18 oct. 2011

Relato "Papel estelar"

- Quiero el reporte del mes pasado para mañana. A primera hora en mi escritorio. ¿Está claro?

Sí, de claro estaba clarísimo. Siempre con la obsesión de la claridad. Fernando no era tonto, aunque pareciera. Incluso cuando las órdenes de Ricarda no eran muy claras. Bien que las entendía, a pesar de que hiciera como que no cuando le convenía o creía que le convenía. A fin de cuentas, lo que le convenía era obedecer, eso sí que ya había quedado clarísimo. Duros castigos le había costado, pero eran las recompensas las que en verdad lo empujaban a obedecer. Apenas el último fin de semana había estado casi tres horas en éxtasis.

Todavía le dolía y ya estaba pensando, anhelando, sufriendo por la siguiente invención de su Ama. Esa última había sido de una crueldad atroz. Montado en una cuerda doble, con las piernas bien abiertas por la barra y esperando a que a ella se le diera la gana bajarlo. Desde que Ricarda mencionó la palabra "caballo" la erección fue potente. Desde que tenía las manos amarradas atrás, las piernas abiertas y fijas a la barra, la mordaza bien encajada en la boca; ya sentía la cara caliente por la excitación. En el momento en el que Ricarda accionó la grúa y empezó a levantar la cuerda doble que pasaba entre sus piernas, el entendió lo que le iba a pasar y estuvo a punto de venirse con la pura anticipación. Ella se tomó su tiempo, cuando la cuerda ya le rozaba la entrepierna y él hubiera dado lo que fuera por sentirla presionar contra su cuerpo, ella se puso a amarrar otras cuerdas a los extremos de la barra. Y de ahí a las patas de un pesado sofá que quedaba justamente atrás de Fernando. Y él que creía que estaba en la orilla del sofá para luego estar cómodamente sentado. Una buena chupada por parte de Ricarda, por ejemplo, mientras él disfrutaba del sencillo amarre. ¿Por qué no? Hacía algo de tiempo que ella no se la chupaba. Ya le tocaba.

Nada más lejano a la realidad. No se trataba de su placer sexual, sino del placer sádico de su Ama. Ella accionó nuevamente la grúa y la cuerda empezó a apoyar firmemente entre sus piernas. Cuando empezaba a sentir algo de tensión, ella paró nuevamente para acomodar algunas cosas. Primero separó las dos partes de la cuerda que salía hacia adelante, según su sarcástica explicación: "para que no se te estrangulen los huevos, por que si no qué te torturo para la próxima". Como si no hubiera encontrado ya decenas de diferentes formas de torturarlo en los dos años y pico que llevaban de relación. Luego le separó las nalgas para que la cuerda entrara bien a presionar sobre el culo y "evitar que se te pellizquen las nalgas con el peso de tu cuerpo". Esa revelación fue la que verdaderamente lo alarmó. De manera que pensaba alzarlo para que todo su peso quedara apoyado en esa cuerda ¡qué horror y qué maravilla! Su cadera hizo movimientos involuntarios, como perro que monta a una perra y de la pura excitación balancea la cadera aun antes de poder penetrar. Ricarda se daba perfecta cuenta de esto y confirmaba que iba por buen camino hacia la desesperación absoluta de Fernando por la excitación frustrada. Él temía lo que venía, pero más temía que no se realizara. Cómo le hubiera gustado poder usar las manos para tocarse y culminar con una buena venida esta calentada superlativa que lo hacía respirar exageradamente.

Con las manos amarradas atrás no podía, en cambio hizo lo único para lo que tenía alcance, empezar a sacarse la molesta cuerda de entre las nalgas. Ricarda lo vio de inmediato y con una sonora carcajada lo desanimó por completo. No tardó en poner otra cuerda entre sus muñecas y tensarla hacia atrás hasta un poste atrás del sofá. Sus manos quedaban suficientemente lejos de la cuerda que salía entre sus nalgas y sus brazos incómodamente estirados hacia atrás. Ricarda volvió a separarle las nalgas para que la cuerda entrara hasta el tope y fue nuevamente a accionar la grúa. La tensión de la cuerda empezó a aumentar seriamente. Y siguió y siguió hasta que Fernando empezó a sentir su peso aligerarse de sus pies. No era broma, en verdad lo estaba levantando. Gimió fuerte y nunca supo si fue de dolor, de placer o por la anticipación de separarse completamente del piso. Sus manos ya tocaban nuevamente la cuerda que le serviría de asiento mientras su Ama así lo determinara, pero ella lo solucionó rápidamente, solamente recortó la cuerda correspondiente y las alzó tanto que él tuvo que agacharse un poco hacia adelante para evitar daños en los hombros.

El sonido metálico del mecanismo de la grúa anunció otra vez que las cosas podían empeorar. Aunque ya las pantorrillas empezaban a cansársele al tratar de hacer puntas con los pies, para aliviar un poco la presión entre las piernas; pararse de puntas no fue para nada una solución. Toda su atención se enfocó cruelmente en el momento en el que el dedo gordo del pie finalmente perdió contacto con el piso, por más que lo estiró. Empezó a perder el balance hacia los lados, por un momento creyó que caería de cabeza al girar sin poder detenerse. Pero Ricarda no solía fallar en detalles técnicos. La grúa lo siguió subiendo hasta que las cuerdas en los extremos de la barra que le abría las piernas se tensaron contra las patas del pesado sofá. Con eso se centró nuevamente en dirección lateral y se dio cuenta de lo imposible que era escapar. Tampoco podría desmontarse de la cuerda, es más, si jalaba con las piernas solo aumentaría la tensión de la cuerda y la presión contra sus ingles y ano. Ella lo subió solo un poco más y le dejó ver que su peso no era el límite, si lo seguía subiendo, podría poner toda la tensión que quisiera por medio de la grúa.

Ricarda ajustó nuevamente las muñecas de Fernando, las jaló lo suficiente hacia atrás para mantener su cuerpo perfectamente vertical. Con una última cuerda unió su cuello al gancho de la grúa. De esta manera no podía recostarse ni hacia atrás ni hacia adelante, no podía liberar la presión ni en el ano ni en las ingles. Estaba condenado a sufrir la fuerte presión en esa pequeña área por todo el tiempo que su Ama quisiera. Ya para ese momento sentía la cuerda encajársele intensamente y una desesperación indescriptible por apoyar los pies en algún lado, por hablar, por bajar las manos y por supuesto por aliviar la insistente erección.

- Sentado en el culo, quién lo hubiera dicho. Eres un vicioso de lo peor, mira la clase de erección que eso te causa. ¿Cuánto tiempo crees aguantar así? Bueno, no importa, yo decidiré sobre el tiempo, seguramente será bastante más de lo que aguantarías por gusto.

La posición no fue lo peor ¿o sí? Además, ella se puso a torturarlo de diversas maneras, pinzas en los pezones y otros lugares, incontables nalgadas con instrumentos diversos. Tortura con cuerdas y pesas en el pene y los huevos. Ocasionalmente, subía apenas un poco más la grúa para empeorar la tensión. Eventualmente, el cúmulo de la crueldad: icy hot en los huevos. Fernando se retorcía, aunque eso es un decir, porque la verdad es que podía moverse muy poco. Gemía, eso sí, fuerte y repetidamente. Como reflejo, encogía las piernas y lo único que lograba era que la cuerda se le encajara otro poquito en el culo.

Decenas de veces pensó que ahora sí ya no podía más y las misma decenas de veces tuvo que poder más, porque ¿qué más podía hacer? No podía soltarse, no podía defenderse, no podía quitarse el icy hot, ni las pinzas, ni sacarse la mentada cuerda de entre las nalgas. Lo único que podía hacer era aguantar, y no era que realmente aguantara, pues en verdad, ya no aguantaba más.

Este paradójico estado era el que, en el fondo, controlaba su obediencia. La promesa de estar así, queriendo no estar y sin embargo, anhelando no poder salir, era la zanahoria que lo llevaba por su sumisión. Para ventaja del banco en el que ambos trabajaban, Fernando confundía la obediencia a Ricarda en la cama, con la obediencia en el trabajo. Se mantenía en un estado de excitación constante cuando su jefa le pedía los reportes, los pronósticos, que repartiera labores a otros empleados, etc. El vínculo entre obedecer a esa mujer y su satisfacción sexual, ya estaba bien establecido.

Lila aceptó el trabajo por múltiples razones. Aunque posiblemente nunca lo aceptaría, la persona que sería su supervisor, fue una de esas razones. En otras entrevistas de empleo, había hablado con diversos tipos de personas. Fernando era el único con el que sentía que trabajar a su lado sería agradable. No le despertaba mayor interés, pero estaba segura de que el trato diario sería amistoso y no solamente lo necesario. Tanto la edad de Fernando como su aspecto físico, eran comparativamente mucho más adecuados que los de sus demás prospectos de jefes.

Sin que Lila pudiera poner el dedo en el renglón, tenía un problema con la autoridad. Cuando una figura de autoridad no la seducía, tenía la tendencia a rebelarse. Poco importaba que el jefe tuviera la razón, si ella no se sentía atraída por la orden que recibiera y el contexto en el que la recibiera, lo primero que llegaba a su mente eran pretextos. En cambio, una instrucción o petición bien dada la hacían sentirse fluida, como sumada al caudal del esfuerzo conjunto que ella y su superior realizarían. Una afluente de la acción que se le encomendaba. Todo era parte de su necesidad de pertenecer. De tener un guía, un dueño, un ser que la englobara y la sumara a su existencia, para juntos llegar más lejos y más arriba. Prefería no sentirse obediente sino convencida. Obligada desde adentro y no desde afuera. Incapaz de evitar su propio impulso, más que empujada. Que su Amo simplemente disparara la cadena de sucesos que la arrastraría a cualquier cosa. Eso era en el fondo lo que necesitaba, un Amo que le mostrara que llevaba dentro todo ese ímpetu, pero que no la forzara, que simplemente le hiciera ver que todo lo hacía por su propio deseo. Que su perversión no le era postiza, que en verdad era su esencia y que no podía echarle la culpa a nadie de querer todo lo más bajo, lo más sucio; y sin embargo no sentirse responsable, ya que sería siempre él y solo él quien controlara el chispazo inicial.

Así no era su relación laboral, así no debía serlo. Sin embargo, cada día que pasaba, cada vez que Fernando le daba instrucciones o le encargaba alguna tarea, empezaba a verlo más como ese Amo de sus sueños. Si en lugar de pedirle un listado de esto o aquello, un reporte de lo uno o lo otro; le pidiera algo más íntimo, algo que la escandalizara un poco, algo que le pusiera los pelos de punta incluso a la más experimentada vendedora de sueños bizarros. Anhelaba sentir la cara caliente de vergüenza ante una propuesta degradante de Fernando, dicha así como lo decía todo. Con su voz pausada, serena, sin brusquedades, como si fuera cualquier asunto de diario. Sin darse cuenta, en los meses que llevaba ya en el banco, había ido poniéndole una cara, una voz, una figura a ese Amo de sus ardientes fantasías. Apenas estaba dándose cuenta, de que esa cara era la de Fernando.

- Lila, por favor ¿me traerías el dildo rojo y unas pinzas para tus pezones?

- Sí mi Amo ¿algo más?

- Sí, el dildo no lo quiero seco, por favor que esté bien cubierto de tus jugos y no se te olvide hablar con Pedro el de Reparto.

- ¿Reparto?

- Lila ¿en dónde andas? El de reparto, sí para que te dé su reporte de entregas de estados de cuenta y lo podamos cruzar con el que tú me vas a hacer de clientes activos. No me digas que tengo que explicarte todo nuevamente.

- No, sí ya entiendo. Es que estaba un poco distraída.

- Vamos Lila, ponte en orden, tu trabajo es muy bueno, pero siempre estas distracciones ponen la manchita. Ricarda se fija mucho en esos detalles, por favor asegúrate de que tu reporte sea impecable, siempre parece que andas en otro planeta.

Fernando estaba incómodo, todavía le ardían las nalgas. No era frecuente que su Ama Ricarda lo dejara quedarse a dormir en su casa, menos en días de trabajo. Pero lo que era todavía menos frecuente, era que le diera nalgadas en la mañana. Lo había hecho contar por docenas. Cuatro docenas para permitirle que se bañara. Dos docenas para dejarlo secarse con una toalla. Otras dos para que pudiera rasurarse. A fin de cuentas Fernando había recibido más de un centenar de nalgadas con el odioso cepillo, sólo para que Ricarda le permitiera arreglarse como cualquier día. Cuando menos no había perdido el tiempo en rebeldías, ya sabía que no tenía caso. Esta Ama jamás dejaba una amenaza sin cumplir. Cuando tuvo que rogar por más nalgadas lo hizo, cuando la manera de rogar era hincado, no titubeó. Con todo y eso, llegó tarde al banco. Sabía que Ricarda estaría riéndose, ella no tenía que cumplir con horarios, como subdirectora de división estaba libre de esas incomodidades.

Ahora, ahí sentado, el ardor de nalgas era tenue pero molesto y Ricarda se tomaba su tiempo en pasarle instrucciones. Jamás hablaba de sus juegos en el banco, pero Fernando estaba seguro de que ella hacía estas cosas a propósito. ¿Qué caso tenía que ella leyera el expediente de Lila, así nada más, un lunes por la mañana; si no era para mantenerlo sentado sobre sus nalgas ardorosas?

- Es lo que te decía de Lila, Fernando. No es nada tonta, apenas lleva unos cuantos meses y muchas cosas las hace mejor que varios de los más experimentados. Pero no parece que le importe gran cosa el banco. Todo lo que hace está subordinado a sus actividades personales. Necesitamos que los empleados sientan al banco como la actividad más importante en sus vidas. Que dediquen sus mejores esfuerzos por el avance de nuestra empresa frente a la competencia. No que solo hagan excelentes labores cuando se les da la gana. En especial en épocas difíciles como esta. Quiero que logres una Lila comprometida con los objetivos del banco, entusiasmada por el ambiente financiero, entregada a los objetivos de nuestro departamento. No basta con que sea responsable y bien hecha, se necesita que demuestre entrega.

Fernando entendía bien a Lila. El trabajo sirve para vivir, no la vida para trabajar. Sin embargo sí había notado que Lila podía dar más. Él mismo había hecho ver a Lila sus distracciones frecuentes. Era obvio que por la mente de ella circulaban muchas otras cosas que opacaban sus pensamientos relativos al banco. Podía ser una magnífica empleada y era solo buena. Fernando decidió dirigirse a ella por escrito. De esta manera le daría un enfoque más serio a la llamada de atención. Podría sacar el papelito y mostrárselo cada vez que sintiera que hacía falta recordarle el asunto. Sí, un memo, era la manera formal de hacerlo.

Fernando se iba dando cuenta de que la mente de Lila era juguetona, habría que centrarla en lo serio. El memo debería ser muy formal. Nada de brusquedades tampoco, a fin de cuentas quería pedirle más, no quería reclamarle que las cosas fueran mal. Además, Lila no era cualquier empleada, a ella la apreciaba, podría ser incluso una buena amiga. Luego de varios intentos, el memo escrito por Fernando salió de sus manos así:

"Estimada Lila:

Te escribo estas líneas porque te aprecio. No es que esté por reclamarte tu manera de proceder, todo lo contrario. Apruebo el rumbo que llevas, sin embargo, quiero decirte que necesito más de ti. La situación en la que nos encontramos no permite medias tintas, me gustaría conocer a una Lila entregada. Que todo lo que te pido se convierta en un objetivo de importancia para ti. Que mis palabras no sean simples comunicaciones, que entiendas el peso que tienen y actúes con el compromiso que merecen. Recuerda que las recompensas de lo bien hecho vienen después. En la medida en la que compartas mis intenciones y te adhieras voluntariamente a ellas, iras viendo que el panorama para ambos irá amoldándose a nuestros sueños.

Un afectuoso saludo.

Fernando."

Me aprecia sí ¡qué bien! Mejor sería que me dominara, que me usara, que me acorralara. ¡Qué tipo tan formal! Parece que está dando clases de catecismo, en lugar de arrear empleadas. O ¿será que quiere decir algo más? no menciona por ningún lado al banco, no aclara bien a qué se refiere. ¿Me estará hablando de la relación personal en lugar de la laboral? Está hecho en papel del banco, pero todos tenemos estos papelitos tan a la mano, es natural. Además firma nada más Fernando, no Fernando - Supervisor de área.

Que llevo buen rumbo. Pues por mi trabajo no ha de ser. Apenas hago lo que me pide y el resto del día a soñar con el Amo Fernando. No me reclama, pues bien entonces, cuando tenga algo que reclamar, que lo diga. Que entienda el peso de sus palabras ¡ajá! O sea que hay que fijarse en las palabras. Chico listo, así no lo descubren en caso de que esto cayera en las manos equivocadas.

A ver: Necesita más de mí, guau, empezamos intensos. ¿Nos encontramos en alguna situación? Eso es, me está invitando a una "situación" con él, y no quiere medias tintas, mejor. Me quiere conocer entregada, pues pa' luego es tarde, que le ponga fecha y lugar. Que lo que me pide sean objetivos de importancia; la manera discreta de decir que sus deseos sean mis órdenes, bien, le gustan los eufemismos. Las palabras... ya, en eso estamos. Compromiso que merecen; sí mi Amo te mereces todo mi compromiso y he de aceptar que palabras como estas, provocan un compromiso mas allá de lo convencional. Las recompensas vienen después. Ah caramba, me va a poner a esperar, el muy cabrón. Bueno, paciencia, yo soy la esclava, tendré mis premios siempre y cuando me los gane, así debe ser. Sus intenciones, eso ya es más claro, por supuesto que hablamos de sus cochambrosas intenciones ¿qué más podría ser? Adherencia voluntaria, es decir que quiere obediencia. Ambos, eso ya es prácticamente una declaración. Y sueños, la palabra más obvia, con esta casi se descubre.

Osado el tal Fernando, mira que escribir un memo que parece inofensivo y en el fondo hacer semejantes declaraciones y exigencias... Al pie de la letra lo seguiré. Quiero mis recompensas y mis sueños. A obedecerlo se ha dicho. Discreta, eso sí, si él quisiera hablarlo abiertamente, lo hubiera hecho. Habrá que seguirle el juego de los eufemismos.

Fernando estaba un poco distraído. La verdad es que pensaba cómo lograr que su Ama Ricarda le permitiera ponerle la lengua en los genitales. Sabía que ambos lo disfrutarían mucho y lo intrigaban los motivos de que Ricarda todavía se negara. Siempre le decía que sí le daría permiso, pero después. Primero debía ganárselo. Más de una vez ella le había apoyado el pubis en la cara, en la boca y la nariz, pero siempre con ropa, al menos calzones. Fernando soñaba con eliminar esa última capa de tela y hacer contacto directo. Se sentía como un niño comiendo un helado a través de la envoltura. Quizá era esa misma carencia, esa negativa de parte de Ricarda, la que lo hacía soñar aún más. Ricarda entendía perfectamente y usaba la idea para hacerlo rabiar.

La última vez, con las manos atadas detrás de la espalda y levantadas hacia el techo. Hincado en el piso y con el glande atado a la pata de la cama detrás de él, Fernando había llorado de coraje. Durante un largo rato Ricarda lo había tentado. Sentada en la orilla de una silla con rueditas y con las piernas bien abiertas lo había hecho comportarse como un verdadero perro. Le acercaba la entrepierna a la cara hasta que él hacía por acercársele y luego ella se retiraba un poco. Solo lo suficiente para evitar el contacto, pero se quedaba a pocos centímetros. Fernando entonces avanzaba lentamente en contra del dolor que le causaba estirarse la verga contra la atadura y voltearse la erección al revés. Hasta que no podía más y dejaba de avanzar, apenas lograba rozar a su Ama. Ricarda empezó bien vestida y se fue quitando ropa. Conforme ella se excitaba también y empezaba a secretar, el olor ponía a Fernando fuera de sí y lo movía a aguantar más dolor, pero a la vez su erección se endurecía y la cuerda que pasaba hacia atrás entre sus piernas, le hacía más crueles los intentos. Ya sin ropa, Ricarda había permitido a Fernando llegar a milímetros. Con el cerebro corto circuitado por el instinto que le despertaba el olor, y el pene torturado por sus propios avances, había estado un buen rato creyendo que ahora sí lo lograría. Finalmente la frustración de no llegar le había arrancado sollozos de desesperación.

Sin embargo las promesas de Ricarda siempre se cumplían y Fernando confiaba en que algún día ella le permitiría recibir ese premio. Sabía que ella usaba esta promesa para lograr tantas cosas de él y en cierta forma se lo agradecía. Los logros que cuestan trabajo se aprecian más y sus sueños acerca de ese cunilingüe tan anhelado, cada vez eran más descabellados. Por eso se fijaba en los detalles de lo que Ricarda le pedía para el banco, aunque ella nunca mezclara las dos cosas. Por eso seguía sus instrucciones al pie de la letra. Por eso se esforzaba como pocos empleados. No era el aumento de sueldo o los resultados de la evaluación anual, Fernando era un empleado excepcional gracias a la vulva de su subdirectora de división.

Fernando se recriminó su falta de atención y siguió anotando. Lila era capaz, Ricarda no quería deshacerse de ella ni amenazarla con eso. Pero definitivamente le faltaba compromiso con su trabajo. Lila no le daba importancia a lo que pasara con el banco, desperdiciaba su gran competencia en errores simples, pura falta de concentración. Si Lila no hubiera sido tan capaz, hubiera sido más fácil aceptar sus resultados mediocres. Era esa sensación de desperdicio, la que exasperaba a Ricarda y la hacía darle tanta importancia a lo que Fernando lograra obtener de ella. De manera que Fernando debería obtener de Lila: entrega, dedicación, compromiso, seriedad. Vamos, casi casi pasión por su trabajo y sus logros en el banco.

No sé porqué Fernando se empeña en hablar de esto aquí en la oficina. Tan a gusto que podríamos tratarlo en un ambiente más íntimo. Si él no lo propone en unos días, yo le diré qué pienso al respecto. Espero que una sugerencia así no la considere una insolencia de parte una esclava.

 Entonces Lila, te quiero más atenta.

- Entiendo.

Mhmhmhm "te quiero masa tonta", no solo me quiere sino que me humilla también. Perfecto Amo Fernando, el día de hoy vamos por buen camino.

- Quisiera que esta tarde pienses con calma algunas cosas. Necesito que te comprometas a fondo con tu trabajo. La forma en la que lo hagas queda a tu elección, pero debe ser un gran compromiso.

- Haré lo que me pides.

Bien, empieza la diversión. Entonces, que hoy en la tarde me meta a fondo algunas cosas, aunque me cueste trabajo, la forma la escojo yo, pero que sean grandes. Claro que sí mi Amo, pero me encantaría que fuera él quien me las metiera. Se lo voy a proponer.

- Confía en mí, vamos con calma. No me des explicaciones en este momento, no se trata de discutir. Intenta hacer lo que te pido y vamos viendo qué resultados obtienes.

- De acuerdo, entonces no digo nada por el momento.

Bueno, nada de propuestas. Está bien, confiaré en él y tendré paciencia, es lo que una buena sumisa debe hacer.

- Aunque no lo parezca, todo esto está revestido de una gran importancia en la ruta de nuestra carrera por el banco.

Que me vista para que parezca una puta de carrera. Magnífico, este Amo sí me entiende. Qué suerte tengo en servirlo.

- Recuerda que una buena empleada debe estar atenta a las necesidades de la empresa, debe ofrecer todo lo que esté de su parte por el bien del banco.

- Sí Fernando, así lo haré.

En verdad es un buen Amo, me pide que esté atenta a sus necesidades y me ofrezca plenamente para su placer. ¡Esto es el paraíso!

- En la medida en la que te entregues más en cuerpo y alma a lo que necesito de ti, verás que te irán pareciendo más fáciles y más naturales las labores diarias. Aunque no todas sean plenamente de tu agrado, algunas lo serán y entre unas y otras tendrás para progresar y que todos estemos contentos con tu desempeño.

- Como tú digas, Fernando.

Entrega me pide, pues encantada, eso tendrá, en realidad no necesitaba ni pedírmela. Lo malo será que mi eficacia para el trabajo del banco seguramente se verá disminuida. Voy a estar atenta a cada palabra que diga, para poder descifrar sus deseos, sus instrucciones para cada tarde y noche. Si su estilo es seguir diciéndome las cosas en acertijos y entre líneas, con gusto jugaré el juego. Supongo que está consciente de que eso implica que mi atención no podrá concentrarse tanto en el trabajo. En todo caso él es el Amo y no debo cuestionarlo. Ya me estoy saboreando esas actividades que serán de mi agrado y también las que no, todo es parte de la diversión.

Ricarda estaba definitivamente molesta. Lila había empeorado. En esas últimas semanas todo le salía peor y lo hacía más lento. Fernando le había explicado todo lo que había intentado para motivar a Lila y parecía haberlo hecho bien. Sin embargo los resultados no se daban y la situación ya se acercaba a un punto crítico. Pronto debería tomar una decisión acerca de Lila y su futuro con el banco.

Ricarda nunca permitía conscientemente que su relación laboral con Fernando se mezclara con su relación personal. Sin embargo, era inevitable que su humor sí resintiera en cierta manera las fricciones provenientes del banco. En estos últimos días había estado sintiendo que Fernando no podía o no quería resolver la situación con Lila y, sin querer, eso la ponía en de un humor particularmente cruel.

Volvió a ver de reojo hacia donde estaba Fernando. Seguía esperándola, claro ¿qué otra cosa podía hacer? Ya estaba babeando alrededor de la pelota roja que tenía firmemente amarrada en la boca. ¡Magnífico, otra razón para castigarlo, a quién se le ocurre babear el piso de su Ama! Todavía le faltaba pintarse las uñas del otro pie, Fernando tendría que seguir esperando. Más tarde esas uñas recién pintadas substituirían a la pelota. Le gustaba verlo así, incómodo e indefenso. Aunque en este momento no estuviera particularmente vulnerable, ya no tenía salvación. A partir de ese momento su incomodidad, humillación, dolor; pero también su excitación y placer solo crecerían. O como Ricarda quisiera. Lo tenía en sus manos, o para mayor precisión, en el piso. Con las manos firmemente amarradas a la espalda y unidas a un ancho collar por una gruesa banda de cuero. Los tobillos juntos y alzados por la famosa grúa hacia el techo. Tenía los pies suficientemente alzados, de manera que toda la pierna e incluso la cadera de Fernando, quedaban despegadas del piso.

Cuando Ricarda terminó, Fernando ya empezaba a cansarse. Ella se tomó su tiempo en ponerse ropa cómoda. Nada erótico ni mucho menos, quería estar cómoda y que Fernando se aguantara. Las ventajas de ser Ama. Le dio algunas vueltas como burlándose de su posición: a sus pies. Jugó un poco con la cuerda que subía, lo hizo girar en el piso, disfrutando de tenerlo a su merced. Empujó firmemente la cuerda para alzar otro poco los pies de Fernando y sin decir ni agua va metió un pie entre los muslos de él. Lo fue resbalando hasta que tenía todo el zapato bien apoyado en la entrepierna de Fernando. Él solo podía gruñir y voltear a verla lo más posible. Era en momentos como ese, en el que ella no lo sometía a ninguna tortura sexual propiamente, no le daba dolor, ni placer, en los que él se sentía verdaderamente usado. Cuando le daba dolor o placer, él disfrutaba, de maneras diferentes, pero disfrutaba. En cambio, con cosas de este tipo, sabía que ella disfrutaba la sensación de poder y para eso lo usaba, para demostrar que le haría lo que quisiera. Si bien esta forma de ser usado no lo excitaba tanto en lo sexual, era la que lo convencía de ser propiedad de Ricarda.

En cuanto a esto, la mente de Fernando todavía dudaba. Quería que Ricarda lo usara sí, pero más que nada para lo sexual, quería darle todo el placer posible y ofrecerle todo el dolor que a ella la excitara. Estas demostraciones de poder más que nada lo incomodaban, no les veía el propósito. Seguía reaccionando ante ellas con rebeldía, con orgullo, todavía creía y actuaba como si, no las disfrutara. Aunque bien en el fondo, también llenaban su necesidad de ser sometido, pero no estaba preparado para aceptarlo todavía. Él sabía que Ricarda entendía esto y por lo tanto, cuando ella lo hacía, era porque había alguna cuenta pendiente. Algo traía Ricarda en mente que seguramente resultaría en una sesión mucho más dura, pero eso estaba bien, lo malo era haberle fallado. Ya habría que averiguar de qué se trataba y poner todo su empeño por resolver el asunto.

Ricarda le pidió que se sentara. Fernando se sintió otra vez castigado. La noche anterior ella se había negado a explicarle qué la molestaba. Por mucho que había rogado lo mejor que sabía, por muchos orgasmos de Ricarda en los que él había colaborado, por mucho que hubiera aceptado sin malas caras el quedarse sin el suyo, por mucho desayuno que le hubiera preparado hoy. Nada, silencio, excepto que lo discutirían aquí, en la oficina, en el banco. ¡Qué cruel, hacerlo sentarse después de cómo le había dejado las nalgas! La visión de Fernando estaba empañada. ¿Qué jefa no sentaría a un empleado en su oficina para hablar con él? ¿Qué par de personas no usarían las sillas para hablar cómodamente por encima de un escritorio?

Como fuera, Fernando ya se sentía regañado. El efecto de las más de cien nalgadas que había recibido con una implacable tira de cuero. El resultado de tantos tirones que se había dado en el cuello al tratar de bajar las manos para detener alguna de esas nalgadas. Lo logrado por el ancho tapón anal y el palo unido a él, por los giros que había dado en el piso, movido precisamente por ese palo y tapón en manos de Ricarda y con el pecho como único apoyo. Incluso las mejillas había arrastrado por el suelo en los giros. Mientras, Ricarda se había reído gustosa de su situación. Hasta contestar los buenos días le dolía. Luego de las casi dos horas con la pelota atascada en la boca. Y luego a masturbar a Ricarda, ya librado de la posición, pero sin poder ayudarse con las vista, pues sus manos seguían amarradas a la espalda y tirándole del cuello. Dos orgasmos así, tocándola con los dedos, de espaldas, harto como estaba de las muñecas. Y los orgasmos de Ricarda toman su tiempo, una eternidad, en esas condiciones, siempre hincado junto a la cama. Sin almohada. Las rodillas igualmente machacadas. Después, el otro orgasmo de ella, penetrándola, pero teniendo que cuidarse de no venirse él. En caso de fallar, el castigo del closet. Una noche parado con el cuello amarrado a la barra del closet, afortunadamente no. Para terminar, a dormir con las manos amarradas a la cabecera. No era realmente incómodo, las tenía por delante y podía bajarlas hasta la altura del pecho, era solo para evitar la tentación de tocarse, pero a la larga también lo hartaban y le perturbaban el descanso. Con ese cargamento de memorias físicas y mentales fue que Fernando se sentó a oír lo mal que iba Lila. Ya lo sabía.

Ella estaba verdaderamente en las nubes, sonriente siempre y muy amable. Él lo sabía perfectamente, hasta sobraba que Ricarda lo repitiera. Todo eran buenas respuestas y magníficos tratos, pero la chamba siempre lenta y llena de distracciones. Ricarda había tomado una decisión. En la cena navideña del banco, Lila daría el discurso.

Esa cena de fin de año, a la que todos van en sus mejores galas y esperan oír lo bien que van lo negocios, lo bueno que ha sido el año, a pesar de los contratiempos. Lo mucho que puede hacerse para mejorar el próximo año. Todo en un clima festivo y agradable. Desde los socios multimillonarios, hasta los empleados de menor rango, todos relajados y alegres, bailando y cenando. Lila sería la encargada de hablar. Además de los breves y obligados reportes de cifras, debería hablar de la motivación de un empleado. Debería demostrar mediante sus palabras que entendía la entrega y el sacrificio que deben hacer todos a cambio del bienestar y el progreso conjunto. Sería su última oportunidad. Si el discurso era suficiente, ya no digamos maravilloso ni memorable, adecuado al menos. Lila conservaría su trabajo y Fernando y Ricarda buscarían la manera de encausarla, como últimamente no lo habían logrado. Sabían que Lila tenía capacidad de sobra para esta tarea, ya la habían visto en acción anteriormente, sobre todo cuando recientemente contratada. Era solo últimamente que de plano no daba una. Fernando debía dejarle bien claro a Lila el riesgo que corría. Un mal desempeño, un discurso distraído o de plano mediocre y adiós.

Lila sacó su ropa un poco distraída. No dejaba de pensar en la conversación con Fernando. No podía creer que le hubiera puesto un ultimátum de esa manera. Ella que estaba segura que todo iba avanzando perfectamente con su querido Amo. Ahora tendría que pararse ante todos a dar ese discurso y hacerlo bien.

Empezó a vestirse por las medias. Negras y elegantes, caladas por supuesto, pero de red fina. Sería una puta sí, pero una puta elegante. Dispuesta a lo que fuera, pero con clase. El fino tejido envolvía sus piernas como lo harían las manos de Fernando eventualmente. La suave compresión que le proporcionaban, le permitía ya sentir las caricias de él. Si esta noche fallaba, perdería para siempre la oportunidad de ser la sumisa de Fernando, sería simplemente desechada.

El corsé le quitó la respiración, pero no por lo apretado, por lo excitante. Era el abrazo de su amo convertido en satín, varillas y cordeles. La apretaba, sí pero de la manera más sutil. Cada inhalación le recordaba que él podría jugar con su cuerpo, modelarlo, restringirlo, limitarlo a su antojo. Que toda caricia y abrazo pagan un precio. Que así como ahora anudaba los cordones y apretaba la prenda un poco más de lo necesario, así amarraría también su vida a la de Fernando, con un poco más de incomodidad y apriete de lo estrictamente indispensable. En unas cuantas horas debería de explicar ante todos los asistentes a la fiesta, los detalles de su entrega.

Una buena puta siempre debe usar liguero. Lila se sintió emputecer desde que tomó las ligas y las enganchó al corsé, tres de cada lado. Más de las necesarias. Para enfatizar su presencia, solo por el gusto de que estuvieran ahí, no tanto para sostener las medias. Con eso se completaba el marco que concentraría la atención en su sexo, el corazón verdadero de una puta. Tuvo cuidado de que estuvieran bien colocadas, perfectamente simétricas y alineadas. No era miedo al castigo, era el gusto por un trabajo bien hecho y el arma de una puta que conquista, para lograr ser conquistada. También con eso demostraría su voluntad por agradar, así como un rato más tarde estaría explicando en la cena navideña, que ella estaba allí para complacer y satisfacer a su Amo.

Ponerse el sostén le resultó un poco incómodo, ya con el corsé en su lugar. Una vez más, esa restricción avivó su deseo. Las copas le sostenían los senos tan apaciblemente, casi con dulzura. Mejor así, para que el cambio a la brusquedad y las torturas que tanto deseaba, fuera más notorio. Para que con mayor fuerza deseara pasar por esos castigos y que éstos, a su vez, contrastaran luego con la ternura de las caricias de un Amo satisfecho. Ya no faltaba mucho tiempo, pronto estaría desnudándose ante sus compañeros de trabajo y poniendo bien claro que el que mandaba era Fernando, de lo contrarío quedaría cancelada.

Los calzones por encima de las ligas, la señal de una puta que entiende el uniforme de guerra. Que entiende que están allí para quitarlos y lo demás para dejarlo. Tuvo que secarse un poco antes de subirlos hasta arriba, tanto así la excitaba este proceso y la anticipación de lo que seguiría. La última cubierta de sus ansiosos agujeros, es decir los de su Amo. No una verdadera protección o defensa, más bien una oportunidad para que su dueño tuviera la opción de descubrir, de encuerar, de invadir y despojar. La tela se sentía fría contra sus labios y sus nalgas, pero no, era la piel la que estaba caliente y contrastaba. Una prenda tan simple, que usaba diario, hoy la erotizaba como si estuviera acostumbrada a andar por la selva sin nada y se pusiera unos calzones por primera vez. Era una recompensa a su obediencia ya que, así debía ir vestida, tenía sus instrucciones precisas o cuando menos ella eso entendía. Dentro de poco, confesaría ante todos que si obedecía y se esforzaba por seguir el camino que él le marcara, tendría siempre sus retorcidas recompensas.

Terminó con los zapatos, altos y firmemente amarrados al tobillo, imposibles de quitar a no ser con las manos. El maquillaje bien puesto, pero un poco exagerado, colores fuertes sin llegar a grotescos. El pelo recogido sobre la cabeza, un poco extravagante y sobre todo dejando vista libre de lo demás, inclusive el cuello. Remató con unos guantes largos al codo, mero toque decorativo, pero ya para este momento, hasta eso la excitaba. Y de alguna forma eran también símbolo de su entrega, puesto que en este país, nadie usa guantes y menos al codo. Todo quedaría aclarado, una vez que dijera que, lo más importante, era la entrega completa y sincera de su cuerpo y mente a las necesidades o caprichos de ese dueño. Al que pertenecería (en caso positivo) al terminar su presentación.

Lila estuvo un rato largo frente al espejo de cuerpo entero detrás de la puerta de su baño. Le gustaba lo que veía, indudablemente, pero más le gustaba lo que se haría con el ¡ojalá! Le dio tiempo de serenarse un poco. No tardaron en asaltarla algunas dudas. ¿Sería capaz de subir al estrado, frente a la planta completa del banco y decenas de accionistas, y declarar a través del micrófono que, de ser aceptada, a partir de ese momento, sería la esclava sexual, dispuesta y anhelante, de un sinnúmero de acciones excéntricas, dolorosas, humillantes? El trabajo en el banco no le importaba, porque se imaginaba que un tal discurso inmediatamente la convertiría en desempleada. Pero el atrevimiento, el momento de tirar su abrigo, el empezar a hablar, el ver las expresiones de su público, seguir hablando. ¿Podría? Sus ganas eran inmensas, abrir su alma al mundo, exhibirse como la zorra, golfa, pervertida implacable que era. Mostrarse así como ahora podía admirarse en el espejo, bella, fuerte, refinada, una auténtica fuerza de la naturaleza; le alimentaba el ego de una manera que nunca un logro laboral podría. Sin embargo, le quedaba algo de tradición, de programación, de años, de enseñanzas (quizá incorrectas) pero bien aprendidas al cabo. ¿Podría más el miedo, la vergüenza, la incertidumbre; o esa esencia de sumisión, esa hambre de pertenecer, ese vacío que desde siempre la obligaba a tomar las decisiones esclavizantes, humillantes, dolorosas?

Lila recordó el reloj. Con un sobresalto fue a ver la hora. Tarde, pero a tiempo todavía. Sin más pensar, se puso el abrigo y salió.

Ricarda estaba nerviosa, Lila no aparecía y el momento de la presentación se acercaba. Ya muchos iban sentándose alrededor de las mesas. La plática debía terminar antes de que se sirviera la cena, sería de pésimo gusto hacer esperar a tanta gente. Por primera vez Ricarda pensó en las más extremas consecuencias que podría tener el problema con Lila. Si sus palabras de plano eran reprochables o, mucho peor, si ni siquiera se presentaba, Fernando tendría que responder por la falla. Pero ella era la siguiente en la línea, como jefa de él. Realmente quedarían muy mal. Hasta ese momento se dio cuenta del grave error que había cometido al encargarle un asunto tan delicado a Lila. Tan fácil que hubiera sido encargarle a cualquier otro de sus subalternos el asunto. Alguno de ellos o la gente a su cargo, hubieran hecho un trabajo adecuado. Era su maldita obsesión por controlar a Fernando, por empujarlo especialmente por los caminos en los que lo veía flaquear. Sí, era eso, los fracasos de él en el caso Lila, la habían hecho ofuscarse, la habían distraído, ella había insistido y ahora los dos estaban en riesgo de hacer el ridículo.

Fernando estaba pálido, no quería ni cruzar mirada con Ricarda, ya había notado su impaciencia. Tampoco él había creído a Lila capaz de no llegar. Otra vez decepcionaría a su Ama. Recordó el olor de sus flujos, ahora con nostalgia, ya no con deseo. Nunca tendría el placer de probarlos. Esa puerta le permanecería cerrada y todo por su incapacidad para motivar a Lila.

Ya todos estaban sentados, si en un minuto no entraba Lila: o Fernando o Ricarda tendrían que levantarse a dar explicaciones. Ricarda respiró profundo, Fernando se recargó finalmente en el respaldo de la silla. Lila cruzaba en ese momento la puerta del salón. ¿Con abrigo dentro del salón? Bueno, cuando menos llegaba a tiempo y se veía bien, muy arreglada, hermosa, elegante. Cruzó el salón sin prisa pero sin detenerse, seguida de las miradas de cientos de invitados. Se veía serena y concentrada, no volteó a ver a nadie.

Lila empezó a subir los escalones, no titubeaba, pero lo que sentía de ninguna manera puede llamarse seguridad. Caminó con lentitud por el estrado hasta que estuvo a un lado de podio, asegurándose de que éste no la tapara. Con la mirada perdida en algún lugar del salón, se paró de frente al público. Sus dedos temblaban ligeramente al buscar el botón más alto de su abrigo.

FIN
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