12 mar. 2012

Relato: "Vainilla"

Vainilla

por Infraxión diciembre de 2011

Lunes.

Jorge se topó con Marta en el pasillo. Él iba a la máquina de café por la enésima taza de la mañana. Llevaba días evitando a su jefa, no había avanzado ni un ápice en el diseño de la campaña. Una vez que se cruzaron, aceleró el paso para alejarse de ella, pero su voz lo detuvo en seco.

- Te tomo tu computadora un momento, Jorge, es que la mía nuevamente no se conecta al servidor. Ya llamé a los de sistemas, pero en lo que me regresan la llamada y todo...

Jorge tuvo que correr un poco, pero fingiendo que no tenía prisa. Pasó a Marta y apenas logró evitar darle un empujón para quitarla de en medio. Tenía que regresar a su computadora antes que ella. Aunque estuviera minimizada, la página que estaba viendo en internet tendría el título visible en la barra de tareas. Sería el acabose. No era un creativo caro por casualidad, su mente de inmediato le ofreció una excusa plausible.

Los tacones altos impidieron a Marta llegar a la oficina antes que él. Tampoco logró ver que él cerró de inmediato la página en cuestión y mucho menos saber de qué se trataba. Aún así, oyó perfectamente el movimiento y el click apresurado del ratón y leyó correctamente el lenguaje corporal. Cuando ella entró a la oficina él cerraba el cajón del escritorio y mostró unas monedas mientras dijo:

- Se me olvidaban las monedas para el café.

Luego se paró de la silla nuevamente e hizo un ademán exagerado para indicarle a su jefa que se sentara cómodamente a usar la computadora, tanto tiempo como fuera necesario, mientras le dedicaba la más amplia de las sonrisas culpables que ella hubiera visto en su vida. Marta no quiso tratar de indagar qué era lo que Jorge escondía. No sabía muy bien cómo buscar, en la máquina, y no era el momento de aprender. Fuera lo que fuera, le quedaba muy claro que Jorge no estaba avanzando en la campaña.

Jorge no tardó mucho en regresar de la máquina del café. No hubiera querido encontrarse nuevamente a Marta, pero tardarse demasiado en un cafecito tampoco hablaba bien de él. Prefirió regresar después de unos minutos.

- Necesito ver cómo vas con esa campaña, Jorge.

- Ya tengo algunas ideas, pero todavía no están muy bien aterrizadas. No quisiera darte un material a medio camino y ocasionar expectativas equivocadas en el rumbo que va a llevar la campaña.

- Sabes muy bien que no voy a repartir esta información a nadie, ni la voy a comentar con nadie antes de que esté lista para presentarse. Pero también sabes que solo nos quedan quince días y que la salud de la empresa puede depender de que esta campaña sea exitosa.

Jorge no pudo evitar pensar en las crueles mordazas que acababa de ver en la página que antes tuviera que cerrar a toda prisa. Una de esas sería buena para callar a Marta. Además se vería bien en ella. Su boca pequeña rellena con la esfera de plástico daría la combinación perfecta. Negro brillante rodeado de rojo carnoso y esos ojos espantados, tanto como intrigados, por lo que seguiría. Esa era una de las combinaciones que a Jorge más le gustaba ver en las fotos que diariamente buscaba en decenas de páginas de internet. La mirada de pavor de una doncella en apuros, combinada con la mirada expectante. Por lógica, si la tenían amarrada y amordazada era para que no se defendiera ni gritara. Defenderse o pedir ayuda ¿pero de qué? Jorge vivía sus horas de oficina para saciarse de esa expresión y de todo lo que implicaba. Anhelaría ser el causante de esas miradas y el usuario de esa expectación. No las defraudaría, sabría emplear sus cuerpos para deleite mutuo y les dejaría bien claro por qué necesitaban estar amarradas y amordazadas. No se quedarían con demasiadas dudas.

Eso callaría a Marta, pero la fecha límite inexorablemente llegaría, e incluso con una Marta silenciosa, no faltaría quien reclamara a Jorge por no avanzar en el diseño de la campaña. Dos semanas ya era muy poco tiempo. Pero todo era culpa de los directivos, si no se hubieran dormido en sus laureles, no se hubiera llegado a una situación de crisis y no estarían ahora dependiendo de un solo cliente y de una sola campaña, aceptada ya de por sí, con poco tiempo. Jorge resentía que toda la presión cayera sobre sus hombros, sin embargo eso alimentaba su ego. Sería todo un héroe cuando la campaña estuviera lista. Pero esa seguridad se erosionaba un poco más con cada día que pasaba. Ya se había gastado la mitad del tiempo y no tenía ni idea de qué se iba a tratar la campaña. Cada vez que se reunía con su equipo de creativos empezaba con la mejor de las intenciones, sin embargo, hasta la fecha, toda la duración de las reuniones, se le iba en imaginar a las dos chavas suficientemente incómodas y desbordadamente excitadas, pidiendo ser liberadas y anhelando no serlo.

- No te preocupes Marta, tú sabes bien que yo no te voy a decepcionar. La campaña va a estar lista a tiempo y el cliente va a quedar más que satisfecho.

- Pues espero que no te equivoques, porque yo no veo que avances nada. No necesito ni explicarte lo importante que esto es para nuestro futuro. Ya ni siquiera el de la compañía, el tuyo y el mio personales.

Sara prefería la ensalada de coditos fría a la pasta con crema de la escuela. Le encantaba sentir el crujido de los cuadritos de apio, la humedad del pimiento y el sabor concentrado de los fragmentos de pimienta. Cambiar a la cocinera había sido una gran decisión por parte del Director. La cafetería no se había vuelto el gran centro gourmet de la ciudad, pero ahora Sara podía pensar en la hora de la comida como algo disfrutable, un rato placentero a medio día, en lugar de la pesadilla que antes había que soportar diariamente. Le divertía pensar que las tres o cuatro ocasiones en las que había vomitado, después de comer, hacía poco menos de dos años, habían sido causadas por los indescriptibles potajes de Doña Cata. Bien sabía, sin embargo, que había sido por el embarazo. Como fuera, cuando regresó a trabajar, fue una muy agradable sorpresa que la comida hubiera subido tanto de nivel.

Otras cosas no habían sido tan agradables. Regresar a la secundaria implicaba separarse de su flamante hijo varias horas, implicaba detener la lactancia, implicaba volver a lidiar con los chamacos conflictivos en plena pubertad. Había requerido también aguantar comentarios veladamente agresivos de las otras profesoras. Que si ya te ves ojerosa, que si esa falda te quedaba tan bonita, que si tuviste que cambiar todos tus brassieres por hamacas. Afortunadamente, para hoy la cosa ya había cambiando.

No era un cambio súbito ni sorpresivo. En realidad Sara llevaba trabajando en ese cambio desde un par de meses después del parto. Necesitaba recuperar su cuerpo, necesitaba recuperar su agilidad, necesitaba recuperar las miradas lujuriosas de Jorge su marido; en últimas necesitaba recuperar su vida sexual. Sabía que jamás recuperaría su tiempo, su sueño y la libertad a ultranza, pero eran unas cosas por otras. Ahora tenía un hijo, y todas las desventajas e incomodidades periféricas, no eran más que una ínfima fracción de las satisfacciones obtenidas. No obstante, quería recuperar todo lo que estuviera a su alcance. Por eso se había inscrito al gimnasio. No podría correr media ciudad, como antes, pero podía recuperar su condición física y, ojalá, su figura. Hoy, casualmente, se había enterado de un pequeño pero importante éxito.

La ensalada de coditos estaría muy buena, pero ella estaba más. Sara sonrió para sí misma. Si las demás maestras supieran lo que había oído al salir de su salón de matemáticas de tercero, justo antes de venir a la cafetería, tendrían que comerse sus comentarios de faldas apretadas, ojeras y cualquier otra crítica. Que un alumno como Pedro Fuentes, ordenado y responsable, amable y educado, hubiera dicho lo que había dicho, era notable. De otro alumno, más vulgar o irrespetuso no le hubiera parecido importante. Pero oír a Pedro decir: "pongan atención, ahorita va a salir de aquí la de matemáticas, que está súper buena", era un merecido premio a sus esfuerzos en el gimnasio. Pedro, sin querer, ese lunes le había hecho un gran favor a Jorge. Sara tuvo dificultad para concentrarse después del almuerzo, no dejaba de pensar que tendría que llegar a casa a verse en el espejo y juzgar, por sí misma, si Pedro tenía razón.

Martes.

El martes no empezó mejor. Marta llamó a Jorge a su oficina. Al entrar, Jorge creyó que le tocaría un espléndido café. Ya en alguna ocasión había probado el café que Marta traía de Coatepec cuando iba a visitar a sus abuelos. No era simplemente un buen café, era un café que daba una sensación de lujo inmediato. No era solamente un asunto de sabor, la experiencia transportaba la mente a un estado de logro, de éxito, como en sus anuncios. Y Marta sabía prepararlo a la altura de la materia prima. Ese aroma fue el que lo recibió y él lo interpretó como un paso dado adelante en el problema que aún no podía resolver. Se sentó con tranquilidad, nada como un gran café para estimular su creatividad y darle una gran idea. Una respuesta genial para quitarse a Marta de encima por un rato, convencerla de no acosarlo, de dejarlo irse a trabajar solitariamente sobre de esa otra idea que, tanto él como Marta y la empresa, necesitaban para sobrevivir.

- Ayer no me respondiste. Ya pasó otro día y no me has enseñado qué llevas como avance para la campaña.

- Te insisto, no me gusta mostrar ideas mal cuajadas, déjame seguir avanzando y así podré mostrarte las opciones ya cuando tengan substancia, cuando se puedan realmente evaluar y sentir bien a bien.

- Me vas a perdonar, Jorge, pero esta vez no puedo simplemente seguir esperando. Ya nos quedan menos de quince días. Necesito tranquilizar a los directivos y no puedo hacerlo sólo con tus promesas. Hace falta que les muestre cómo va la cosa. Aunque sean ideas a medias, el futuro de la empresa pudiera depender de esto y no podemos seguir en el aire.

Jorge comprendió que esta vez no podría zafarse con una excusa simpática. Le chocaba cuando Marta no se dejaba manejar. Estaba acostumbrado a controlarla por las buenas, capotearla o de plano dominarla con sus buenos resultados, sus ideas exuberantes y su humor infalible. Pero hoy no tenía parque y el general Twiggs estaba ahí. Cómo le hubiera gustado poder castigarla, como a los personajes de sus fantasías diurnas. Ordenarle que se callara y lo dejara irse a su oficina. Esforzar su cuerpo para distraer su mente, darle una opción que no pudiera rechazar: una combinación tortuosa de placer y dolor a cambio de dejarlo trabajar a su modo.

- Vamos Marta, déjame trabajar con mi método. No discutamos, mejor me voy y sigo avanzando.

- No Jorge. Necesito ver resultados. Dame armas para defenderme (y defenderte) sólo entonces te puedo dar espacio para que sigas, no antes. Quiero saber qué ideas tienes y lo quiero saber ya, no perdamos más tiempo.

Por primera vez Jorge sintió un poco de miedo. De forma que su chamba corría peligro. Pues claro, si la empresa quebraba, era obvio, pero oír a Marta decírselo, le puso los pelos de punta. Su hijo estaba por cumplir un año, y Sara y él estaban endeudados hasta las orejas. Definitivamente no era el momento de perder el trabajo. Ahora sí se estaba enojando ¿cómo podía osar esta mujer ponerlo en tal estado? Ella debería estar a su servicio. No solo no le estaba ofreciendo el café, sino que no se plegaba a sus deseos en ese mismo momento. Una buena cuerda y un buen fuete pondrían remedio a la situación. Marta tenía ese tipo de cadera, de las que invitan a los fuetes, no era que él quisiera azotarla. Era ella que se lo estaba pidiendo. Bastaba con ver esa mirada penetrante...

- Me está cayendo el veinte de que no tienes nada. Jorge, esto sí es una catástrofe.

- Creo que por primera vez en el tiempo que tengo de conocerte, te veo quedarte mudo. ¿Por qué no me lo dijiste hace quince días? Tenemos otros equipos creativos, nos hubiéramos juntado todos y sacábamos una idea. Aunque fuera me lo hubieras dicho hace una semana y ya estaríamos avanzando en algo. ¡No puede ser! ¿Cómo pudiste quedarte sentado en un problema así? Sin esa campaña vamos a quebrar y a quedarnos en la calle todos.

- Por eso, déjame seguir con el proceso creativo cuanto antes; para que salga la campaña a tiempo y efectivamente todos estemos seguros en nuestro empleo y no pase ninguna de estas calamidades.

- No, esta vez sí cruzaste un límite. Reúne a tu equipo y ponte a trabajar. Pero también voy a solicitar el apoyo de los demás grupos, esto ya rebasa el nivel de emergencia habitual. Estamos en una verdadera situación crítica.

- Marta, no me hagas eso. Tú bien sabes que si esto sale de entre nosotros voy a quedar muy mal parado en la agencia.

- Necesitas aprender a conjugar Jorge. Tú ya quedaste muy mal, no es futuro sino pretérito. Ve a reunir a tu equipo de inmediato y ponte a trabajar. Ya te avisaré cómo vamos a coordinar la ayuda de los demás.

Jorge era su mejor elemento. Gracias a él Marta se había parado el cuello varias veces y por eso él tenia el sueldazo que tenía. Nunca había dejado de recompensar sus genialidades generosamente y hasta podría decirse que lo estimaba, pero esta vez se estaba convirtiendo en su peor debilidad. La vida corporativa es como la guerra, no se puede tener aliados que no cooperen y no se puede tener enemigos entre las filas. Si Jorge no tenía una idea revolucionaria en menos de quince días y desarrollaba la campaña satisfactoriamente, estaba fuera; por brillante que hubiera sido en el pasado. Siempre y cuando la empresa sobreviviera, claro, de lo contrario, todos estarían en la calle. Ahora tenía que darle toda la ayuda de que fuera capaz, iba a poner todos los recursos creativos de la empresa a apoyarlo. Eso significaba, admitir a su vez ante su jefe, que la situación era desesperada y que le había tomado quince días descubrir que Jorge no estaba avanzando. Significaba admitir un gran error, pero ya no podían jugar a esconder la falla y cubrirse mutuamente. Sacar la campaña en quince días sería una proeza de dimensiones épicas.

Jorge regresó a su oficina muy motivado. No solo tenía que defender su empleo, ahora también tenía que defender su orgullo. Si alguno de los otros equipos creativos era el que lograba salvar la campaña, nunca se lo perdonaría. Necesitaba esa idea genial, sabía que era capaz, solo necesitaba concentrarse en el tema, y dejar fluir su ingenio. Marta le había dado la instrucción precisa de reunir a su equipo, claro que sí, el intercambio de ideas siempre ayuda, pero antes, una breve visita a su página favorita de relatos.

Buscó uno a la medida de su estado de ánimo. Uno en el que pudiera imaginar a Marta a los pies de una pareja cruel. Alguien que la usara para su satisfacción sin preocuparse por los planes de ella, como un juguete sexual inanimado. Así como Marta quería usarlo a él para el diseño de la campaña sin preocuparse por su imperiosa necesidad de dominar a alguien. Tuvo que revisar varios relatos hasta que encontró uno adecuado, en el que la chica fuera tratada como muñeca, despojada de sus posibilidades de defenderse y empleada como colección de cavidades, no como persona.

El olor del cuernito llegó hasta la nariz de Sara y ella cerró los ojos para disfrutarlo mejor. Cuando escogió ese gimnasio ni siquiera pensó en la cafetería. La ubicación, el precio y los horarios fueron, naturalmente, el factor determinante. Sin embargo había llegado al punto de anhelar diariamente el momento de sentarse en esa barra a pedir algún bocadillo. Los cuernitos le quedaban especialmente bien a Rosita. La lechuga crujiente, el queso en la proporción exacta, ni tanto que se le quedara pegado al paladar, ni tan poco que no supiera a nada, Pero en particular era el grado ligeramente tostado del pan lo que más le acariciaba el gusto. Un aroma pleno y tibio, aunado a la textura delicada pero con presencia del hojaldre. En fin, qué gran toque tenía Rosita para calentar un simple cuernito.

Hoy pensó en que parte de su disfrute no era solamente culinario. Estaba dejando atrás la incómoda sensación de que todo lo que comiera acabaría acumulándosele en la cadera o los muslos en forma de grasa. Cualquiera que fuera la razón, quería su cuernito. Abrió los ojos para ver si ya venía en camino y se topó con algo mucho menos agradable. La mirada de Antonio.

Desde las primeras veces que vino al gimnasio, ya había notado que Antonio, el instructor, era de los que siempre tenía los ojos pegados a sus nalgas, pecho, piernas o lo que fuera. A pesar de que ella viniera saliendo del embarazo y trajera exceso de peso. También había notado que él veía de la misma manera a cuanta mujer le pasara por enfrente, no era ella la que llamaba su atención, era cualquier cosa del sexo femenino. Aún así no le caía mal. La verdad es que no era particularmente antipático y hacía bien su chamba. Era solamente muy vulgar en su manera de ver a las mujeres.

Esta vez, el espejo de la cafetería volvió a comunicarle lo mismo: un Antonio regodeándose en sus nalgas y las de Mónica, aquí a su derecha, mientras estaba sentado en una mesa atrás de ellas platicando con un instructor de spinning. El cuernito tardó demasiado en caer en un plato y llegar hasta la barra. No más de un minuto en realidad, pero a Sara la espera le pareció eterna con los ojos de Antonio penetrando la tela de sus pants.

Cuando finalmente tuvo su plato y fue a sentarse, estuvo a punto de regresar a la barra por una taza de chocolate. A ese grado le excitaba el olfato su cuernito recién semi tostado. Se contuvo. Muy bien que ahora los alumnos la conocieran como "la ecuación de la curva perfecta" pero no había que confiarse. Necesitaba mantener esta figura, aunque atrajera las miradas de Antonio y otros como él. El chocolate sería para otro día. Claro que a Antonio lo atraía lo que fuera, como pudo constatar Sara al ver las nalgas de Mónica de camino a la mesa. Si esos hemisferios lunares, gigantes y llenos de cráteres lo hacían quedarse pasmado, no tenía nada de que sentirse halagada, cuando menos no por las miradas de Antonio. ¿O sí?

- Buenas tardes, chicas. Muy muy buenas...

La frase de Tin Tan no pudo más que hacerle gracia. Sin embargo, de no haber sido por el efecto positivo del cuernito en su humor, le hubiera molestado. De hecho la gracia le duró poco. Cuando del cuernito no quedaban más que unas pocas briznas de hojaldre en el plato, Sara concluyó que Antonio se había pasado de la raya.
- ¿Cómo ves Mónica? Yo creo que ya se está pasando nuestro instructor vulgarcito ¿no te parece?

- Bueno, pero sirve para animarnos ¿no? Un piropo de vez en cuando siempre hace sentir bien. Además, por el camino que vas, mejor acostúmbrate a los piropos,

Sara no estuvo de acuerdo, pero las palabras de Mónica le sembraron la duda. Por vulgar que le sonara el comentario de Antonio, quizá sí era, como en el caso del alumno Pedro Fuentes, una señal positiva para ella. Sara no recordaba que Antonio hubiera usado la voz para expresar lo que sus miradas querían decir. Cuando menos no ante ella. Por un momento pensó lo molesto que iba a ser tener que explicar todo esto al gerente del gimnasio, en caso de que la situación empeorara. Definitivamente no quería llegar a eso, se quedaría sin instructor o tendría que adaptarse a alguno de los otros. De inmediato, aunque con algo de titubeo, pensó en otra posibilidad: Que Mónica tuviera razón y Antonio estuviera dando ese paso porque Sara lo provocaba más que antes. Quizá no era casualidad que, apenas ayer, un educado alumno y hoy, un no tan educado instructor, estuvieran llegando a las mismas conclusiones.

¿Sería que la mamá seguía siendo mujer? Una parte de Sara quería obedecer a su entrenamiento social y quedarse tranquila, ignorar el piropo de Antonio y regresar a casa a fungir como madre recatada y responsable. Otra parte estaba asomándose, aunque titubeante. La libido de Sara estaba regresando de unas vacaciones por embarazo. Tanto Sara como Jorge eran personas informadas y sabían que el embarazo no es el fin del sexo. También sabían perfectamente que una madre y un padre reciente no tienen por qué dejar de ser entes sexuales y así lo hubieran explicado, plenamente convencidos, a cualquiera que les preguntara. Sin embargo, no habían actuado en concordancia con sus conocimientos. Habían tenido pocas y tibias actividades sexuales desde que Sara supo con certeza que Jorgito era una célula que explota. Hoy Sara sintió a un depredador activarse ahí mismo en la cafetería del gimnasio. Antonio acababa de resucitar al cazador. Era un cazador llamado Jorge, porque las intenciones de Sara no eran de convertirse en depredadora sino en presa.

Jorge estaba contento. El relato que encontró y leyó había sido muy satisfactorio. Todavía con una sonrisa malévola, mientras pensaba lo guapa que se vería Marta en la posición descrita en el relato, tan disponible, tan indefensa; volteó a ver el reloj. ¡Una hora y media había pasado desde que volvió de la oficina de Marta! Una vez más ya era prácticamente la hora de la comida y nada. Ni un milímetro de avance en la campaña. Inmediatamente tomó el teléfono para reunir a su equipo después de comer.

Las imágenes sádicas eran para Jorge un descubrimiento reciente. Un subproducto de la era cibernética. Una tierra prometida de placeres exaltados que antes no formaba parte de su biblioteca sexual mental. No estaba insatisfecho con Sara. Todo lo contrario. Bueno, hasta que empezó el embarazo. A partir de ahí sí habían hecho a un lado el juego sexual. No por completo, pero para compensar, él había volteado a la red y había encontrado este nuevo tema que ahora lo obsesionaba. Antes de eso, lo poco que conocía sobre el tema, lo había ahuyentado. Le parecía malsano y sucio, incluso legalmente marginal. Pero la curiosidad es una máscara poderosa y para cuando Jorge quiso regresar a la pornografía convencional, estaba enganchado. En pocos meses había pasado de censor a apologista a gran fanático del sado.

De regreso a casa, Jorge iba francamente preocupado. Toda la tarde había intentado seriamente echar a andar su creatividad y motivar a los tres miembros de su equipo. Necesitaba sacar esa campaña. Sin embargo, también necesitaba otra cosa y, por alguna razón que él mismo no sabía explicar, esta otra necesidad era más fuerte.

Como todo profesionista exitoso, sabía bien que no solo no era posible, sino tampoco necesario, concentrarse al cien por ciento en su trabajo. Bien podía pasarse fracciones considerables del tiempo observando las manos, los labios, los hombros, el pelo, la línea del escote, los ojos de sus dos subalternas mujeres; como siempre lo había hecho, y aun así lograr un trabajo excelente. Pero él estaba de plano en el otro extremo. No estaba logrando concentrarse al ningún por ciento.

Esa tarde, durante la reunión, había tenido una idea importante. La había dejado un poco a un lado, para analizarla después. En ese momento, entre la necesidad de avanzar en la búsqueda de ideas y la distracción constante de su imaginación erótica, había sido demasiado en qué pensar. Ahora, en el embotellamiento habitual, no tenía escapatoria y la idea regresó amplificada: su incapacidad creativa y su sexualidad insatisfecha estaban relacionadas.

Casi choca. Bueno, a esa velocidad hubiera sido un defenzaso, la palabra choque quedaba grande. En realidad no era una idea sino una obviedad. El impacto de la obviedad no radicaba en la administración de su tiempo ni en el uso de sus recursos mentales, sino en lo inescapable de su realidad. Así como a alguna de sus favoritas "damiselas en peligro" la restringían y la torturaban las cuerdas, a él lo incapacitaba su situación. Obvio quizá, pero él apenas empezaba a verlo claro.

Tenía una esposa a la que amaba profundamente y, ahora, una sexualidad completamente inadecuada para esa relación. Cada vez que pensaba en Sara amarrada y usada para su placer sexual, tenía una potente erección, pero al mismo tiempo se sentía dolorosamente culpable. A Sara la quería demasiado como para pedirle algo así. Estaba en un callejón sin salida o cuando menos el tránsito se movía tanto como si lo estuviera. Con todo y todo, finalmente llegó a casa. Al bajar del auto, en el estacionamiento de su edificio, tenía angustiosamente clara su situación. Necesitaba resolver su insatisfacción sexual para recuperar su creatividad y su chispa genial publicitaria. De lo contrario, en semana y media, perdería el empleo durante uno de los peores momentos para buscar trabajo, en la historia reciente del país.

Al salir del elevador, el sol que entraba por las ventanas del pasillo, en contraste con la luz grisácea del estacionamiento, le hizo ver la situación de mejor color. Situaciones críticas exigen acciones drásticas. ¿Y si, a pesar de todo, proponía a Sara experimentar un juego sexual?

Al entrar al departamento, lo primero que vio fue a sus suegros. Estaban encantados viendo las monerías de Jorgito. Sara vino a abrazarlo cariñosamente. De hecho el saludo le pareció a Jorge más cariñoso de lo habitual. Ese acercamiento debilitó su intención. Mientras más amor le demostrara Sara, más difícil le parecía verla como compañera de un juego en el que ella sufriría para proporcionarle placer a él. Aunque sólo fuera en juego.

El salmón estaba riquísimo. Desde que Sara había enseñado a Lupita que podía guisar el salmón como cualquier otro pescado, comían salmón a cada rato. Ni modo, si el salmón chileno estaba más barato que la mayoría de los pescados nacionales, Sara defendería la economía familiar en lugar de la nacional. A Jorge le encantaba empanizado, pero, como esta noche estaban los papás de Sara, Lupita había hecho una crema de chile poblano fenomenal. La cena distrajo un poco a Jorge, pero cuando los abuelos volvieron a enfocarse en Jorgito y sus genialidades, la gran pregunta acaparó nuevamente su mente.

Jorge se paró de la mesa y puso música. ¿Sería su estado de ánimo o la música de Pink Floyd siempre resultaba algo nostálgica? Viendo la escena así, a unos metros de distancia, la decisión de Jorge se debilitó aún más. Sara era un orgullo para sus padres y Jorgito, naturalmente, la idolatraba. ¿Cómo podía el venir a decirles que quería usarla para jugar a la violación y a la tortura, cuando ella era tan digna hija y madre? ¿Cómo podía convertir a la maestra, incluso condecorada más de una vez, en esclava, cortesana o víctima de la desgracia para satisfacción de él? Por supuesto que nadie tenía que enterarse de los detalles de su intimidad, sólo ellos dos, pero la pared mental de Jorge estaba construida con esos ladrillos.

Esa noche Jorge se fue a la cama más preocupado que nunca y no pudo ni responder a los avances de una Sara evidentemente más excitada que en muchas decenas de noches previas.

Miércoles.

Los miércoles Sara no tenía clase temprano, por lo general aprovechaba para ir al súper. Además de todo lo que necesitaba comprar, Sara iba pensando en postres. Un pay de nuez, o quizá de queso, o alguna tarta de frutas... El claxonazo la asustó y comprendió que se había distraído, pero la mentada de madre ya le pareció muy excesiva. Volteó a ver al conductor que casi la atropella, esperando ver un chavo acelerado o algún repartidor con prisa crónica. Nunca se imaginó que la remitente del recordatorio materno fuera una señora tan elegante como histérica, ni tanto drama en el estacionamiento de un súper.

- Cuidado damita, hágase para acá, no se vaya a desparramar tan rica carne.

Sara volteó a ver al cuidador con incredulidad. Ya no sabía qué la extrañaba más si la rudeza innecesaria de la señora del coche o la vulgaridad del cuida coches del súper. Lo que en verdad la sorprendió, sin embargo, fue lo que pasó por su mente. En una semana marcada por los piropos, no pudo evitar la comparación y pensó: "Cuando menos Antonio el instructor también tiene una carne rica como para corresponder".

Entró al súper pasmada por su reacción. No solo se había puesto (mentalmente) al nivel del viene viene, sino que estaba expresando ella misma un cumplido al cuerpo del instructor que, la tarde anterior, tanto criticara por vulgar. Llegó hasta el fondo del súper sin acordarse qué venía a buscar. Antes de ponerse a recordar, tuvo que poner en orden sus pensamientos. En efecto, los tres piropos recibidos en tres días consecutivos, le habían parecido inaceptables. Pero, sonriendo ampliamente, se auto confesó que le alimentaban el ego como ningún gran postre hubiera podido. En especial después de su fracasado intento por seducir a su marido, ocurrido la noche anterior.

Compró todo lo necesario para un flan.

- A ver, Jorge ¿cuál fue el avance de la reunión de ayer, qué ideas tenemos?

- Bueno, estuvimos explorando algunas cosas, pero no es nada firme todavía. Necesito seguir trabajando en eso.

- ¡No lo puedo creer! ¿Qué no te ha caído el veinte de lo grave que es nuestra situación? Sigues sin tener nada. ¿Sí reuniste a tu equipo ayer, al menos?

- Por supuesto, pero falta definir bien qué rumbo le daremos a la campaña.

- La verdad, Jorge, es que me decepcionas muchísimo, ayer no busqué todavía la ayuda de los demás grupos. Francamente pensé que tendrías aunque fuera un comienzo, algunas ideas, algo de dónde partir. En este mismo momento sí voy a solicitar que todos los grupos se concentren en esto. Ve a pensar en la campaña, reúne a tu equipo o hazle como sea, pero piensa en algo.

- Vamos ¿qué esperas, crees que es broma? No Jorge, no es broma, es semana y media para hacer lo que tuviste un mes y no avanzaste nada.

Jorge estaba consciente, pero no sabía qué hubiera podido hacer de manera diferente. Cada vez que encendía su computadora, el magnetismo de las páginas fetichistas era mayor que el de las necesidades del trabajo. Cada vez que se reunía con los creativos, su mente deambulaba por todo lo que haría con las piernas, los pechos, los cuellos de sus interlocutoras y no en lo que haría para vender el producto del cliente. También había fallado al no haber delegado un poco más en su equipo. Ser el geniecito de la publicidad ahora lo estaba contra atacando. Ellos esperaban que él tuviera las ideas y ellos hicieran la talacha, como lo había hecho a lo largo de toda su, no muy larga pero bastante exitosa, vida profesional. Ahora, cuando los necesitaba, cuando hubiera querido que le ayudaran a salvar la grave situación, ellos no estaban entrenados para crear. Sabían seguirlo y lo hacían bien, sabían complementarlo y detallar sus proyectos, pero no podían tomar la batuta. Cuando menos no en semana y media.

Nuevamente reunió a su equipo y volvió a explicarles lo importante que era avanzar, ahora sí hoy y no mañana. Empezó la lluvia de ideas, Jorge oía evaluaba y pensaba que tarde o temprano tendría su idea genial, que los interrumpiría para expresarla triunfalmente y que a partir de ahí ellos desarrollarían los detalles y se dedicarían a la talacha hasta tener una excelente campaña, como casi siempre le había sucedido.

La verdad es que no fue así. Jorge seguía evaluando las expresiones y los gestos de Clara y de Sonia e ignorando mayoritariamente a Javier. Lo que veía en ellas era provocador, una cuerda aquí, una mordaza allá, los ojos vendados, pinzas en lugares estratégicos. Serían buenas modelos para ensayar sus ideas de amarres. Se quejarían deliciosamente, responderían a su estimulación mucho más de lo que ellas mismas hubieran querido, porque no les quedaría opción. Sin embargo serían demasiado fáciles, serían marionetas, juguetes pasivos que no presentarían un reto. Ese miércoles, la situación tensa con Marta, le sugería una víctima más meritoria de sus esfuerzos.

Marta misma sería un verdadero reto. En especial con el nivel de enojo que le había visto esa mañana. Una circunstancia así representaba el verdadero núcleo de una fantasía de dominación. Una Marta que no quisiera ser partícipe, sino hasta el momento en que ya estuviera indefensa. En el cual, darse cuenta de lo mucho que, en el fondo, deseaba ser sometida, ya no fuera opcional sino inevitable. Que opusiera verdadera resistencia y hubiera que demostrarle cuánto deseaba el orgasmo, cuánto disfrutaba un poco de dolor. Que acabara plenamente satisfecha con todo aquello que no había buscado, sino querido evitar.

- ¿Vamos a las tortas, no? Se me antoja una de las de pierna, que se les desborda el aguacate y se te escurre la crema hasta el codo.

Por un momento Jorge no entendió la propuesta de Sonia ¿qué tenían que ver esas suculentas tortas con la campaña? Entonces salió de sus ensoñaciones y captó que ya era hora de comer. Otra vez se le había ido la mañana y, que él supiera, no había avance en la desgraciada, odiosa, inaguantable campaña de la fregada.

Hizo caso a Sonia y pidió la de pierna. No lo decepcionó, en verdad la hacían bien en esa pequeña lonchería. Lástima que quizá no duraría mucho ese negocio. La zona definitivamente iba para arriba y, tarde o temprano, los terrenos de los pequeños negocios se irían vendiendo para hacer grandes edificios u otro tipo de negocios más caros, más elegantes, más modernos. Esta tortería ya era de los pocos lugares baratos para comer en la zona. No podía quedar mucho tiempo antes de que el precio del terreno sobrepasara por mucho al valor de la renta que los torteros, por buenos que fueran, podían pagar. Ni modo el mundo cambia y hay que adaptarse o extinguirse. Jorge estaba en esa encrucijada, su mente o su manera de trabajar o su relación con Sara, habían cambiado, y necesitaba adaptarse.

Si a Sara no podía verla de esa manera, si Sonia o Clara probablemente no lo satisfarían, si seducir a Marta en menos de una semana y media no era realista, solo le quedaba una opción. La única manera de liberar su mente y poder ponerse a trabajar en serio sería buscar ayuda profesional. Regresando de las tortas, Jorge volvió a la computadora y a las páginas del sexo rudo, pero esta vez no buscó fotos o relatos, sino chicas especializadas en casos como el de él. Una sexo servidora para fantasías de dominación masculina, más conocida como una puta que se dejara amarrar. Sabía muy bien que le saldría bastante caro, pero más caro sería perder el empleo.

Marta hubiera querido evitarse esa vergüenza, pero no tenía remedio. Ya estaba actuando tarde, y si no lo hacía de inmediato, cada minuto extra contaría en su contra. Cuando Marta mencionó que el tema era la campaña inconclusa, Felipe la hizo pasar sin más preguntas. La expresión de él hizo que Marta se sintiera de nuevo en la primaria. Como niña regañada que va a la oficina del director. Se había portado muy mal y ahora le tocaría el sermón del siglo. La sensación de haber fallado y no saber qué contestar siempre le había parecido mucho peor que unas buenas nalgadas. Hasta podía decir que envidiaba a sus compañeras, cuando le relataban esas nalgadas caseras, que les habían tocado la tarde anterior por tal o cual travesura. A ella jamás le había tocado castigo de ese tipo en su casa. El director o su mamá o lo que fuera se limitaban a hacer preguntas idiotas: "¿Por qué hiciste un batidillo en el baño o por qué rompiste la maceta de un escobazo?" ¿Qué tan tontos podían ser los adultos? Como si los involucrados en un accidente tuvieran razones para su desgracia. Ojalá ella no cayera en la técnica correctiva del pregunta idiotismo cuando tuviera hijos, si es que algún día los tenía. Mucho más fácil hubiera sido aguantarse el dolor de las nalgadas o llorar o lo que tocara, que buscar respuesta a esas preguntas idiotas y aguantar la mirada del regañante.

Por supuesto que esta vez no se trataba de ningún accidente. Esta vez sí tenía una respuesta y aún no se cansaba de repetírsela: "Por confiada, por creer que Jorge estaba más allá de la supervisión y no haberle pedido el avance antes". Felipe no resultó tan idiota. No regañó a Marta ni le hizo preguntas idiotas. Tampoco le dio nalgadas. Pero la sensación de Marta no fue muy diferente al pararse frente a él y explicarle la situación. Hubiera preferido las nalgadas.

- Por supuesto, Marta, tienes mi autorización. Pon a todos a trabajar en esta campaña. Después tendremos que ver cómo subsanar el tiempo que nos vamos a robar de las otras campañas. Bueno, eso si sobrevivimos. Vas a tener que darle más seguimiento a Jorge para la próxima, no puedes darle tanta rienda suelta.

- Sí, la verdad es que nunca me había fallado y viene a hacerlo en el peor momento. No sé si voy a poder confiar en él después de esto.

- Eso ya veremos, como creativo es de lo mejor que hay, pero no pierdas tiempo en eso ahorita. De momento usa cualquier recurso a tu disposición para motivarlo. Después decidiremos qué le toca por la falla. Por lo pronto a darle, no podemos, ni de chiste, arruinar esta campaña.

Faltaba otro trago amargo. Hablar con los otros grupos creativos y exhibir otro poco más su error ante todos. Hablando de nalgadas, hubiera querido dárselas a Jorge y de qué manera. Ahora tenía que pensar en otra manera de motivarlo, porque la inminencia de la ruina de la empresa no parecía estar surtiendo efecto. Tenía la instrucción precisa de Felipe de buscar la manera de motivar a Jorge empleando cualquier recurso disponible. Ahora era ella la que necesitaba las ideas creativas.

Sara llegó intrigada al Gimnasio esa tarde. Quería saber si en verdad el aspecto de Antonio le parecía, en alguna medida, atractivo o simplemente había sido su reacción a la extrema fealdad (y antipatía) del cuida coches del súper. También podría ser la chispa que estaba resurgiendo en su mente esa semana, a partir de que empezó a sentirse nuevamente una mujer atractiva.

Al ver a Toño se decepcionó un poco, pero no pudo negar que lo vio de manera diferente. Con algo de curiosidad y se fijó en detalles en los que jamás había puesto un gramo de atención. Esa nueva observación le reveló algo que no esperaba. No era la primera vez que admitía que Toño le caía bien, sin embargo, nunca se había puesto a analizar el por qué. Naturalmente que un buen empleado, alguien que cumple correctamente con sus funciones y hasta un poco más, siempre cae bien, pero Toño además tenía una forma particular de hacerlo.

- A ver Sarita, ahora pásate acá a la tabla de las abdominales. Sin poner esa cara. Cinco series de diez y nada de hacerte guaje entre series. Si te veo descansando de más te aumento otras dos series. ¿Está claro?

- Enterada capitán.

Sara se le cuadró más divertida que en otras ocasiones. Nunca le había gustado el diminutivo "Sarita" pero lo demás sí le gustaba. Además de organizar bien las rutinas y lograr resultados en los cuerpos de las clientas, le gustaba el tono autoritario de Antonio. Siempre le había gustado, pero apenas ahora estaba aislando la razón. Solo ahora que se concentró más en lo que dijo y cómo lo dijo. Estaba distinguiendo el verdadero origen de su simpatía por Antonio.

Sara sonrió para su interior. Si confesara al mundo ese pequeño descubrimiento, podría conseguirse un montón de enemigos. Hasta la correrían de la chamba, probablemente. Se trataba de un tema que conocía muy bien desde su adolescencia, pero lo tenía bien guardado. El mundo sabe bien que muchas mujeres tienen fantasías de violación en el terreno sexual, pero nunca se sabe cuáles de ellas sí y cuáles no. Sara llevaba con orgullo, pero con discreción, el estandarte de una mujer con un grado muy desarrollado de ese gusto.

Antes de casarse con Jorge fantaseó con decírselo. Después de todo, era un tema crucial para su matrimonio. Todo quedó en fantasía. Jamás se animó a explicarle a Jorge la manera en la que podía sacarla radicalmente de la órbita de la mundanidad sexual. Nunca se había aburrido con Jorge, incluso diría que, hasta antes del embarazo, había estado razonablemente satisfecha. Muchos orgasmos, diversión, ternura, placer, sí. Pero nunca había logrado probar el arrebato absoluto al que intuía perfectamente que podía llegar, si el clima de la actividad sexual fuera de rapto, tortura, violación. Después se convirtió en la esposa honorable, la nuera decente, la hija modelo, la maestra ejemplo y para colmo, la mamá amorosa. No había encontrado el momento de ser la prisionera de guerra, la activista política capturada, la víctima de un criminal sexual insaciable, la esclava de un rey con muchos subalternos a quienes complacer.

Tenía muy claro que no estaba enferma y no se sentía mal con su extravagante sexualidad. Por supuesto que no quería ser violada. Quería solamente jugar a ser violada y de una y mil maneras usada. Si acaso algo la hacía sentir mal era precisamente el no haber podido confiárselo a su marido, a su compañero de momentos íntimos, a quien debería ser su cómplice y compañero de juegos, por no decir su carcelero abusivo. Se arrepentía de no haber podido organizar ese juego con quien, en otros aspectos, compartía su intimidad y los detalles privados de su vida. No se arrepentía de querer gozar un placer tortuoso y complicado, pero a fin de cuentas satisfactorio y muy disfrutable.

Terminó las abdominales sin siquiera darse cuenta. No tuvo tiempo para descansar.

- Perfecto. Siguen los pectorales, que por cierto, van por buen camino... Seis series de doce y hoy le vamos a aumentar otro par de kilitos. ¡Arriba, es para hoy! Si no te apuras, te voy a... bueno no te puedo decir frente a todas estas señoras, pero más te vale que empieces ya.

No podía creer que hasta hoy se estuviera dando cuenta de que la energía y el tono de Antonio coincidían precisamente con la actitud que hubiera pedido en la cama. Un macho alfa dispuesto a tomar lo que quiere y que la tomara a ella por la fuerza. Un patán egoísta que la obligara a múltiples prácticas sexuales, inverosímiles para una educadora con título profesional, que ella se moría por probar.

Todo eso salió explosivamente impulsado, por la presión de los años, de un cajón olvidado en la soltería de Sara. ¡Qué semana de inquietud! Como si su libido hubiera arrebatado el control y estuviera retomando un rumbo que su prudencia hacía tiempo creía haber abandonado.

Después de los pectorales Sara hizo glúteo, muslo y pantorrilla. Nada que le permitiera distraerse de su recién destapada caja de Pandora. Finalmente fue a cambiarse y tuvo un poco más de calma para pensar el asunto. Era innegable que Antonio tenía el estilo rudo de sus fantasías, no parecía importarle incomodar con sus comentarios vulgarsones y era francamente autoritario en su manera de decir las cosas. Pero no era Antonio, era Sara la que estaba cambiando. Los piropos que se había ganado esa semana eran la gota que estaba derramando el vaso. El cambio era interno. Recuperar su peso, poder usar ropa que tenía guardada desde los primeros síntomas del embarazo, sentir la firmeza de sus músculos estaba avivando las brazas de su sexualidad, estaba recuperando la Sara voluptuosa y fácilmente excitable de un par de años atrás. Involuntariamente esto le provocaba que enfocara detalles, hasta ahora, parcialmente ignorados en su entorno, como por ejemplo Antonio.

Esa tarde no platicó mucho con Mónica en la cafetería. No quería toparse nuevamente con Antonio y su mirada invasora. Quería irse a casa a reflexionar qué le pasaba y para qué le serviría. Estaba contenta, si bien un poco intimidada. Sentía venir una decisión importante y no estaba segura de que fuera la correcta. Lo que sí sabía era que esa decisión estaba prácticamente tomada. Alguna parte de su mente le estaba informando simplemente cuál era la decisión sin darle la opción de no tomarla. Quería experimentar en la realidad lo que tanto la excitaba en fantasía. Iba a buscar la realización de esos episodios de fantasía y no quería tardarse en hacerlo. Jugaría a Sara la víctima de la catástrofe sexual, pasara lo que pasara. Así de simple, la decisión era un hecho y ya solo habría que decidir los detalles.

Decidió pasta para esa noche. Jitomate y crema en una sartén, la pasta en una olla y un frasco de pesto en el recipiente para servir la pasta. Una receta de otra maestra de la escuela. Cuando la crema estuviera rosada por el jitomate hirviendo en ella, simplemente habría que vaciar el pesto y revolver bien. Cualquier italiano hubiera puesto el grito en el cielo (no por nada la receta se llamaba "sacrilegio de pesto") pero a Sara le encantaba y era una receta cómplice en la conquista de Jorge.

Sara dejó todo listo, solo habría que prender la estufa cuando Jorge llegara. Salió con Jorgito al balcón del departamento. El viento estaba un poco frío, pero agradable, su piel estaba en una nueva modalidad sensual y todo lo sentía rico. Cubrió un poco más a Jorgito y se sentó a observar las luces de los aviones dar la vuelta hacia el noreste en su aproximación al aeropuerto. Tenía varias opciones, pero, para decidir necesitaba más información.

¿Cómo averiguar si un hombre en particular podría jugar el rol complementario en sus fantasías? Antonio, por ejemplo ¿cómo saber si en el rol sexual exhibía el mismo tipo de personalidad que en el rol de instructor de gimnasio? O Jorge, aunque su personalidad no fuera propiamente la del abusivo, sí era asertivo y seguro de sí mismo ¿qué tal que, pidiéndoselo, hiciera una magnífica actuación? Ella misma, con sus alumnos era estricta y exigente, siempre llevaba la batuta, pero quería perder el control y dejarse arrasar en lo sexual. ¿Se podría concluir que la personalidad sexual sea inversa de la de otros temas? Si fuera así, quizá Antonio sería un fracaso, pero con Jorge la cosa estaba más complicada ¿a qué le podría llamar rol inverso en el caso de Jorge? En todo caso ¿cómo plantear el tema a un posible prospecto? ¿Cómo exponerse sin exponerse? ¿Cómo ofrecer una vulnerabilidad extrema sin acabar siendo vulnerable ante quien no la respetara o entendiera? ¿A qué estaría dispuesta para satisfacer su necesidad, a escandalizar a su marido, a ir fuera del matrimonio? Por lo que en otros momentos había leído, sabía que estos temas no eran tan extraordinariamente infrecuentes, aún así ¿qué tan probable era que hombres como Antonio o Jorge fueran aficionados al tema o, cuando menos, estuvieran dispuestos a hacer la prueba para complacerla? Y si no ¿cuánto o hasta dónde tendría que buscar para encontrar uno que sí?

Jueves.

Ese jueves Jorge se fue de la oficina a la hora de salida oficial. A pesar de que todo el mundo se estaba quedando hasta tarde, él decidió que unas horas no harían ninguna diferencia. Tenía un compromiso familiar. La fiesta infantil de su sobrina, la hija de su cuñada, la hermana mayor de Sara. La verdad es que Jorgito todavía estaba muy chico para disfrutar una fiesta así, pero había que mantener buenas relaciones con la familia. Además ya estaba harto de la discusión en la agencia.

Todo el mundo lo veía como el gran culpable de la situación de emergencia que se vivía, y sí lo era, pero oírlo cada media hora no le ayudaba en nada. Para acabarla de fregar, las ideas de los demás grupos creativos eran, en el mejor de los casos, mediocres. Todo se estaba perfilando para que se acabara por seleccionar y trabajar sobre de una de esas ideas mediocres, lo cual, muy probablemente tendría los mismos resultados catastróficos que no tener la campaña. Como fuera, perdería la chamba y el respeto de sus compañeros. Su currículum podría serle suficiente para encontrar otro trabajo en publicidad, pero, después de un gran fracaso, ni de chiste conseguiría un sueldo comparable. El crédito hipotecario del departamento empezaba a verse en peligro.

En el fondo, lo que más le preocupaba, era que no había podido resolver la causa, seguía sin poder concentrarse y con una obsesión enfermiza por su tema sádico. Esa mañana, por ejemplo, había invertido más de un par de horas, antes de entrar a las reuniones con los creativos, en buscar información sobre prostitutas que ofrecieran el servicio que él necesitaba. Las encontró, pero le iba a salir en un ojo de la cara y, como era de esperarse, tendría que pagar incluso más por la prisa. Necesitaba hacer esto y probar si le daba resultados ese mismo fin de semana. Tuvo suerte al poder hacer una cita para el día siguiente, viernes, en la noche. Sólo así tendría una semana, si la solución funcionaba, para resolver lo de la campaña. Lo que menos le gustaba del asunto era que le pedían mucho más información que un servicio sexual convencional. Lo entendía, porque el nivel de riesgo involucrado para las chicas era considerable, pero él solo quería jugar, no pensaba lastimar a nadie, y le molestaba tener que exponer así su identidad.

- Ya te pasaste Jorge.

Se le heló la sangre, por un momento pensó que venía pensando en voz alta o que Sara había aprendido a leer su mente. Pero no, se había pasado porque era necesario dar una vuelta anticipada, ya que la casa de la cuñada estaba en una calle de sentido contrario a como ellos venían. Ahora tendría que hacer un rodeo como de cuatro cuadras par corregir.

Sara también venía distraída, si no, le hubiera recordado la vuelta a tiempo. Era increíble, de todas maneras, habían venido como cien veces a casa de su hermana desde que conocía a Jorge. De cualquier modo Sara no quiso armar una discusión porque se sentía culpable. Seguía dándole vueltas a la posibilidad de pedir a Toño que experimentara con ella. Sabía que Jorge estaba pasando por un momento difícil en el trabajo, eso se le notaba a leguas y pensaba que echarle una complicación de ese tamaño podría ser contraproducente. Tendría todo el fin de semana para pensarlo, porque al día siguiente no iría al gimnasio. Tenía la reunión con las de la prepa. Tan buenos habían sido los resultados indirectos del gimnasio esa semana, que hasta le daban ganas de ir al gimnasio en lugar de la reunión. Pero no, la reunión estaba planeada y anunciada desde hacía cuatro meses, ya se había comprometido, era demasiado tarde para arrepentirse. Además era una buena oportunidad de que sus amigas vieran que ella había recuperado una gran figura después del embarazo. Más de una de ellas estaban ya bastante pasadas de volumen. Hubiera querido tener la grabación de los piropos recogidos hasta el momento para mostrárselos.

La fiesta estaba aburrida. Para Jorge, por supuesto, los niños se veían divertidísimos. Además la situación le resultaba deprimente. Si perdía la chamba, casi seguro que el segundo cumpleaños de su hijo llegaría cuando él estuviera en pleno proceso de buscar y en el momento en el que más necesitaría ahorrar. No quería verse forzado a que la segunda fiesta de Jorgito fuera radicalmente más austera que esta.

Sara no se divertía mucho más, prácticamente se la tenía que pasar cuidando a Jorgito. Si aún no caminara, sería más fácil. O si ya caminara y jugara con plena confianza y estuviera de un tamaño adecuado a los juegos un poco violentos de los demás niños. Así como estaba la cosa, estaba esclavizada en ver que ni lo atropellaran, ni mantenerlo demasiado atrapado a su lado. No tenía mucha oportunidad de platicar mucho con su hermana ni con las primas. No dejó de preguntarse si ellas tendrían inquietudes similares, si sus maridos las amarrarían a la cama y les meterían toda clase de artilugios vibratorios, si las "obligarían" a darles sexo oral, anal o quién sabe qué otra clase de variantes que ni ella, la perversa, se imaginara. Como matemática profesional, tenía gran curiosidad por conocer las estadísticas del tema. ¿Cuántas de las mujeres presentes serían víctimas voluntarias como ella? ¿Cuántas, al contrario, quisieran ser depredadoras y victimizar a sus maridos? ¿Cuántas lo mantendrían en secreto como ella y cuántas lo habrían dicho abierta o no tan abiertamente? ¿Cuántas, de las que lo hubieran dicho, lograron resultados positivos y para cuántas resultó un desastre? ¿Cuántas encontraron satisfacción con sus parejas y cuántas buscaron por otro lado? ¿Cuántos de los niños presentes habrían sido concebidos durante una dramatización doméstica de una violación u otro tipo de juego y cuántos en un intercambio de fluidos aceptable para los guardianes de la moral?

Jorge hubiera querido tener más tiempo esa tarde, para reflexionar sobre lo que estaba a punto de hacer, No es que creyera que, con más tiempo, hubiera tomado otra decisión. Ni que todas sus horas de no trabajar seriamente en la oficina le hubieran sido insuficientes, sino que no estaba bien convencido de su decisión. Cada vez que veía a Sara atrás de Jorgito volvía a concluir que no podía pedirle a ella que se sometiera a sus extraños gustos. Cada vez que él mismo entraba al juego con su hijo recordaba lo necesario que le era recuperar su concentración creativa y lo imposible que le parecía resolver la situación de otra manera.

Un punto a favor en la fiesta fueron las tortitas, quesadillitas y pambazos. No eran los típicos secos y vacíos que a veces tocan en esos eventos. Los pambazos con buen chorizo, frijoles, lechuga y hasta aguacate. Las tortas con pollo deshebrado, jitomate, cebolla y en dos versiones: con y sin chile. Las quesadillitas sin demasiada grasa y cada una con su hoja de epazote. El guacamole, en su punto.

- Vamos a pedirle los datos de los que hicieron estos bocadillos a tu hermana. Por si en el cumpleaños de Jorgito queremos hacer algo parecido, ya sabemos quién sí los hace buenos.

- Claro que sí, muy buena idea.

Diana, la hermana, no estaba a la vista. Entraron a la sala para buscarla y de ahí, por la ventana la vieron en el patio de atrás. Al salir vieron también a unos niños que jugaban en el barandal de los rosales. Los dos se quedaron congelados un momento. En el juego, una niña delgadita de pelo largo y suelto luchaba por des amarrarse de la cuerda que la tenía sujeta al barandal. Los demás la observaban sin aparente intención de ayudarla.

Sara, con trabajos, quitó su atención de la niña y le preguntó a Diana por el servicio de bocadillos. Ella le prometió darle una tarjeta antes de que se fueran. Entonces Sara preguntó por lo que, de pronto, ya le interesaba más:

- Bueno y estos niños a qué juegan. Pobre niña ¿qué hace ahí amarrada?

- ¿Cómo ves? Lo que se les ocurre a estos. Según ellos es el juego de "Houdini". Es a ver quién logra zafarse más rápido de los amarres que le hagan los otros. Ya sabes, una forma más de complicarle la vida a sus padres, maltratar toda la ropa y buscarse accidentes innecesarios.

- Bueno, cuando menos no están solamente pegados a la tele como con las consolas de juego.

- Pues sí, pero aquí hay que estar vigilándolos, si no van a acabar ahorcados o algo por el estilo. Por cierto ¿te puedo encargar tantito? Voy a ver si ya estamos listos para partir el pastel.

- Ajá.

Sara no podía quitarle los ojos de encima a la niña y el progreso de su escape. Hacía un momento no parecía tener posibilidad de zafarse y ahora estaba a punto de hacerlo. ¿Cómo había logrado deshacer el nudo que tenía en la cintura con las manos amarradas atrás y sin poder ver lo que hacía? En su lugar, hubiera querido que los otros niños hubieran sido más hábiles y el amarre hubiera resultado más efectivo.

Jorge también estaba prendado de la escena. Por su lado, él analizaba los errores que ellos habían cometido y pensaba qué cuerdas habían faltado para que la flaquita se hubiera quedado sin poder escapar.

Cuando la niña logró sacar las manos y se agachó a des amarrarse los tobillos, fue evidente que ya nada la detendría, el amarre había fracasado. Entonces, Jorge y Sara finalmente pudieron desprender la mirada de la acción y voltearon a verse. Por un momento intercambiaron una mirada en la que cada uno creyó leer el entendimiento de lo significativa que era la escena para ambos.
Sara recordó lo mucho que le gustaban esas miradas de Jorge cuando apenas se conocían. Con la cotidianidad se pierden algunos de esos momentos tan intensos del proceso de seducción. La mirada penetrante y llena de intención de Jorge, era ahora solo era esporádica. Como por ejemplo en ese momento. Quizá era uno más en su semana de los piropos. ¿Sería que el gimnasio también estuviera surtiendo efecto en él?

Jorge también recordó con gusto esa conexión y le pasó un brazo por la cintura a su esposa. El amarre que él pudiera hacer con ella sería mucho más restrictivo, la pondría más incómoda y aprovecharía algunas cuerdas para estimularla sexualmente.

Jorgito, desde el brazo de su madre, le pellizcó la nariz y él se puso a hacerle cosquillas por unos segundos.

Era el turno de otro niño, ahora uno evidentemente más grande y fuerte. La niña flaquita se puso a trabajar. Inesperadamente, ella resultó más eficaz. Jorge, de inmediato reconoció que la ruta de la cuerda y la posición de los nudos le iban a complicar más la vida a este niño.

Para Sara tampoco pasó desapercibida la eficacia de la chavita. Eso necesitaría ella. Un amarre verdaderamente inescapable, algo incómodo y, por supuesto, erótico. Jorgito estiró los brazos hacia su papá y Sara se lo pasó. Notó que él estaba concentrado en la actividad de los niños. ¿Algo pudiera inferirse de esta atención?

Jorge, a través de los dedos de su hijo, que le estrujaban la nariz y los cachetes, siguió observando a la niña manejar la cuerda. Los pies del niño grande ya estaban bien juntos y las manos atrapadas contra el cuerpo. Él hubiera procurado ser igual de certero que la niña, pero su elección de la posición hubiera sido mucho más expuesta. En lugar de juntar, hubiera separado, buscando acceso en lugar de bloqueo. Volteó a ver a Sara, pero ella observaba el juego. Un cuerpo así le gustaría amarrar, justamente como el de su esposa, con zonas de interés bien claras que exponer y encuadrar. El interés que ella ponía en el juego ¿sería una señal que él debiera tomar en cuenta?

La niña dio por terminada su parte y le dio luz verde al niño para intentar escapar. Sara sintió la humedad reveladora en su entre pierna. El niño no podría escapar, o cuando menos eso calculaba ella, eso quería pensar, imaginándose a sí misma en esa situación. ¿Y si ni Jorge ni Toño resultaban buenos para hacer los amarres? Casi suelta la carcajada al pensar que debería contratar a esa niña para que le enseñara la técnica a cualquiera de los dos.

Jorgito movió los pies y prácticamente se paró en una erección parcial dentro del pantalón de Jorge. Mientras se acomodaba un poco a su hijo, Jorge tuvo una duda. ¿Qué tal resultaría él para manejar la cuerda y hacer los nudos? Había visto decenas de miles de fotos y era razonablemente hábil con las manos, sabía hacer nudos básicos. Pero ahí estaba el niño que había fallado al amarrar a la flaquita escurridiza. En cambio ella, al parecer tenía indefenso y atrapado al niño grande, estaba por ganar el juego.

Era imperativo que su cita del día siguiente fuera satisfactoria. Él no podría hacer un amarre fracasado mañana. Jorge sentía que todo su futuro cercano dependía de esa satisfacción. En verdad estaba obsesionado. Con solo ver a esos niños jugar, se había excitado y ya creía ver, hasta en su mujer, signos de respuesta erótica con el tema del amarre. ¡Qué locura!

Sara observó serena a los niños. Estaba convencida por su decisión. Si los niños podían jugar a Houdini, por que no podría ella jugar a Jack el destripador. Solo le faltaba decidir quién haría ese papel.

De regreso de la fiesta, en el auto, Jorge decidió que era el momento de empezar a armar su excusa para la noche siguiente.

- Oye, con esto de la campaña que traemos atrasada, necesito quedarme mañana un rato en la agencia a darle, para que salga a tiempo.

- ¡Ay no! Quedaste de que te quedabas con Jorgito porque yo voy a cenar con las de la prepa, no me la cambies ahorita.

- Ah sí es cierto, la mera verdad se me había olvidado. Pero ¿no podrías dejarlo con tu mamá?

- Sí podría, pero tú habías quedado en eso. ¡Qué mala onda! Si lo llevo con mi mamá voy a llegar tardísimo. Ya sabes cómo se pone el tránsito hacia el norte a esa hora. ¿No puedes trabajar en la casa?

- Sí podría, pero como hoy no pude quedarme, por la fiesta, nos pusimos de acuerdo para mañana.

- La verdad se me hace pésimo de tu parte que me avises hasta ahorita. Ya a estas horas no puedo organizar nada. Y mañana ¿a qué horas quieres que me ponga a buscar a quien se quede, porque de plano ir hasta casa de mi mamá, no lo pienso hacer. Y tampoco le pienso decir a Lupita que se quede, porque a la hora que lleguemos ya va a ser muy tarde para que se lance a su pueblo. Francamente ahora sí la amolaste en grande.

La sensación de culpabilidad de Jorge lo obligó a ceder, pero también le dio una idea. Quedó firme en reorganizar el conflicto del viernes, pero de una vez anunció que, muy probablemente, la cosa se cambiaría para el sábado.

Jorgito ya estaba dormido cuando se estacionaron en el sótano del edificio. Jorge lo cargó durante la subida en el elevador y siguió a Sara hasta la puerta del departamento. Ella abrió y se agachó a recoger un aviso de la administración que habían echado por debajo de la puerta. Lo que Jorge vio dentro de la falda de Sara llamó mucho su atención. Le cayó el veinte de que Sara había recuperado plenamente su magnífica figura, ojalá así de bien estuviera la puta que le tocara para el sábado. Y ojalá que se pudiera cambiar la cita sin mayor complicación.

Viernes.

La costumbre de Sara, de hacer estadísticas para todo, nuevamente se manifestó en ese momento. No podía creer lo que acababa de oír. Ahora también Julia, la anfitriona esa noche, estaba confesando haberle puesto el cuerno a Pedro, su marido. Eso quería decir que, cuando menos de las que estaban allí esa noche, el porcentaje de actividad fuera de sus respectivos matrimonios podía calcularse en...

No pudo terminar las cuentas, porque en ese momento probó el chile cuaresmeño relleno de carne de cerdo deshebrada que había traído Magdalena para botana. No era la primera vez que los probaba. Ya a otra reunión Magda les había traído ese fenómeno culinario hecho por su mamá en Xalapa. Y un par de veces más, los había hecho ella, pero no le habían quedado así de buenos. Esa era la distracción. Que esta vez Magda sí los había logrado al nivel de su madre. La dificultad estaba en el balance. Si el chile picaba demasiado, si el vinagre se sentía muy ácido, o la carne muy grasosa, o las cebollas muy crudas o muy deshechas, si se le pasaba el orégano, o la tinga quedaba pasada de dulce o el escabeche muy aguado; entonces no quedaban como los traídos desde Xalapa. Esta vez, por primera, que Sara supiera, a Magda le habían quedado precisamente en su punto. Los chiles estaban tronadores y la carne suave, el sabor no era un encimadero de diferentes cosas. Había quedado como un mosaico armónico e integrado. Todos los componentes contribuyendo a un sabor y textura únicos y coordinados, en pleno equilibrio, nada que criticar.

Sara sintió la cara caliente por el picor del chile y recordó otras sensaciones igualmente dolorosas pero placenteras. Desafortunadamente el éxito de los chiles había cambiado el rumbo de la conversación, y ella necesitaba regresar. Ahora todo el mundo hablaba de cómo preparar los chiles y qué aceite usar y demás. Sara, ese viernes, necesitaba particularmente oír de infidelidades, aventuras, técnicas subrepticias y toda clase de maniobras secretas. Para asegurarse de que la conversación regresara al buen cauce, decidió hacer un comentario que, según ella, fuera suficientemente impactante.

- Pues yo alguna vez también he pensado en buscar condimento sexual fuera de casa. No lo he hecho, pero sí lo he pensado.

- Bueno, Sara, pensarlo no indica nada. Yo creo que todas lo pensamos a veces. Lo importante está en hacerlo. Si lo necesitas, hazlo. Antes que esposa eres un ser humano y tienes que satisfacer tus necesidades.

Nunca lo hubiera hecho. El tono de la conversación se volvió más agresivo. De una confesión discreta entre amigas pasó a un torbellino de emociones. Julia admitió que, si bien lo había hecho y obtenido satisfacción sexual, ahora la culpa la tenía profundamente incómoda. Paola insistió en que el matrimonio no era más que una imposición histórica y que, tarde o temprano, se derrumbaría bajo el peso de la sexualidad libre. Virginia, la dentista, les recordó el importante peligro de las enfermedades de transmisión sexual. Susana lo puso en términos de venganza, si los maridos lo hacían, y ella estaba segura de que casi todos ¿por qué ellas no podrían darles una sopa de su propio chocolate? Gabriela estaba escandalizada, nunca supieron si era por la posibilidad de pensar que ella misma pudiera buscarse un amante o por la sugerencia de que quizá su esposo ya lo hubiera hecho. Adriana también confesó, por primera vez, que llevaba ya varias aventuras y cada una con un hombre diferente. Terminó llorando en brazos de Lucía, quien nunca quiso aclarar su situación al respecto. Marcela llegó incluso a insinuar que el promiscuo de su marido pudiera haber sido una de las conquistas de Adriana y hubiera subido el tono de las reclamaciones, pero Esperanza las distrajo con un discurso de moralidad cristiana tan irreal que, afortunadamente, invocó nuevamente la risa entre las amigas.

Finalmente los ánimos se calmaron y la plática fue derivando en otras cosas. Para cuando pasaron a cenar, otra vez eran las buenas amigas y madres de familia respetables que siempre habían sido. Sólo Gabriela se veía todavía como asustada. Ya en la mesa, Sara tuvo la oportunidad de retomar su estadística. Entre once amigas, cinco confesaban abiertamente algún desliz, una se negaba a responder, ella misma estaba indecisa y las cuatro restantes juraban no haberlo hecho nunca. Es decir que de ella dependería que la infidelidad existiera en más o en menos del cincuenta por ciento del grupo, a menos que Lucía sí y las nunca infieles, resultaran, además, mentirosas.

Sara no era tan moralista. Consideraba que el tema era muy personal y, a fin de cuentas, un problema de cada pareja y sus acuerdos. Sin embargo, sí la impactaba el resultado de la estadística. Nunca hubiera pensado que prácticamente la mitad o hasta más, de la muestra que tenía a la mano, tuviera actividad sexual extra marital. En especial en una sociedad en la que, supuestamente, es un tema muy mal visto. Durante la cena, Sara tuvo tiempo para reflexionar su postura de cara a la nueva información. La verdad es que ninguno de los platillos de Julia estuvo a la altura de los chiles de Magdita, pudo concentrarse plenamente.

Conforme el momento del postre se acercaba, Sara fue armando el rompecabezas de sus ideas. La intensidad que había visto en las reacciones y expresiones de sus amigas le había ofrecido una ventana a su futuro. Entre el arrepentimiento de Julia, el pánico de Gabriela, el enojo de Susana, el cinismo de Paola, la hipocresía de Adriana y la advertencia bien fundamentada de Virginia, la razón de Sara encontró una salida. Haría la propuesta a su marido y sólo en caso de que él se negara voltearía su atención nuevamente a Toño.

Había únicamente dos postres. Demasiado pocos para una reunión de amigas respetable. Sin embargo la sonrisa de Sara estaba radiante. Al circular los platos del pastel de chocolate, Julia se dio cuenta y lo mencionó.

- Miren a esta, se ve que le encanta el pastel de chocolate.

Sara no contestó, se limitó a ver en su interior y sonreír incluso más. Hasta le costaba trabajo entender que no hubiera visto antes una solución tan sencilla. Si Jorge no sabía cómo hacerle, aprenderían juntos. Si una mocosa flaquita podía amarrar bien a puro instinto, Jorge no tendría problema, en el peor de los casos le tomaría algo de práctica y ese proceso también sería divertido para ambos. La tarta de mango regresó a Sara a la reunión. Cosa que no había podido hacer un pastel de chocolate totalmente olvidable.

- Pues ese pastel de chocolate tenía algo más que chocolate, vean cómo sigue Sara.

Sara no se esperaba el comentario de Virginia. Llevaban ya un par de minutos levantadas de la mesa y ayudando a Julia a recoger. Nuevamente se refería al aspecto feliz y complacido en la expresión de Sara. Todas entraron a la especulación, todas la observaban y ella seguía encantada con su decisión, no le importaba ser el objeto de la burla del momento.

- Ya sé qué le pasa, miren el cuerpazo que se carga. Súper, te recuperaste muy bien. En verdad estás como antes del embarazo, si no es que mejor.

Recibió abrazos y felicitaciones, no faltó alguna que otra mirada de envidia, pero la intuición escéptica de Paola no se dejó engañar.

- No. No es eso. Digo, claro que trae una figurita envidiable, pero la traía desde que llegó y no estaba así de contenta. Algo ocurrió, vean su mirada y esa sonrisa que no puede esconder ni detrás de la pared. Está como luminosa, como que trae un secreto recién descubierto.

- ¿No te habrás dado cuenta de pronto que otra vez estés embarazada?

Sábado.

La gran felicidad de Sara había sido bastante efímera. Luego de asegurar a sus amigas que no se trataba de un embarazo y de dejarlas inevitablemente con la duda, regresó a casa decidida a pedir cumplimiento de sus fantasías a Jorge. A pocas cuadras de su edificio, sin embargo, su valor había flaqueado. ¿Cómo se dice algo así? No era exactamente como pedir que la llevaran de crucero. Ni siquiera como sugerir una noche romántica con todo y concierto de Luis Miguel, que cualquier hombre odiaría. ¿Qué pasaría si a Jorge no le parecía tan divertido ni tan natural? ¿Hasta qué punto podría llegar él si no estaba de acuerdo con la idea? ¿Sería esta una causa potencial de separación entre ellos? Las viejas dudas de Sara regresaron amplificadas. Entre amigas todo había parecido más fácil, ante él nuevamente se sentía incómoda para pedir una actividad no muy bien vista por el mundo. Le tenía confianza a Jorge, pero este era un tema ante el cual no conocía la opinión de su marido. Esa noche, de plano no pudo decir ni una palabra a Jorge. Se habían ido a la cama cada uno preocupado con lo suyo.

Jorge salió temprano, como casi todos los sábados, a jugar futbol con los amigos. Tenía confianza en su plan, pero los detalles seguían complicándose. La prostituta sí podía atenderlo esa noche, pero sólo después de las nueve. Ahora necesitaba inventar una buena explicación para justificar que el trabajo en sábado, se fuera a hacer tan tarde. Desafortunadamente ya estaba empezando a dudar de su legendaria creatividad.

Sara se levantó con las mismas dudas de la noche anterior. Después de que Jorge saliera, volvió a concentrarse en el tema y revisó sus últimas decisiones. La sensación cálida de haber hecho a un lado a Toño regresó para confirmar que esa complicación, en el fondo, no la quería. Solo faltaba decidir si el tema de sus deseos sexuales profundos quedaría en el plano imaginario o si correría el riesgo al tratar de incluir a su marido.

Jorge, por su lado, estaba bien decidido. No se le ocurría otra solución y tampoco tenía tiempo para buscar nada más. Su ánimo, si embargo no estaba tan entusiasta. Incluso si el plan funcionaba y la campaña resultaba satisfactoria, aun si después de eso podía concentrarse más y mejor en su esposa e hijo, no estaba seguro de que el resultado a largo plazo fuera benéfico. ¿Cómo explicaría todo esto a Jorgito hipotéticamente? ¿Así se pisotean los acuerdos entre adultos? ¿Qué pasaría después, cuánto tiempo duraría la satisfacción? ¿Tendría que seguir viendo a alguna prostituta con regularidad? ¿Hasta dónde era esto en verdad lo mejor para su vida en pareja o solo el principio del fin? Los demás jugadores notaban su distracción y empezaron a quejarse por su ineficacia en la cancha.

Después de jugar y cantar con Jorgito, Sara se metió a la cocina. Tenía ganas de hacer algo especial, algo que la inspirara y motivara. En el fondo lo que quería era un empujoncito para decidirse y solucionar el otro asunto, el de la alcoba, porque de comer, Lupita le había dejado ya listo un excelente pollo con chilpotle. Además, desde el miércoles tenía todos los ingredientes que había comprado para un buen flan. Lo que hubiera querido era agradar tanto a Jorge con una maravillosa comida que él aceptara su propuesta sin objeciones, o mejor aún, que adivinara su pensamiento y resultara, también él, aficionado al mismo tipo de juego. Casi soltó una carcajada, estaba pensando a la antigua. Llegar al corazón del hombre a través del estómago.

El equipo de Jorge perdió. No todo fue culpa de él, también César y Federico cometieron errores garrafales, pero no le gustaba la situación. Ánimo era lo que necesitaba en lugar de más decepción. Bien en el fondo sabía que estaba caminando por el borde de un peligroso abismo, tan solo tenía que dar un paso en la dirección equivocada y la caída sería espectacular. El problema era lo espeso de la niebla.

Jorgito estaba muy risueño y Sara volvió a la estancia. Mejor poner música si en la cocina no encontraba nada que resolviera sus incógnitas. Jorgito se estaba transformando en un gran aficionado a la música y solo él disfrutó las primeras canciones del disco. Su madre seguía reflexionando. La intensidad de su deseo era colosal y se había vuelto más urgente esta semana en la que las circunstancias la tenían como agua para chocolate. ¿Qué hubieran opinado sus amigas de ayer si les hubiera comentado su inquietud? ¿Cómo conciliar siglos de filosofía feminista con su interés en ser ultrajada? Ayer, después de oír a sus amigas, la idea había parecido genial: pedir a su marido lo que otras habían buscado fuera de casa ¡qué original! Pero llegado el momento ¿cómo explicar a Jorge que su sexualidad no era tan romántica y color de rosa como lo había sido durante los primeros dos años de matrimonio?

Definitivamente lo sentía como un riesgo, como que iba a exponer su reputación de esposa y madre decente. Porque no quería un jueguito simulado de amarres suavecitos y un trato bonachón. Quería caer desde arriba, desde su posición fuerte de mujer inteligente y trabajadora. No quería dejarse, sino ser forzada, sin actuaciones. Hasta cierto punto, claro está. Jorgito aplaudió entusiasmado y Sara, finalmente, puso atención a la música. Las palabras de Joaquín Sabina cayeron en un lugar hecho a la medida: "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Entre la excitación y esa frase, la duda se disipó completamente. Solo faltaba encontrar las palabras y el tono justo. Sara se levantó dispuesta a fabricar el flan más maravilloso que Jorge hubiera probado en su vida.

Los sábados solían ser días en los que se podía manejar con agilidad, pero muchos años antes. Cuando Jorge estudiaba la prepa o algo así. Ahora ya se había resignado a que, también después del futbol, igual que al salir de trabajar, avanzaba a vuelta de rueda hasta llegar a su edificio. Ese día la lentitud le convenía, sin embargo. Así tendría más tiempo para pensar en su explicación. Con todo y todo, nada llegaba a su mente. Se estaba resignando a decir lo más obvio, que era la hora a la que los demás podían, por inverosímil que sonara. Tenía un mal presentimiento acerca de toda su gran solución, pero ya estaba más allá de encontrar otras opciones.

Nunca había seguido una receta con tanta atención y cuidado. Estaba concentrada en cada detalle, para asegurarse de que el flan quedara delicioso. Al margen de esa concentración, sin embargo, estaba incómodamente consciente de que no sabía cómo iba a comunicar a Jorge su decisión en el terreno sexual. Cuando estaba a punto de agregar la esencia de vainilla, una nube se apartó del camino de la luz solar y Sara sintió como si le prendieran un foco. Casi con desdén, volvió a tapar el frasco de la esencia artificial y fue a guardarlo en la alacena. Ahí mismo debía de estar el extracto de verdadera vainilla. Solo quedaba un poco, pero era la auténtica. Así tendría que hablar con Jorge. De frente y sin eufemismos. Revelar su auténtica esencia y explicar con sórdido detalle la receta para su satisfacción. No necesitaba una idea rebuscada y tortuosa para comunicar sus deseos. Tan solo ofrecer la información honesta y profunda, hasta la última gota. Como la vainilla que le puso al flan. Después tendrían que ir a Papantla a conseguir más.

Con el flan en el horno, Sara fue a su cuarto a buscar un DVD que tenía escondido desde hacía años. Se ayudaría de la película para exponer a Jorge sus secretos. Era una película agresiva, pero coherente y definitivamente erótica. Con ayuda de las imágenes de Catherine Breillat presentaría su plan sexual. De igual forma: explícita y brusca, pero erótica y atractiva. Metíó el disco en la máquina y dejó la caja a la vista. Solo faltaba vestirse para la ocasión. Igualmente escogió lo más erótico y agresivo que tenía. Había que pasar el mensaje fuerte y claro sin rodeos y sin disfraces. Lujoso, voluptuoso, como la esencia pura de auténtica vainilla.

Marie decidió visitar nuevamente a su jefe. En esta ocasión no se dejaría amarrar sin opinar, como la primera vez. Le habían gustado las sensaciones, pero el resultado había sido demasiado cansado. El cordón le había estrangulado las muñecas y la cintura se le había cansado tanto que tuvieron que parar antes de lograr ningún nivel de satisfacción. Esta vez, Robert la vistió con un corset y le ató los codos muy juntos, por detrás. La puso en el piso semi vestida y experimentó atándole una muñeca a un tobillo u otras combinaciones. También era incómodo, pero a nivel aguantable. Se sentía expuesta e indefensa, pero deseable y segura. Sonrió, más que nada para sí misma, mientras Robert seguía buscando qué juguete usaría después.

Jorge no podía creer lo que veía en la pantalla. Desde que había entrado al departamento le pareció que su esposa estaba vestida muy provocadora como para un sábado después del futbol. Sin despegar la vista de la televisión, comió otro bocado de flan y, francamente, ni siquiera se enteró lo bueno que estaba. Volvió a poner el plato sobre sus piernas con la intención de esconder, dentro de lo posible, la franca erección que deformaba sus pants.

Lunes.

Jorge estaba concentrado y sereno. Le urgía llegar ya a la oficina. Sabía que esa semana enfrentaba un reto portentoso. Tendría que diseñar toda la campaña en cinco días, pero estaba enfocado y tranquilo, como no lo había estado en muchos meses. No podía olvidar lo ocurrido ese sábado en la tarde y durante buena parte del domingo. Tenía fija en la mente la cara incómoda pero decidida de Sara cuando se soltó a hablar, una vez que la película terminó. No podía recordar las palabras exactas que le dijo, pero no importaba, podría preguntárselas en cualquier momento. El vínculo que sentía con ella se había incrementado un orden de magnitud y estaba seguro de que hablarían mucho más del asunto. Lo que habían hecho esa noche y al día siguiente sería un secreto entre ellos, aunque sentía ganas de gritarlo por la ventana del coche. No había sido perfecto, como él se lo había imaginado tantas veces, sino mucho mejor. Había sido divertido e informal. Probablemente se habían reído más de lo que se habían excitado, era quizá la relajación de tanta tensión. Estaba consciente de que le tomaría meses o años manejar las cuerdas como sus más admirados exponentes de amarre erótico. Tanto mejor, sería un proceso delicioso al lado de su incomparable pareja.

Pero eso podría esperar, no había prisa. Se sentía cómodo y en control de sus facultades creativas. Por fin volvía a sentirse como un maestro en pleno dominio de su técnica. Nunca había logrado una campaña tan importante en tan poco tiempo, pero nunca había estado tan satisfecho y motivado.

Ni siquiera pensaba en sus habituales páginas de internet. Lo que había vivido ese domingo iba más allá de sus frecuentes fantasías. Ahora tenía bien claro lo que necesitaba hacer. Resolver la campaña, volver a ser un héroe en la agencia y disfrutar de su nuevo juguete. Seguía relajado aunque el micro se le cerrara por cuarta vez, podía ser generoso hasta con el desastre del tránsito. La nueva serenidad estaba surtiendo efecto, ya veía claro. La habilidad y creatividad que lo habían distinguido, incluso desde sus años de estudio, estaban ahora enfocadas en un objetivo muy elevado, pero que se veía a través de un ambiente límpido y franco. Incluso empezaba ya a tener las primeras ideas, nada malas, por cierto.

Fin.

 
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