5 oct. 2012

Relato: Las cuatro estaciones




Por: Infraxión (Concurso Visiones Eróticas)
Septiembre de 2012

    Desde que se abrió la puerta lo vio en sus ojos. Inmediatamente sintió que sus pantalones eran demasiado pegados y la tela demasiado delgada. Pero la decisión de ponérselos había sido buena en su momento. Una forma más de impresionar favorablemente a su posible futuro empleador. Inevitablemente, ahora también estaba causando efectos atrayentes en el personaje equivocado. El vagón estaba bastante vacío. De momento, él no tendría pretexto para acercársele demasiado, pero cuatro estaciones más adelante, llegarían a un gran punto de conexión entre líneas del metro y, como todos los días, el vagón se llenaría al máximo.

    En el reflejo de la ventana, lo vio titubear un segundo. Se notaba que él pretendía acercarse, pero se daba cuenta de que todos los pasajeros verían que estaba embarrándose en ella y podría haber problemas. En vía de mientras, se acomodó contra uno de los postes con los ojos pegados en el mentado pantalón. Rosa consideró confirmadas las intenciones del tipo. Tenía cuatro estaciones para encontrar una solución.

    Podía bajarse y cambiar de vagón o incluso de tren, pero el minuto perdido sería, quizá, la diferencia entre llegar tarde o a tiempo a su entrevista de trabajo. Mejor ni intentarlo, ya le urgía terminar con esa racha de desempleo. Podía armar un escándalo en el momento en el que él tomara posición detrás de ella, pero tampoco quería llegar enojada y desconcentrada a la cita. Podía resignarse, una vez más, y hacer como que no le importaba, como que no le afectaba ni ofendía. ¿Por qué se había vestido así para viajar en metro? Su mente fue de regreso a casa, pensó en el espejo y en el momento de ponerse los pantalones.

    En cierta forma, razonó, no podía culpar por completo al tipo ese. Incluso ella misma, al subirse los pantalones, había admirado la redondez de sus nalgas en el espejo, había comprobado como la textura de la tela hacía honor a la suavidad de su piel y revelaba de forma discreta, pero muy efectiva, la firmeza de sus músculos más grandes. Por su mente había pasado la idea de seducir, aunque fuera muy poco y de manera muy sutil, al licenciado de Recursos Humanos con el que tenía cita esa mañana. No, no trataba de hacer una oferta equivocada, confiaba en sus habilidades profesionales para el puesto de asistente contable. Era un asunto de instinto. La metodología femenina habitual. Procurar verse bien, en cualquier circunstancia, incluso para ella misma. Y claro que sí, valerse de su aspecto físico para ayudar un poquito a que la decisión le fuera favorable.

    En cualquier caso, otra cosa sería si el que estuviera ahí parado, viéndola con cara de deseo, fuera César.

    El Metro paró en la siguiente estación. Cuando volvió a cerrarse la puerta, Rosa no pudo ver al fulano ese en el reflejo y estuvo a punto de cantar victoria, pensando que se había bajado. Sin embargo, volteó y ahí estaba. Ya se había acercado otro poco, aprovechando el movimiento de entrada de gente y que ya había menos espacio libre en el vagón. Comprobar ese acercamiento hizo que Rosa añorara aun más la idea de César. Con él no se sentiría así de mal.

    Eso no quería decir que, con César, no tuviera también un poco de ansiedad. No llevaba mucho tiempo de salir con él, seguía sintiéndose un poco insegura en su presencia. César también la veía con deseo. Su mirada le penetraba la mente y le hacía sentir desnudas las ideas. Cuando estaba con él, tenía miedo de pensar. Sentía que él podría ver sus más secretos deseos y eso la asustaba. Rosa no era lo que podría llamarse una persona muy libre en temas de sexo. Contrastaba un poco con César porque él parecía tomarse el asunto de una forma muy relajada. Baste con aclarar que, en los tres meses desde que lo conocía, ya se había ido a la cama con él dos veces. Toda una temeridad para la sexualidad tímida y recatada de Rosa. Por eso no se sentía tan segura en su presencia. Esa intensa mirada la hacía imaginar, que él podría leerle la mente y que entonces, sería capaz, para lo aventurado que parecía ser, de incluso querer llevar a cabo las más tortuosas fantasías de ella.

    Rosa tuvo que voltear a su alrededor. Por un momento llegó a pensar que no sólo César, en su imaginación, sino todos sus compañeros de vagón, estarían descifrando sus fantasías al notar lo caliente que tenía la cara, los labios entre abiertos y la frente perlada de sudor. Tuvo el impulso de llevarse la mano a la entrepierna, necesitaba comprobar si la humedad pudiera estar llegando ya a obscurecer el azul de sus conflictivos pantalones, pero la idea del tipo ese observándola la detuvo. Efectivamente, comprobó que él seguía ahí muy cerca, simplemente esperando a tener un pretexto para estar muy pegado a ella. No dejaba de verla con esa asquerosa expresión.

    El tren se detuvo. Algunos bajaron y otros subieron. Se desocupó un asiento, pero Rosa no pudo aprovecharlo porque una señora, muy amablemente, sentó a su hijo adolescente casi de un aventón. No se fuera a cansar mucho el muchacho. Sentarse hubiera resuelto el problema. En cambio ahora, por causa de los cambios en el acomodo de la gente, estaba encajonada. Con los asientos de un lado y el viejo verde del otro. Por el momento no había problema, todavía había espacio. Pero la movilidad de Rosa sí había empeorado. A menos que hubiera cambios significativos en la próxima parada, estaba atrapada.

    En la momentánea seguridad de la situación, los pensamientos de Rosa regresaron a César. Quizá su estado mental la hacía pensar en él. Un poco incómoda y un poco insegura, un poco atrapada y un poco vulnerable. Empezó a ocurrírsele que César, con su modo fácil y despreocupado podría ser el adecuado para llevar a cabo sus fantasías reprimidas. Por eso le daba miedo su mirada de rayos X, porque él sí pudiera tomarse la fantasía en serio y hacérsela realidad. Ese era el gran predicamento. Por un lado la detenía su educación muy poco aventurera en el terreno sexual. Por el otro, la empujaba una necesidad profunda y rabiosa por perder el control. Por sentirse indefensa en manos de un hombre que no se midiera, que la empujara o arrastrara por los caminos que a ella misma le parecían excesivos. Que la hiciera realizar las actividades que su educación tanto le había advertido que evitara. Y no solo hacerlas, sino necesitarlas, pedir más, incluso perfeccionarlas y crear otras nuevas.

    Otra parada. El movimiento de la gente fue muy variado, le ofreció varias oportunidades para evitar al tipejo. Pero ella no estuvo presente, no pudo volver a tiempo de su mundo interior. Ahora estaba nuevamente en la misma situación. Si acaso, con aún menores posibilidades de escapar sin armar un alboroto. Quedaba solamente una estación y no había logrado poner terreno de por medio. Peor aún, sin darse cuenta, había subido las manos para apoyarse del tubo superior, en lugar de sujetarse de los respaldos de los asientos. Como si un César, ya enterado de sus fantasías, la tuviera así a su disposición. Con las manos fuera del camino. Una cuerda o cinta suave podrían sujetárselas incluso. Con los pechos, tan delineados por la tela de la blusa, como las nalgas por el pantalón. Con las piernas ligeramente abiertas y no sólo para mantener el equilibrio. Con la mente congelada, expectante y un muslo agudamente sensible al lento escurrir de una gota traicionera. Ese era su juego, el que temía revelar. Fingir que era forzada cuando en verdad se deshacía de ganas.

    Salvación. Un viejito se levantó de su asiento junto a la ventana y con un ademán le llamó la atención para que ocupara el asiento. ¿Tenía el señor una expresión ligeramente alarmada? ¿Se habría dado cuenta de todo lo que pasaba por su mente? Rosa miró alrededor y no encontró nada extraño en la mirada de la demás gente. Si acaso envidia porque ella ahora iría sentada cómodamente durante las estaciones que le faltaban, y lo más importante, libre de preocupaciones al respecto del tipo ese.


 
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