con toda su elocuencia, sintió como que se lo decía en larga conferencia. Igualmente largo fue el rato que Silvia descansó sobre de él, como si pudiera darse cuenta de lo que él le quería decir y evitara interrumpirlo.

Finalmente se le separó y se acomodó los calzones. Unos instantes más tarde entraron Verónica y Lorena seguidas de Paty y Susana. Siguiendo las instrucciones dictadas por Lorena, Paty y Susana fueron quitándole las pinzas de una en una. Dando tiempo para que Alejandro experimentara sin distracciones el dolor provocado por la sangre, al regresar al área comprimida. Alejandro vio que Silvia se reía entre dientes, conocedora de que al quitar las pinzas no todo es alivio. Toda intimidad, aunque reciente, Silvia ya la había hecha a un lado. Todas las pinzas fueron retiradas, con su respectiva oleada de dolor cada una, que Alejandro tuvo que sufrir viendo como ellas lo disfrutaban. Siguieron las cubetitas de las canicas y luego los cordones. Igualmente la sangre regresó como los niños a la playa, atropelladamente y pasando por encima de lo que fuera, con griterío y manoteo. Varios minutos le duró el hormigueo y las extrañas sensaciones, al recuperar la sensibilidad y al recuperar todos los componentes su tamaño.

Susana manipuló el mecanismo que empujaba la cadera de Alejandro hacia adelante, hasta que estuvo nuevamente al ras de la pared. Alejandro estaba ya muy cansado como para decir que sintió alivio, pero lo que sí es seguro es que algo sintió. Finalmente Paty volvió a subirse a su banquito y abrió los candados que lo fijaban a las argollas. Alejandro se acostó en el piso y hasta eso le costo trabajo. Sus músculos y tendones estaban demasiado entumidos como para moverse con soltura. Le dejaron puestos los brazaletes en muñecas y tobillos y también la mordaza. Descansó un rato mientras sus captoras platicaban y organizaban cosas por ahí. Eventualmente, Paty le dijo que se parara, pero él no había entendido bien todavía que no debía de considerar su opinión, solo obedecer y solamente volteó a verla como con duda, seguía muy cansado y necesitaba seguir tranquilo un rato. Que no molestaran, ya bastante había tenido, era el momento de relajarse, un cafecito no estaría mal, pero principalmente, prioritariamente, urgentemente era la hora de rascarse los huevos y por muy buenas razones.

Un grito lo sacó de sus ilusas intenciones de tomárselo con calma y un jalón a sus brazos lo sacó de su cómoda posición horizontal boca abajo. Paty tenía las cadenas de los brazaletes de sus muñecas en las manos y le jalaba los brazos hacia arriba sin miramientos. Como pudo, trastabillando y sin poder usar las manos, se paró. Con incredulidad sintió cómo Paty le juntaba las manos atrás y vio acercarse a Susana con una cuerda. Quiso voltearse, zafar las manos, reclamar. Ya había tenido suficiente, necesitaría varios días de reposo para volver a tener siquiera un pensamiento relacionado al SM. Pero Paty lo tenía demasiado bien sujeto y la mordaza, ni se diga. Una vez que Susana ya había puesto un par de vueltas de cuerda alrededor de sus antebrazos, Paty le quitó los brazaletes. Alejandro sintió la oportunidad de librarse, pero era demasiado tarde, ya la cuerda de Susana lo limitaba y pronto sintió crecer el número de vueltas que le circundaban las muñecas y hasta medio antebrazo. Aunque las vueltas no eran muy apretadas, cada una reforzaba a las demás y sus brazos se juntaban firmemente detrás de su espalda. Cuando Susana empezó a pasar también varias vueltas perpendiculares, ya sus codos casi se tocaban. Alejandro estaba alarmado, no solo le habían hecho todo lo que le habían hecho, y por puro gusto, pues de nada más había servido; sino que además todavía le seguían. ¡Y su rascada de huevos qué!

Cuando Susana acabó con sus nudos (bien lejos de los dedos de Alejandro), Paty lo llevó ante una especie de cama como de consultorio médico, alta angosta y segmentada, con un colchón más bien duro y muy delgado.

- Abre las piernas, maestro.

Alejandro era muy iluso o de plano lento para aprender. Con apretar las piernas creyó que lograría algo. Susana le puso inmediatamente las manos en el cuello y apretó. Una cosa era lo excitante de sentirse indefenso, de sentir que estaba en manos de unas torturadoras inclementes, que le pudieran infligir dolor sin que él pudiera evitarlo; y otra cosa, muy diferente, era no poder defender su vida ante un ataque relativamente simple. Como de rayo abrió las piernas y se quedó muy quieto.

Paty le puso una cadena alrededor de la cintura y la cerró con un candado en su espalda. Estaba lo suficientemente apretada como para no salir ni hacia arriba ni hacia abajo, pero no más. Después Paty le puso otra especie de brazalete de cuero en la base del pene incluyendo los testículos. Era muy ancho de manera que le separaba notoriamente del vientre, todas sus ya maltratadas partes. Lo apretó mucho con las dos correas y hebillas que cabían a lo ancho del cuero. De haber podido hablar, Alejandro hubiera preguntado acerca de la posibilidad, ya que Paty andaba por allá abajo, de que finalmente le rascara los huevos. Una mordaza, a veces también puede ser benéfica para el que la lleva puesta.

Del tubo de cuero, alrededor de sus genitales, salían dos cadenas, una de arriba y otra de abajo. Paty jaló la de arriba y la unió con otro candado al cinturón de cadena. La tensó mucho, demasiado, de manera que otra vez los genitales de Alejandro resultaban fuertemente estirados, pero esta vez hacia arriba. Luego jaló la que salía hacia abajo, por entre las piernas y las nalgas de Alejandro y nuevamente la tensó como si tuviera un malacate instalado en el brazo. Intencionalmente la tensó hasta que centró nuevamente los huevos y pene de Alejandro en su lugar. Ya no quedaban estirados para arriba ni para abajo, solamente bastante ahorcados y separados del cuerpo por el ancho tubo de cuero. La cadena, en cambio quedaba muy tensa y oprimía toda la zona de la entrepierna, incluido el ano. Con el mismo candado que cerraba el cinturón en la espalda, Paty la fijó. Ahora, debido a la tensión, los eslabones del cinturón de cadena se le encajaban muy molestos en las puntas laterales de la cadera. Cuando Paty terminó, él buscó la cadena con las manos y trató de jalar el segmento que pasaba entre sus nalgas para sacarlo y quitarse la molesta sensación. Por supuesto que no logró más que comprobar, que no podía moverla casi nada.

Entre Paty y Susana entonces lo subieron a la cama boca abajo, dejando que su peso aplastara los genitales que tan forzosamente estaban exprimidos hacia adelante. Le quitaron los brazaletes de cuero de los tobillos y se los amarraron como las manos, con montones de vueltas de cuerda y otras vueltas perpendiculares encima para acabar de asegurar. Con tanta cuerda sus rodillas quedaban bien juntas y no podía abrir las piernas para dejar un poco de espacio para sus apachurrados huevos. Olvídense de la rascada, el tubo de cuero era lo suficientemente rígido y largo que casi los cortaba como saca galletas. Tuvo que empujar hacia abajo con las rodillas y el pecho para levantar la cadera y liberar un poco la presión. Paty le dobló las pantorrillas hacia arriba, las acercó a sus manos y pasó unas cuantas vueltas de cuerda entre el amarre de sus tobillos y el de sus muñecas, pero no lo apretó.

Lorena tomo esta última cuerda y enganchó una sola espira a un malacate eléctrico que colgaba del techo. Alejandro vio que todas lo miraban con curiosidad y presintió que algo estaba por ocurrirle, seguramente algo nefasto. Como perrito de Pavlov ya respondía a las miradas de estas mujeres, y podía prever cuándo venían las chingaderas. Oyó un motor eléctrico pero no supo qué pasaba, ya que él no había visto el malacate. Durante unos segundos, todo siguió tranquilo, mientras el malacate recuperaba la cuerda floja. Finalmente empezó a tensar y Alejandro sintió correr la última cuerda puesta por Paty. Como el gancho jalaba únicamente una espira, las demás corrían y se apretaban entre los amarres de sus tobillos y muñecas, juntándolos lenta pero inexorablemente. No tardó mucho en empezar a sentir como se acercaban y por curiosidad tocó las cuerdas que se movían en su proceso de apriete.

- Si no quieres un dedo roto sácalos de ahí.

Claro, la advertencia de Lorena hasta sobraba. Con mucha prisa Alejandro se aseguró de separar los puños bien cerrados y hasta hizo lo posible por separar los pies, por si acaso. A medida que sus pies se juntaban a sus manos, su cuerpo volvía a aplanarse contra la cama y aplastarle los huevos, pero nada podía hacer. Eventualmente, el malacate lo empezó a alzar de la cama, le alzó las rodillas, los muslos y empezaba a alzarle la cintura cuando Lorena lo detuvo. Alejandro ya sentía una gran tensión en sus hombros, puesto que tenía estirados los brazos hacia atrás y empezaban a soportar algo de su peso. Lorena se acercó para ver mejor y subió más el malacate, lo ajustó un par de veces hasta que estuvo satisfecha. Mientras más lo levantara, Alejandro sentía menor presión en los huevos, pero mayor en los hombros, muñecas y tobillos. La altura por la que se decidió Lorena, le dejaba una combinación funesta de incomodidad y dolor en ambas partes. Como ya había visto, la gravedad no era imparcial, siempre estaba del lado de ellas.

Cuando todas hubieron revisado, aprobado y felicitado a Lorena por el predicamento en el que lo dejaba, todavía se le ocurrió algo más. Susana lo levantó un poco por los hombros y Lorena puso debajo de su pecho un cuadro de hule con picos hacia arriba, algo similar al tapete de un coche volteado al revés. Susana lo dejó nuevamente que se apoyara en el pecho, sobre los cientos de picos de hule. No perforaban, a fin de cuentas eran de hule, pero qué molestos resultaban, justamente en la parte de su cuerpo en la que todavía se apoyaba una parte significativa de su peso. Por no quedarse atrás, Silvia decidió ponerle una venda en los ojos. Hecha ex profeso, para eso, era de cuero suave y tenía pegadas dos esponjas negras en la posición de los ojos, no dejaba ni una pequeña rendija. Para evitar que intentara quitársela contra la superficie de la cama, también le amarró un cordón a la parte trasera del arnés de la mordaza y lo jaló, la otra punta la fijó al gancho del malacate. Con esto la cara de Alejandro quedaba despegada de la cama y su cuello, una vez más, forzado hacia atrás.

- Te vamos a dejar descansar un rato. Como vemos que nuestras atenciones te molestan, te vamos a dejar unas horas tranquilo para que al rato estés relajado y fresco para disfrutar lo que te tenemos planeado.

Alejandro no supo cómo tomar el comentario burlón de Lorena. Si de veras lo dejaban tranquilo a lo mejor sí estaría a salvo de más sorpresas desagradables, pero si en realidad lo dejaban así durante horas, puede que prefiriera las sorpresas. De la rascada de huevos, ya ni hablar ¿verdad?

Todas acabaron con el cuello adolorido, los ojos de tecolote y las nalgas aplanadas. Estar encimadas en el monitor de una misma computadora, revisando aprobaciones contra la lista impresa de miembros del club, durante tantas horas, había resultado peor de lo imaginado. Pero la búsqueda dio frutos. En efecto, había un tal Alejandro que no había sido aprobado. El Ama Lorena iba a rastrear lo mejor posible cómo había podido ocurrir esto, pero eso sería otro día, tampoco sería fácil en encontrar la causa. Por lo pronto había que decidir qué hacer. El Ama Verónica no pudo dejarlo para después. Estuvo leyendo hasta altas horas de la noche todos los mensajes de Alejandro en el foro y las respuestas que otros hubieran dado a éstos. No encontró nada sospechoso ni revelador, pero no podía confiarse. Si había entrado al sistema con alguna maña, tenía que ser porque supiera algo, el Ama Verónica creía en las casualidades, pero no de este tamaño.

Podían estar en un gran problema y había que quitárselo de encima. Desde aquel momento, hacía años, en el que el Ama Verónica había decidido usar sus juegos eróticos para sacar provecho, lo pensó. ¿Qué haría en caso de ver amenazado su modo de vida, sus comodidades y hasta su libertad? ¿Hasta dónde llegaría? En aquella época la respuesta siempre fue: hasta donde sea necesario. Pero estar en esa situación era diferente, no resultaba tan fácil decidir sobre lo real como sobre lo hipotético. Sería necesario pensarlo más y con frialdad.

Pasados algunos minutos Alejandro todavía se sentía relativamente aliviado. Cierto que estaba muy incómodo, cierto que le dolía todo y más. Cierto que la posición en la que estaba amplificaba la sensación de estar amarrado, de no poder usar las manos, ni acomodarse, ni levantarse de los odiados picos, ni recargar la cabeza, ni escupir la mordaza, ni sacarse la cadena de entre las nalgas, ni liberarse los huevos, ni dejar de aplastárselos, ni evitar las frecuentes, dolorosas e infructuosas erecciones. Pero que nadie se le acercara, tenía sus encantos, no temer qué le harían ni hasta dónde llegarían. Que las cosas no empeoraran también tenía su valor ¿o no?

Pasados ya más minutos, no parecía que las cosas fueran tan bien. Todo empezaba a ser demasiado, además el aburrimiento. No tenía nada en qué pensar más que en las múltiples quejas que haría si pudiera hablar. Con los ojos bloqueados tenía una distracción menos, solo el oído le servía para desviar un poco la atención. La idea de librarse, de poder ponerse cómodo, de poder hacer lo más simple de todo, de recuperar sus libertades más esenciales, iba poco a poco invadiendo su mente. Ya no era tanto un dolor en específico, sino el cúmulo de incomodidad y hartazgo, que iban haciendo cada vez más urgente el escape. Y sin embargo, por otro lado, deseaba que tardara mucho en llegar.

Después de mucho pensarlo, de darle vueltas y vueltas, de masticarlo hasta el cansancio, el Ama Verónica se dio cuenta de que la decisión realmente ya no quedaba en sus manos. No si quería conservar su modo de vida, no si quería retener el control, no si quería seguir durmiendo tranquila. Era un trago amargo, pero había que tomarlo. Como correr a un empleado o entrar a una cirugía o acabar una relación amorosa. Había que acabar con el problema y, hasta donde ella sabía, el problema se llamaba Alejandro.

Ya no podía más. Por la enésima vez intentó sacar las manos de las cuerdas. Otra vez trató de encontrar el nudo, que ya sabía que no estaba allí. Nuevamente pujó con todo el esfuerzo de que fue capaz por romper esa cuerda, aunque entendía que no podría. Como ya tantas veces, trató de estirar las piernas hasta que le dolió la cintura y lo hizo claudicar. Siguió gruñendo con furia, las venas del cuello se le volvieron a saltar como si fueran a reventar, los ojos rojos aunque nadie los viera, los dientes apretados, pero no unos contra otros. Una vez más apretó las nalgas y comprobó que la cadena seguía de impertinente, presionando contra su ano, sin darse cuenta de que no era bienvenida. Otro intento de acomodarse y nada, pura frustración, pura rabia. Ganas de ahorcarlas, de patearlas, de cortarlas en cuadritos y echarlos uno a uno en una pecera llena de pirañas. Ganas de rogarles, de prometer hasta lo último, de aceptar que habían ganado. Nadie para oírlo. Solo el tiempo, al que ya se lo había explicado hasta el cansancio. Y el cansancio, para recordarle que ahí seguía y que no sabía cuánto más.

El Ama Verónica emitió una invitación más. Normalmente se invitaba con quince días de anticipación, a Alejandro con tres. No podría aguantar un solo día mas de lo necesario para acabar con ese miedo que la destrozaba. Había decidido no decírselo ni al Ama Silvia ni al Ama Lorena. No sabía si lo entenderían, pero prefería no tener que averiguarlo. Este tipo de decisión no podía ponerse a discusión y tampoco podía aplazarse. Eran once los invitados para el fin de semana, en lugar de los habituales diez. Pero no importaba, de uno no sería necesario ocuparse.

Pensó en satisfacer sus ímpetus sádicos, hacer sufrir a Alejandro como las dudas la hacían sufrir a ella. Inmovilizarlo como a cualquiera de los otros, ponerlo indefenso y entonces mandarlo de vacaciones permanentes. Podría poner en práctica mil y un ideas que nunca había usado por peligrosas o extremas. Podría dejar de jugar y entrar al terreno de lo definitivo, permanente, irreparable. Pero había mucho riesgo. Y el riesgo estaba dentro de ella misma. Si conocía o trataba a Alejandro, podría perder el temple, podría verlo como a un ser humano y no como al problema que era. También correría el riesgo de encariñarse. Sí, siempre la unía una parte sentimental a todas las "víctimas". Para eso los traía, a fin de cuentas ¿no? para amarlos un poco (además de despelucarlos un poco también, claro está). Definitivamente sería mejor que lo hiciera uno de sus hombres de confianza. Le costaría dinero, pero esa era la mejor solución. Afortunadamente, siempre supo que no podía rodearse de Madres Teresas y tenía gente con suficiente experiencia. La naturaleza del negocio lo exigía, aunque nunca antes hubiera sido necesario echar mano de ese lado de sus habilidades.

Casi dos horas. Ni siquiera dos horas. Ese era el tiempo que había hecho tantos estragos en la mente de Alejandro. Si le hubieran preguntado, hubiera jurado que había pasado toda la noche o un día completo, o dos días. Así de mal estaba funcionando su cerebro en esas circunstancias. Así se comprueba que el tiempo es relativo, cuando no se saben las suficientes matemáticas. Lorena lo sabía, y por eso se tomó su tiempo deshaciendo el nudo. Solamente el que juntaba los tobillos de Alejandro. Varios minutos le tomó el puro nudo. Mientras tanto observaba atentamente la desesperación creciente. Saboreaba cada muestra de la incomodidad de Alejandro. Él se había quedado muy quieto al sentirla. Tanto para oírla mejor, como porque era la primera novedad que ocurría durante esa eternidad. Pero ante la calma de Lorena con el nudo, regresaba el apremio físico, de salir de allí, de moverse de rascarse, de relajarse, de sobarse, de masturbarse; y hasta el menor quejido era suficientemente explícito para el avezado ojo de Lorena. Pero un nudo, por apretado que estuviera, no valía una uña y Lorena lo tomó con calma. Después de mucho jalar la cuerda, de acomodarla y revisarla, incluso innecesariamente, finalmente lo deshizo.

Paty y Susana habían exagerado con las vueltas de cuerda, tal como a Lorena le gustaba. Había muchas atravesadas y muchas más rodeando los tobillos de Alejandro. Además las vueltas se habían apretado, con parte del peso colgando y la cuerda hacia el gancho ciñéndolas, costaba mucho trabajo sacar cada una. Pero más que nada costaba mucho tiempo. Sobre todo con la distracción que estaba causando Alejandro. Ya estaba frenético, era de lo más divertido, verlo luchar tanto y lograr tan poco. Al darse cuenta de que le desataban los pies, se había impacientado, ahora no entendía qué cuernos podía tardar tanto. Vuelta por vuelta, Lorena sacó trabajosamente la cuerda, mientras Silvia y Verónica observaban y ni por error se ofrecían a ayudar.

Otra eternidad más tarde, Los pies de Alejandro quedaron libres. Pero no por mucho tiempo. Entre Silvia y Verónica doblaron la parte de la mesa segmentada que quedaba por debajo de la cintura de Alejandro. La pusieron en posición vertical, de manera que ahora las piernas de Alejandro podían desdoblarse hasta llegar al piso. Lorena no tardó en amarrarlas firmemente a las esquinas inferiores del mueble. También le cruzó dos anchas bandas de cuero sobre la espalda, en diagonal y las fijó firmemente a los costados de la cama. Con esto ya no podría levantar el tórax. Cuando Alejandro se dio cuenta de lo que pasaba, ya tenía nuevamente inmovilizadas las piernas. Entre la euforia de sentir cambiar su posición y el deleite de ya no tener medio aplastados los genitales, se había olvidado de luchar por mantener libres los pies o por levantarse. Pero eso no importaba, ahora estaba libre, era feliz, todo el panorama era positivo y color de rosa.

Eso fue lo que lo regresó a la realidad, el color. Con el cuero y las esponjas sobre los ojos, no había nada de rosa, seguía viendo todo negro. Sus brazos seguían muy juntos detrás de su espalda y desagradablemente estirados hacia arriba. El cuello igual de doblado hacia atrás. La boca eternamente empaquetada. La cadena entre las nalgas, inamovible. El pecho picoteado. Las piernas fijas y los huevos y el pene estrangulados y alejados de su lugar habitual. De momento estaba más cómodo y eso contaba, pero la duda de lo que seguiría bastaba para eclipsar cualquier felicidad.

Otra vez esperaba y ya empezaba a desesperarse nuevamente cuando sintió el primer golpe. Una cinta ancha de cuero acababa de chocar con bastante fuerza contra sus nalgas. Tuvo tiempo de recuperase y sentir claramente el ardor remanente antes de que sintiera el segundo. Cuando se acumularon cuatro y el ardor escaló a un nivel difícil de soportar, se movió. Logró que el siguiente azote fuera ineficiente, mal dado. Entonces oyó la voz de Verónica, molesta pero serena.

- Ni se te ocurra moverte otra vez, lo digo por tu bien, créeme que prefieres quedarte quieto.

Verónica se tomó su tiempo y volvió a golpear. Alejandro recibió dos pero al tercero sus reflejos ganaron y se volvió a mover.

- Una oportunidad más ¿está claro? Una sola.

Alejandro hizo su mejor esfuerzo, aguantó cinco, pero el escozor fue más fuerte que su voluntad y volvió a sabotear el siguiente. Lorena ni siquiera esperó la señal de Verónica. Sin una sola palabra, puso una pesada tira de hule sobre la cintura de Alejandro, ancha como dos palmas. El mismo tipo de hule que había bajo su pecho, lleno de piquitos. Luego pasó una cuerda por las argollas que la cama tenía en las esquinas superiores y por encima de la franja de hule. Varias veces pasó la cuerda, de un lado al otro, fijando al hule en su lugar y presionándolo contra la piel de Alejandro. Aunque el hule y la cuerda no lo limitaban completamente, el movimiento de Alejandro sí se veía definitivamente restringido, además todo lo que lograra moverse sería a costa de severas raspadas en la cintura. De manera que ya no se movió, simplemente tuvo que soportar esa otra incomodidad más.

Los azotes con la cinta de cuero reiniciaron y ahora con más frecuencia. Ya no le daba tiempo de recuperarse entre uno y otro. El ardor se mantenía en un nivel insoportable. La verdad es que no se movía porque ya no podía, pero hacía todos los intentos posibles. Trataba de mover brazos y piernas igualmente, de zafarse, de hablar o gritar. Todos estos intentos hacían patente su desesperación. Abría y cerraba las manos, movía los pies y las rodillas, respiraba agitadamente y gruñía lo más fuerte que podía, también agitaba la cabeza todo lo posible.

A Silvia se le ocurrió una gran idea al ver el movimiento de cabeza de Alejandro. Se subió en la cama de cara a él y con una pierna a cada lado de la cara de Alejandro. Con algo de dificultad, debido a tanta agitación, le quitó la venda de los ojos. Alejandro, al ver tan de cerca a Silvia y en especial la entrepierna de ella a centímetros de su cara, se distrajo un poco de los azotes que le llovían en las nalgas y la parte posterior de los muslos. Sin embargo su expresión era bien clara, la cinta de cuero le estaba incinerando las nalgas. Ahora si podría decir que las cosas eran color de rosa, sus nalgas. Pero no por mucho tiempo, iban que volaban para el rojo y, a juzgar por la saña con la que Verónica estaba aplicando la cinta, seguramente llegarían también a morado.

De manera que el panorama de Alejandro estaba dominado por el rojo. Por detrás, el escozor continuamente renovado por los sonoros golpes del cuero, a los lados las medias de Silvia y en frente los calzones y el corsé. La imposibilidad de detener el desquiciante ardor hizo que Alejandro volviera a agitar la cabeza. Silvia inmediatamente aprovechó este movimiento. Jaló sus calzones para el centro de la vulva, de manera que los labios sobresalieran a cada lado y presionó con decisión contra la cara de Alejandro. La nariz de éste resultó un excelente instrumento para rozar aquí y allá y divertir en grande a Silvia. No eran tanto los des coordinados movimientos de la nariz, que realmente no eran tan efectivos, como la idea de estar obteniendo placer, como resultado del dolor de él. Era esa relación causa efecto la que alimentaba, casi siempre, sus mejores orgasmos.

Por su lado, Alejandro hubiera querido poder aprovechar mejor la situación. Poder observar con tranquilidad el paisaje único que tenía a disposición, poder explorar a detalle lo que se le ofrecía y con todo gusto dar el placer que Silvia se merecía, solo por pedírselo. Pero no tenía ni una neurona libre para lograrlo, apenas se daba cuenta de lo suave de los labios de Silvia, de lo húmeda que le estaba quedando ya la nariz, del cambio de tono del rojo de los calzones con toda esa humedad. Quería gritarle a Verónica que lo dejara en paz ¿qué no veía que tenía otras cosas que hacer? La mordaza que le impedía el grito, también le impedía usar la lengua para lo que la situación exigía. Otra vez le ofrecían la nada, le regalaban un cero, lo obsequiaban únicamente con su propio deseo. Y así, con toda la frustración y la rabia que le cabían, añoró las dos horas que se había quedado solo. Cambiaría diez horas o veinte de aquella exasperante posición, por que sus piernas y nalgas dejaran de ensordecerle el entendimiento con ese rugido de ardor. No le importaba lo mucho que le arderían después, todo el tiempo que le durara el dolor, si podría sentarse o no; lo que importaba era lo inmediato, parar ya, que no llegara ya el siguiente relámpago de ardor. Por otro lado el contacto con la vulva de Silvia era el paraíso, y si por tenerlo, tenía que seguir sintiendo explotar sus nalgas, adelante, lo aceptaba. Aunque dolorosa, así lo mostraba su plena erección.

La excitación pasó por encima de toda la aprensión, la desconfianza y hasta el miedo que sintió al recibir la invitación. Un sueño se haría realidad. Años de solo imaginar, de envidiar a las modelos de las fotos, de anhelar ser el protagonista de los relatos. Era también como un anticlímax. Qué tal que no resultara como lo esperaba, que tal que fuera un engaño, una burla, un truco. Pero aunque dudara, era mayor el deseo. No había nada concreto por lo que desconfiar, de manera que iría. Seguiría al pie de la letra las indicaciones de la invitación. Presentarse a una oficina de mensajería y paquetería y decir que quería hacer un envío al otro mundo. Esa era la frase clave, a partir de ahí los empleados se encargarían de darle las indicaciones necesarias. Él no tendría que hacer nada más que seguirlas. La hora de la cita era un poco rara, más temprano de lo que había oído comentar en el foro, pero en fin, sus razones tendrían las Amas en esta ocasión para hacerlo más temprano.

Llegó puntual, nervioso pero animado. Ya un día antes había pasado por enfrente del local, para asegurarse de la dirección y evitar cualquier contratiempo. Entró casi temblando con la anticipación. Las tres noches pasadas casi no había dormido, cientos de fantasías de todo tipo habían pasado por su mente y por su cuerpo. No había podido concentrarse en el trabajo. Pero ya era viernes por la tarde, ya estaba aquí y ya tendría tiempo para recuperarse de lo que fuera. A fin de cuentas nada es permanente, ya podría descansar después. Se dirigió al único empleado presente: "quiero hacer un envío al otro mundo" dijo textualmente. ¿Notaba algo como reconocimiento en la expresión del empleado? ¿O sería como envidia, o como burla? Como fuera, eso a Alejandro no le importaba, mientras le entendiera y no hubiera que explicar más. En efecto, el empleado lo hizo pasar amablemente para atrás del mostrador y de ahí por una puerta, hacia atrás del local.

Había cajas, sobres y papeles en diversos grupos alrededor de ese cuarto. En efecto, parecía un lugar de trabajo de un negocio de paquetería. En el centro había una especie de rampa de rodillos que entraba a la pared posterior del recinto. Por la apertura se podía ver que la rampa bajaba como hacia un sótano, pero no podía verse más. En el principio de la rampa, en la parte horizontal que quedaba dentro de esta pieza, había una gran caja rectangular de madera. Estaba abierta. En el interior se podía ver solamente que el fondo estaba todo cubierto por una tela obscura y gruesa. El empleado le pidió amablemente que se acostara en el interior de la caja y le tendió la mano, para ayudarlo a pasar por encima del costado. Alejandro se sintió incómodo y extrañado, pero una vez más su excitación lo empujó. Subió con cuidado al interior de la caja y se acomodó boca arriba, mientras el empleado detenía la caja para evitar que se moviera. Cuando estuvo en el interior, el empleado asintió con aprobación y le aseguró que solo sería un momento. Luego Alejandro lo vio agacharse por algo, resultó ser una almohada que le puso en el pecho, mientras le pedía esperar un momento. En seguida, ante la incredulidad de Alejandro, el empleado sacó de la parte trasera del cinturón una pistola y apoyó el cañón sobre la almohada, apuntándole directamente al corazón.

Lo siguiente que Alejandro vio fue luz blanca, por todas partes. Estaba acostado boca arriba y se sentía tranquilo. No recordaba bien dónde estaba, pero sentía que en un momento lo haría. Poco a poco la luz desapareció y se transformó en una obscuridad absoluta. Entonces empezó a sentir que caía, a oír el ruido y el traqueteo.

FIN
Por Infraxión

 
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